viernes 30 de julio de 2021
COLUMNISTAS opinión
04-07-2021 03:51

Vida y obra

Su fama fue póstuma y tardía, porque el grueso de su obra empezó a publicarse cuarenta años después de su muerte.

04-07-2021 03:51

Creo que vi a Juan Forn dos veces en mi vida. La primera fue en los noventa. La segunda fue en este siglo, cuando coincidimos en una librería, después de que sufriera una terrible pancreatitis y se mudara a Villa Gesell. Me acuerdo que lo escuché decir que la enfermedad lo había hecho buscar un espacio de más libertad y menos tensiones. Por entonces, Forn empezó a publicar sus justamente celebradas contratapas en Página/12, que luego se editaron compiladas en cuatro volúmenes. En ellas inventó o redescubrió un género entre la ficción, el ensayo y la nota periodística. Los escritores entraban a los textos de Forn como nombres no del todo conocidos por el lector y salían de ellos provistos de un aura legendaria. Así le puso su sello al género y lo llevó a la excelencia.

En 2017, con la publicación de Crónica de mi familia de Vasco Pratolini, Forn comenzó a dirigir para Editorial Tusquets la colección Rara avis, dedicada al rescate de obras y autores inclasificables. El estilo de sus prólogos se acercaba mucho al de las contratapas: había que convencer al lector de que el libro que tenía en sus manos era no solo raro y único, sino también imprescindible. El último volumen de la colección, Moscú feliz de Andréi Platónov, apareció unos meses antes de la temprana muerte de Forn y puede servir como un perfecto ejemplo de lo que Forn se proponía y lograba en sus retratos. Platónov (1899-1951), posiblemente el más excéntrico, original y desconcertante de los autores soviéticos, se prestaba singularmente para ser incluido en la colección. Como Bulgákov (que nació y murió diez años antes), Platónov fue víctima de la siniestra arbitrariedad de Stalin: no fue expresamente un disidente, pero fue perseguido y castigado con la imposibilidad de publicar sus obras. A diferencia de Bulgákov, Platónov era de origen proletario y abrazó desde un comienzo la causa de la Revolución. Su fama fue no solo póstuma sino tardía, porque el grueso de su obra empezó a publicarse cuarenta años después de su muerte. Pero Platónov es de esos que escribe cada día mejor y muchos escritores lo consideran como el más grande prosista en lengua rusa del siglo XX, la síntesis de toda la literatura rusa del pasado y el faro de la que vendrá.   

Basta leer Moscú feliz para descubrir la singularidad de Platónov, la fórmula imposible de una obra que perseguía el ideal socialista destruyendo a su paso todo lo que este implicaba. Escribe Platónov: “Moscú Chestnova [la protagonista de la novela se llama así] tenía razón: el amor no era comunista y la pasión era triste”. Solo con esa frase, que da vuelta el realismo socialista, hay para resmas de perplejidad. La escritura de Platónov es tan distinta y tan rica, su vida tan novelesca y trágica que Forn no podía errarle, aunque haga intervenir la ficción en el prólogo: sus retratos son relatos. Aunque no sea cierto, es más interesante decir que la obra que condenó a Platónov ante Stalin fue Moscú feliz o que nunca se publicó un libro suyo en vida. Es irresistible aunque dudoso que haya terminado trabajando de barrendero y viviendo en el sótano del edificio de la Unión de escritores. Pero la idea de Forn es subrayar el carácter especial de la vida y la obra del retratado. Sería bueno que alguien mostrara lo mismo en quien los pintaba. Forn se merece un Forn.

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