lunes 03 de octubre de 2022
CóRDOBA ANÁLISIS Y PERSPECTIVA

Critica liberal a la Revolución Francesa

03-10-2021 00:32

Esta nota no es una crónica historiográfica de la Revolución, la más célebre de los anales de las convulsiones de la humanidad.

Los escritores del siglo XVIII, denominados comúnmente philosophes, y a partir de 1751 los enciclopedistas, contribuyeron a minar las bases del derecho divino de los reyes; el poder de la monarquía fue entonces visto como de dudosa legitimidad y sujeto a un gradual proceso de control limitante.

La Primera República Francesa fue el nombre de una serie de regímenes parlamentarios y republicanos que se sucedieron entre el 21 de septiembre de 1792 y el 18 de mayo de 1804, durante la Revolución. Empezó el día en que los diputados de la Convención Nacional aprobaron la abolición de la monarquía.

El órgano de gobierno, “La Convención Nacional”, se arrogó una legitimidad tal que instauró mediante el Comité de Salvación Pública, sucesivamente, el “maximun general” de precios, el impuesto a la fortuna, la emisión de “asignados” o bonos (entre 1790 y 1796 perdieron el 99,5% de su valor), el terror financiero y “el terror”: ante lo draconiano de lo citado lucen como minúsculas las “letrees de cachet” reales.

Amén de esto, la estabilidad política de la monarquía había llevado a Francia a un destacable y variado desarrollo industrial, pero el déficit público, la escasa tecnificación agraria, el crecimiento de la población y el déficit en el comercio exterior, resultaron en un incremento de los precios de los alimentos.

Como resultado, la República agregó la inestabilidad política. El “Gran Miedo” (1789) o sublevaciones rurales, derrumbó la producción de alimentos. El déficit público aumentó (pese a las expropiaciones sin compensación al clero y la nobleza), por las guerras de exportación de las ideas, que presentaron la novedad de ser guerras de masas: la degradante leva forzosa llevó al cambio de guerras entre mercenarios profesionales a enfrentamientos de pueblos contra pueblos. La horda armada fue el invento revolucionario que se extendió por dos siglos.

Curioso: en 1793 se decretó la obligatoriedad  del tuteo, o sea se prohibió el trato de “monsier” o “madame”: todos eran “citoyens”. Pienso que esto, más la escuela pública, obligatoria y adoctrinante, tenían por objeto la igualación forzada, es decir el hombre masa o indiferenciado. La supresión de las universidades y las academias marchaban en la misma dirección.

Jacques-Louis David utilizó su genio para ser el escenógrafo de la Revolución. Un adelanto de Goebbels: organizó un funeral espectacular para Marat y un conjunto de fiestas cívicas religiosas para instaurar el Culto de la Razón y al Ser Supremo. La Iglesia se sustituyó, entre otras cosas, por ser un poder enemigo de fuste.

El censo de los indigentes que percibirían ayudas de la confiscación y la atención a los pobres a domicilio parecen un adelanto de la Argentina planera. El aristicidio vació de oficiales a la Armada: mucho se lamentó Napoleón de esto cuando no pudo invadir Inglaterra por falta de una fuerza naval para tomar el estrecho.

El sistema decimal se aplicó al nuevo calendario y a los pesos y medidas como forma de facilitar la recaudación; se eliminaron las medidas locales y se intentó suprimir el peso regional con la cuadrificación geográfica, mezclando vascos con gascones, por ejemplo.

El 9 Termidor del año II cayó Robespierre y el terrorismo de estado (la Terreur) pasó de negro a blanco y solo terminó en 1795, con casi dos años de guillotinazos: fue el precursor de otros procesos de represión estatal, como el del nazismo y el de Stalin.

La reacción más difundida a la canallada fue la de Marie Anne Charlotte Corday, quien en julio de 1793 se arrogó el derecho al tiranicidio (como Bruto a Julio César), matando en su bañera al “amigo del pueblo”, Jean-Paul Marat.

La abolición de la esclavitud y los privilegios son vistos como el gran paso adelante de la Revolución, pero para los argentinos el más sanguinario jacobino, Maximilien de Robespierre, “el incorruptible”, sigue siendo un ejemplo de virtud en la función pública.

El 4 Mesidor del año II, el británico Willian Miles escribía a Londres: “Este hombre es extraordinario, está fuera del alcance del oro”.

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