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COLUMNISTAS / dogmas
viernes 20 julio, 2018

Vivir como esclavos

Cada mañana, cuando abro los postigos del dormitorio, me saluda el cartel que las monjas de clausura colgaron de la iglesia de enfrente: “Toda vida vale”.

por Daniel Link

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Cada mañana, cuando abro los postigos del dormitorio, me saluda el cartel que las monjas de clausura colgaron de la iglesia de enfrente: “Toda vida vale”. Me pregunto qué pensarían esas monjitas de la escena que he visto desde la misma ventana, en el edificio lindero, cuando un joven derramó su abundante simiente sobre la cara de una joven. ¿Habrían exclamado “¡asesinato!”? Aun en los más rigurosos códigos veterotestamentarios, eso sería pecado de Onán y el asesino, en esa historia mezquina de desperdicio, herencias y primogenituras, es el mismísimo Dios.

Los espermatozoides están vivos y participan de lo viviente. Su destrucción (como entidades discontinuas) es necesaria para la creación de nueva vida. Sabina Spielrein, paciente y corresponsal de Sigmund Freud, lo señaló muy tempranamente: “En la reproducción se produce la unión de la célula femenina con la masculina. Por lo tanto cada célula se destruye como unidad, y del producto de la destrucción nace la nueva vida”. Bataille retomó esas hipótesis para llevarlas todavía más lejos en El erotismo, donde “toda la operación erótica tiene como principio una destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego”.

Esa interesantísima discusión (muy biopolítica) poco tiene que ver con el debate sobre la ley de interrupción voluntaria del embarazo, debate en el que la grey pasa sin transición de la vida a la persona y de la destrucción de unidades discontinuas de materia al asesinato.

En las sociedades modernas, que lo son porque no son dogmáticas, todo puede y debe ser discutido, salvo los principios mismos que regulan la convivencia, el “contrato social” que encuentra en el libre albedrío y la decisión soberana uno de sus puntos de apoyo.

Muy recientemente, Margaret Atwood subrayó ese aspecto de nuestro vetusto debate: “Nadie está forzando a las mujeres a tener abortos. Nadie tampoco debería obligarlas a someterse a un parto. Fuerce partos si usted quiere, Argentina, pero por lo menos llame a lo forzado por lo que es. Es esclavitud: es reivindicar poseer y controlar el cuerpo de otra persona, y sacar provecho de eso”.

No se discute el momento en que lo viviente pasa de la potencia a lo personal, para lo cual habría que convocar a mentes un poco más brillantes que las de la grey. Se discute si queremos vivir en una sociedad esclavista o no. Yo no quiero.


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