jueves 08 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Transiciones

Entre polvo y polvo, Wark va pasando revista a las décadas, a sus músicas, sus drogas, sus costumbres sexuales, el sida.

23-10-2022 01:21

En la semana leí varios libros de la Premio Nobel Annie Ernaux y me aburrí bastante. También leí Vaquera invertida de McKenzie Wark y no me aburrí. Tienen en común ser dos libros transicionales, palabra que ahora se usa hasta en el fútbol: lo que antes era contragolpes, ahora son transiciones ofensivas. No sé si Ernaux usa la palabra, pero sus libros son la autobiografía de alguien que pasó del exterior al interior de la elite francesa y siente que traicionó a la clase de sus padres, provincianos relativamente pobres y poco educados. Wark no tiene ese tipo de problemas, ya que en su libro la culpa brilla por su ausencia. Al contrario, su autobiografía es alegre y hasta recatadamente triunfalista. También la de Ernaux cuando deja traslucir que su historia no es en verdad la de una traición sino la de una superación individual de la que se siente orgullosa, aunque no sin la dosis necesaria de hipocresía que exige su filiación de izquierda. 

Vaquera invertida, cuyo título alude a una posición sexual mientras resume ingeniosamente su contenido, tiene el tono y el desparpajo de un libro de aventuras en primera persona y con final abierto. Wark nació en un pueblo australiano en 1961, se mudó primero a la vecina Sidney y con el tiempo a la lejana Nueva York, Al principio, Wark era un adolescente afeminado y sexualmente indefinido que admiraba a Emma Peel, después pasó a ser gay, luego heterosexual y bisexual hasta que decidió convertirse en mujer y presentarse como tal. Sobre el final, lo dice de este modo “Vaquera invertida tuvo sentido para mí como una suerte de relato de autoficción de alguien que siempre había sido trans, pero no lo sabía.” Lo que Wark sabía era que le gustaba coger por el culo (estuve a punto de escribir “tener sexo anal”, pero sería extraño al lenguaje del libro, muy bien traducido por Mariano López Seoane), pero también (esta parte es más complicada) que cuando estaba con un hombre no quería que lo desearan como si fuera una chica y cuando estaba con una mujer no quería sentirse una copia de ella. 

El libro cuenta muchas cosas, el amor sin sexo con un novio gay, aborigen y comunista, el sexo sin amor con un hombre que lo humillaba, el amor desconfiado con una mujer dominante, el amor cargado de admiración por un intelectual local, comparable al que sintió siempre por David Bowie, andanzas que culminan (antes de la transición) en una escena de sexo en público, una performance en la que su mujer y madre de sus dos hijas lo penetra con un consolador de gran tamaño. Entre polvo y polvo, Wark va pasando revista a las décadas, a sus músicas, sus drogas, sus costumbres sexuales, el sida, la evolución de la comunidad gay y sus lecturas. Wark escribe bien (hasta se jacta de ello) y también tiene humor (algo que no se puede decir de Ernaux). Esta frase puede resumir el tono zumbón del libro: “Una vez me saqué la verga de la boca para escribir algo en una ficha. Decía: La ontología del lujo contra el lujo de la ontología. Pareció pertinente en el momento”. 

En la última página, ya como mujer, Wark escribe que si bien Vaquera invertida es una historia unipersonal, “su escritura reciente está mucho más insertada en la comuonidad artística trans”. Me temo que su próximo libro sea aburrido como los de Ernaux. Después de todo, también tengo mis prejuicios.

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