lunes 05 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS Sociedad de la informacion

Tiempos difíciles

El nacimiento de Internet, más o menos como hoy se la conoce, cumple en marzo de 2009 su vigésimo aniversario. Aunque sus orígenes se remontan a fines de los 60, cuentan que dos décadas atrás (1989), el físico británico Tim Berners-Lee presentó a su jefe en el CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas, Ginebra) un documento titulado “Gestión de información: una propuesta”, mediante el que desarrollaba las primeras nociones de lo que luego sería la triple “w” (Red Global Mundial, World Wide Web, o simplemente la Web).

21-03-2009 01:25

El nacimiento de Internet, más o menos como hoy se la conoce, cumple en marzo de 2009 su vigésimo aniversario. Aunque sus orígenes se remontan a fines de los 60, cuentan que dos décadas atrás (1989), el físico británico Tim Berners-Lee presentó a su jefe en el CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas, Ginebra) un documento titulado “Gestión de información: una propuesta”, mediante el que desarrollaba las primeras nociones de lo que luego sería la triple “w” (Red Global Mundial, World Wide Web, o simplemente la Web). Mark Sendall anotó en el margen superior del trabajo: “… vago, aunque emocionante”. Por esas paradojas por las que a veces el arte imita a la vida, Tim Berners-Lee trató años más tarde de comprar un regalo de Navidad en un sitio en la Red que parecía honesto, para terminar estafado y descubriendo que la compañía era totalmente falsa. “Hay muchas cosas buenas en la Red –comentó– … pero también hay cosas desagradables.” ¿Cómo sería el mundo si Sendall hubiese escrito: “Vago e inútil”? ¿Cómo será debido a que no lo hizo? Tiempos difíciles por una razón más, como si faltaran.
En la “sociedad de la información”, hombre y técnica se fusionan íntimamente. Las falanges de la teleinformática y de las modernas ciencias de la vida ambicionan lo mismo: la digitalización universal. Cuando en 1486 Giovanni Pico della Mirandola incurrió en la herejía de clavar en los portones de Roma su Oratio de Hominis Dignitate, reveló que la naturaleza del hombre contenía todos los elementos capaces de convertirlo en arquitecto de su propio destino. Inquietantemente, la especialista en comunicación Paula Sibilia escribe que de esta manera inauguró una era “… que hoy quizás esté llegando a su fin: la del Hombre”. Los mecanismos de la selección natural darwiniana están siendo transferidos a manos del ser humano, lo que hace que el horizonte evolutivo deba enfrentarse con decisiones éticas y políticas. ¿En qué nos estamos convirtiendo, en qué podríamos llegar a convertirnos? Las respuestas nos arrastran, como en un tiempo borrascoso, a las puertas de la filosofía, de la ética y de la política. A partir del siglo XVI, el reloj doméstico obligó a una serie de operaciones de adaptación a los organismos humanos. Lo propio acontecerá a partir de ahora, momento en el que un “bebé de diseño”, seleccionado genéticamente, puede donar sangre de su cordón umbilical para curar a su hermano aquejado de una grave anemia (beta talasemia mayor). Antes de esta intervención, fue necesario someterlo a un tratamiento de quimioterapia muy agresivo para vaciar su médula ósea y poder introducir en ella las células sanas del recién nacido. Técnicas para ajustar cuerpos y subjetividades.
Las consecuencias en el desarrollo cognitivo de las generaciones que están creciendo en la era digital son motivo de estudio por parte de los científicos. El investigador británico Dave Nicholas subraya el cambio en los hábitos de lectura que propone Internet, donde “… se ojea todo de manera superficial”, a lo que debe añadirse mientras que se intercambia mensajes, se escucha música y se intercalan otras tareas. Maryanne Wolf, neurocientífica, añade que el cerebro ha tenido que adaptarse biológicamente para leer, ya que el ser humano está hecho para “… hablar, para ver, oler”. Tanto es así que los grados de fluidez en la lectura son utilizados para medir el desarrollo neuronal. En consecuencia, a medida que se modifican las formas de alfabetización, cambia el cerebro, y eso es lo que está pasando merced a Internet, como antes pasó con los organismos humanos a causa del reloj. La implacable determinación mecánica del paso del tiempo pareciera ser un rasgo incorporado por la especie humana. En consecuencia, es habitual pensar en el desarrollo de la Web en términos de ciclos de diez años. La primera década, o Web 1.0, se invirtió en el desarrollo de una plataforma básica para soportar enormes cantidades de información y hacerlas accesibles en términos globales. Casi al final de la Web 2.0, los años fueron mostrando cada vez más facilidades de interfaz (conexión e interacción entre hardware, software y el usuario para agilizar la “conversación”) y mayores posibilidades de conectividad. Bajo el portal de la tercera década, el desafío es hacer a la Web 3.0 mucho más inteligente y elegante.
La electrónica cambia el dinero, que desde las tres dimensiones de la sal (que servía como medio de pago, de donde deriva “salario”), pasando por las dos del billete, termina transformado en un intangible impulso electromagnético. Permuta el concepto de propiedad por el de acceso: como todo se vuelve obsoleto, la propiedad es lerda, y aparece el leasing como modo de estar actualizado. Los melindrosos intereses del mercado imponen modelos subjetivos efímeros y desechables, lo que favorece el tránsito desde la identidad definida hacia la personalidad prêt-à-porter (Suely Rolnik). Las autoridades sanitarias estadounidenses han liberado un chip subcutáneo del tamaño de un grano de arroz y aplicable con una jeringa, un modelo de hibridación que proporciona datos sobre el paciente y facilita el acceso a su historia clínica; un matiz al concepto de libertad. La lógica del endeudamiento alumbra el contrasentido de que el hecho de no acceder al crédito pueda ser hoy un índice de pobreza. Como ha señalado inimitablemente Paula Sibilia: “… en una economía en la cual los cambios son la única constante, verbos como tener, guardar y acumular perderían buena parte de sus antiguos sentidos”. Malestares del cuerpo y del lenguaje.
La Web veinteañera se adentra en la espesura del desafío de ser brillante. Mientras lucha por estar cada vez más blindada frente a irrupciones no consentidas, sueña con permitir a la esposa que está en el primer piso saber que quien camina en el hall de la planta baja no es un ladrón sino su esposo. Pongamos un caso y démosle un nombre: “Palmira”, en homenaje a aquella creación de Abel Santa Cruz que gritaba: “¡… me hirve la cabeza!” cuando algo no le salía. Nuestra “Palmira” no tiene muchas luces, aunque sabe enviar correos electrónicos. La Web 3.0 será apta para conectar cada aspecto de su vida digital: mientras teclea trabajosamente su aporte a un foro digital, irán apareciendo para estimular su imaginación sitios, libros, documentos, fotos y videos que podrán dotar al sentido de lo que escribe de mayor profundidad y contenido.
Nova Spivack, un catequizador de la nueva fase de la Web, la ha bautizado “la red semántica”. Trabaja para hacer que “comprenda” las infinitas piezas de información que conecta. Si hoy nos parece una maravilla que un portal nos informe que a la gente que le gusta Larry King también suelen gustarle otros artistas cuyos nombres nos ofrecen, ¿qué nos parecerá una Red trabajando como un cerebro?
Como dijo el bautismal Tim Berners-Lee, en la Red hay cosas buenas y hay cosas desagradables. Por eso es que siempre, antes del chapuzón, es aconsejable pensar si lo que brilla es agua o los azulejos del fondo de la pileta vacía.

*Ex canciller.

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