lunes 06 de febrero de 2023
COLUMNISTAS cambio climático

Una verdad demasiado incómoda

03-12-2022 05:13

Un fondo de “daño y pérdida” para países pobres, exhibido como “la” conquista de la COP27, es un consuelo sin premio resignado a los despojos de lo que se combate.

Un acuerdo sobre emisiones, las que desde 2010 han aumentado un 10% en lugar de una reducción de 45% a 2030 en línea con el ya quimérico techo de calentamiento en 1,5º respecto de niveles pre-industriales, brilló por su ausencia.

Kyoto esbozó la “justicia climática”, que dio cuenta de las abismales asimetrías entre países ricos y pobres en emisiones y en la absorción de sus efectos; la mayor laxitud en los límites para los últimos se plasmó en papeles de deuda de emisiones transables que permiten “vender” el derecho a contaminar.

Los países ricos –que amén de sus compromisos dispares “hacen valer” su peso en los pasillos de COPs, superpoblados de lobistas del petróleo y del “green-washing”– han abusado del mecanismo. No es solo un tema de incrementar ad infinitum el parque eléctrico y las renovables: aun con un acuerdo, el paradigma de suma cero en la cuenta de carbono por países supone un tiempo que choca con la urgencia actual y es incierto en un espacio sujeto a consensos intrincados, no vinculantes, donde “el mercado” subordina perentorios avances a “lo posible”.

El problema está tanto en el modo en que bajo el capitalismo global se resuelve la transición energética como en el que se organiza el proceso de producción-distribución y consumo, y las relaciones sociales que lo reproducen: hacer 5 km para comprar alimentos hechos a 500 de materias primas obtenidas a 2 mil, dispersión territorial que crece con la complejidad de los productos, es la osamenta de la huella ambiental sideral de esta sociedad. Impulsada por una concentración única de capital e información que da “escala” y control de los eslabones del circuito a grupos que, mediante marketing y la explotación de marcos socioambientales lábiles, controlan consumo y precios, en ocasiones más baratos que los de la compra en proximidad. Bajo los andenes sobre los que vuelve a funcionar el tren de la globalización, yace la paradojal “primavera verde” de una pandemia que, al afectar la fragmentación-dispersión espacial de la economía mundial, frenó en seco las emisiones impulsando el teletrabajo y el consumo próximo.

El el 1% más rico del mundo es responsable de más del doble de las emisiones que la mitad más pobre. El 10% más rico lo es del 52%. En UK, el 1% más rico iguala las del 20% más pobre. La segmentación en el uso de aviones, autos, doble residencia, consumo suntuario, explica la correlación directa entre distribución del ingreso y de emisiones, aun más regresiva en países en desarrollo.

El cambio climático es entonces un problema social. Su abordaje global es insuficiente con contrastes tan grandes dentro de países como, entre otros, Argentina, que ha abusado de su huella baja y de la excusa de la “fatalidad climática” y tiene una deuda impaga con su naturaleza cuando humedales y bosques, esponjas de CO2 y última línea de defensa contra el creciente riesgo natural son insumos, cortesía de una política complaciente con quienes la expolian, de un crecimiento para nadie. Grabar consumo suntuario no es restringir el derecho al “millage club”, si una granja en la UE consume la misma energía por año que un vuelo transoceánico roundtrip. Un impuesto a la riqueza puede objetarse por desalentar inversiones, pero un esquema impositivo progresivo según emisiones, con palos y zanahorias moderando a futuro, es inapelable cuando el bien común ambiental “está conectado al respirador”.

No hay una foto del cambio climático. Es una película en cámara lenta que moldea un mundo distinto al que compartimos con nuestros padres y abuelos. La profundización en los contrastes de humedad y temperatura deriva en la multiplicación espacio-temporal del riesgo natural que achica a cero la brecha entre este y el desastre en países pobres. Ninguna ola cubrirá Manhattan, pero la pérdida masiva de naturaleza y biodiversidad, la presión crónica sobre el coste de los alimentos y la vivienda, auguran una amplificación malthusiana de desigualdades. Una pesadilla para los pobres y un tobogán de clases medias a la precarización. Lo peor, no hay marcha atrás.

*Geógrafo UBA. Magíster UNY.

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