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Una ficción que nos sumerge en una verdadera realidad

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Héroes. Messi y el Dibu Martínez, protagonistas de un relato que nos involucra. | afp

Me quedé dormida –tal vez providencialmente– para el primer partido que jugamos en este Mundial, contra Arabia Saudita.  A la hora en la que me desperté, todo había terminado. Casi no quedaban restos visibles de la derrota, a excepción de un vecino que miraba bucólicamente por la ventana con la camiseta celeste y blanca puesta. Me esperaba una jornada de trabajo muy complicada, llena de problemas, de modo que lo más probable es que no haya pensado en fútbol ni en nada que se le parezca en ningún momento. Por la noche, de vuelta en casa, recordé, gracias a los comentarios de quienes viven conmigo, que habíamos jugado y perdido y recordé, también y, sobre todo, la nula importancia que le había dado al tema a lo largo del día. Empecé a pensar que tal vez el Mundial estaba dejando de ser un espectáculo atrayente para mí, que no soy futbolera. Sin embargo, a los partidos que siguieron, los vi cargando el mismo caudal de estrés de siempre, desplegando gestos pomposos de alegría o decepción de acuerdo con la situación, puteando o gritando goles hasta la disfonía. ¿Por qué lo de Arabia Saudita me pasó por el costado? ¿Será eso de “ojos que no ven corazón que no siente?”. No lo sé, pero sí sé que en el no estar presente o en el estar ausente, como se prefiera, se pierden muchas cosas y que el fútbol tiene demasiado en común con la ficción. Como ella, requiere de un pacto tácito entre autor y espectador que aceptan convenciones, pautas y esquemas; manejan sobrentendidos. Como ella, no afecta en forma directa nuestras vidas cotidianas: no nos curará si estamos enfermos, no nos hará ricos excepto que formemos parte del negocio, no nos dará aquello que nos falta ni eliminará lo que, sin éxito, pretendemos dejar atrás. Pero como ocurre con ella, la ficción, suspenderemos mientras estemos a sus expensas las lógicas habituales, entraremos como caballos en aquello que nos proponga, nos involucraremos con entusiasmo temerario, como si no hubiese un mañana. Y como hacemos con ella, ya sea que se nos presente en la forma de una buena novela, una gran película o una serie atrapante, sufriremos cuando haya que sufrir, tendremos miedo, rencor, sed de venganza, un sinfín de sentimientos y pasiones; reflexiones e interrogantes. Adoraremos a algunos protagonistas y detestaremos a otros, simpatizaremos con algunos personajes secundarios, y a otros los olvidaremos sin más. Como con la ficción, un relator nos llevará como un chamán o guía, y lo seguiremos con la confianza de un niño. Si ganamos al final del relato, como ocurrió en los últimos cuatro partidos, hacemos de la ficción nuestra más verdadera realidad.