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CRíTICAS / Crítica televisión
domingo 30 junio, 2019

Deadwood: Broche de oro para una obra maestra

El telefilme de HBO cierra de forma magistral la serie que se había cancelado hace 13 años.

por Diego Grillo Trubba

La película cierra los cabos sueltos que habían quedado de la serie, cancelada hace 13 años. Reúne al elenco original. Foto: HBO
domingo 30 junio, 2019

Calificación: Excelente.

 

Hay accidentes que funcionan como milagros. Hechos equivocados que, sin buscarlo, desencadenan una serie de eventos que terminan por llegar a una situación envidiable. Sucede en la ciencia, ocurre en la vida de cualquiera, y también pasa en el arte.
Se sabe que HBO es una de esas raras avis del capitalismo, que responden exactamente al lema publicitario que las identifica. “No es televisión, es HBO”. La señal premium funciona, en general, unos cuantos pasos por delante del resto. Desde Los Soprano han demostrado que hacen otra cosa que el resto de las empresas dedicadas a la pantalla chica, casi siempre mucho mejor. Eso no significa, desde ya, que no hayan tenido malos resultados en esa búsqueda de hacer algo distinto/distintivo, o que no se hayan tomado malas decisiones. Una de estas últimas fue cuando en 2006 cancelaron la serie Deadwood al finalizar la tercera temporada, dejando inconclusas la mayoría de las tramas, lo cual constituía una falta de respeto para el público que había seguido una serie brillante (no era la primera ocasión en que lo hacían, ya habían perpetrado algo similar con la muy buena Carnivale). Sin embargo, 13 años más tarde, no solo enmendaron el error sino que lo transformaron (presión del guionista David Milch y del elenco mediante) en un milagro televisivo. O, dado que reclama no ser televisión, un milagro a la HBO.
Como se dijo, pasaron 13 años entre la emisión del último capítulo de la serie y la aparición de esta película abocada a cerrar los cabos sueltos. En ese tiempo, los actores que encarnaban a los personajes crecieron, o bien se podría decir (como elogio y no como critica) envejecieron. Y, con ellos, envejecieron sus personajes. Ver el último episodio de la temporada 3 y pasar a la película (para que lo pueda hacer cualquiera, no estaría nada mal que HBO incluyera la serie en el espacio que posee en Flow, lo cual hasta ahora no ha ocurrido) es como ver a los personajes envejeciendo, creciendo, pero sin maquillaje plástico que lo haga todo ordinario, artificial. Los cuerpos son más frágiles, las miradas más cansinas o sabias. Sin buscarlo hace 13 años, HBO logró con este Deadwood registrar lo que implica el paso del tiempo (y mucho mejor que en el bodrio que era Boyhood), que los personajes de ficción crecieran en carnadura con la carne más blanda de sus intérpretes. Los adultos en 13 años se transformaron, en algunos casos, en veteranos. Los niños, en jóvenes. La historia avanzó con ellos, y aquí termina.
Por si fuera poco, Deadwood vuelve sobre sus ideas originales, donde se planteaba en ese perdido pueblo del noroeste norteamericano qué significaba vivir sin Estado, y cuáles son los costos de incorporarse a la civilización. Cómo se produce el pasaje de una violencia descarnada a otra más institucionalizada, impune no solo por la fuerza sino por haber creado reglas que la protejan. Eso que ya planteaba Martin Scorsese en Pandillas de Nueva York: antes de que se desarrolle el Estado imperaban las mafias, y luego comenzaron a operar otras mafias (la política, la economía), con otros códigos pero no menos impiadosas. 
En el film se ve con nitidez cómo el empresario Hearst de la serie ahora se ha transformado en el senador Hearst, con los mismos métodos inescrupulosos que antes pero con la protección del Estado porque, en cierto sentido, el Estado ahora es él. Un ser impune que inspira terror hasta en los más bestiales, al que solo una prostituta se atreve a enfrentar. Solo una outsider es capaz de decir que, en definitiva, aunque nadie lo crea, el rey está desnudo, lo que equivale a decir que si alguien poderoso abusa de su poder no resulta intocable por un grupo que desee justicia. Lo que equivale a decir que la impunidad se termina no necesariamente desde las instituciones sino que también puede eliminarse desde los damnificados. Más bestial, pero no menos cierto.
En medio de todo esto, la decadencia de la forma anterior de ejercicio del poder. Encarnada por un actor maravilloso como Ian McShane, que acá es pura fragilidad y pareciera que puede quebrarlo un viento fuerte, el mismo año en que compuso a un dios omnipotente en la segunda temporada de American Gods. Unico, inigualable, McShane cierra la historia de su Al Swearengen, ese mafioso despiadado que así como podía mandar a matar a una niña de cinco años, poseía los códigos para respetar a quien supiera cómo hacerle frente, ya fuera una prostituta como un sheriff testarudo en su honestidad. Un actor que hace que queramos a ese hombre vil, sin quitarle su miserabilidad, apenas dotándolo de talento. 
Una historia que nos recuerda que esos seres bestiales son probablemente menos dañinos que otros animales que visten trajes y cometen sus vilezas desde lo alto del poder. 


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