sábado 26 de noviembre de 2022
CULTURA leandro erlich y su rediseo del obelisco

El monstruo sin cabeza

La obra brinda la posibilidad de visitar el interior del Obelisco porteño y descubrir su vista aérea por primera vez desde su fundación, en 1936.

27-09-2015 20:02

Si el intendente de la ciudad de Buenos Aires, Arturo Goyeneche, no hubiera vetado la ordenanza del Concejo Deliberante que por amplia mayoría obligaba a tirar abajo el Obelisco a tres años de su construcción, se habría podido abrir la caja que, dicen, contiene una foto del jefe de máquinas de la construcción y una carta destinada a quienes lo demuelan. Esa ficción especulativa está en el origen de un monumento construido en 1936 para conmemorar los 400 años de la fundación de la ciudad.

La obra de “carácter extraordinario”, tal como se redactó en el decreto que firmó Mariano de Vedia y Mitre, intendente del gobierno de Agustín Pedro Justo, fue encargada a Alberto Prebisch. Se comenzó a construir, con hierro y hormigón, en marzo de ese mismo año y para mayo ya lo estaban inaugurando. Una velocidad que se logró con el trabajo de 157 obreros que vaciaron más de 600 metros cúbicos de cemento y recubrieron 1.200 metros cuadrados de piedra blanca cordobesa para lograr los 67,5 metros de altura.

Donde estaba la Iglesia Nicolás de Bari, demolida para esta construcción en cuyo mástil se izó por primera vez la bandera argentina, tal como consta en una inscripción en uno de los lados del monumento, la ciudad se ha acostumbrado a ver el Obelisco; no solamente a su forma, que recuerda a los tradicionales, los egipcios, con sus connotaciones fundacionales y de poderío, sino que se ha acostumbrado a un uso simbólico por haberse transformado en centro político y social de ciertas prácticas que se ligan con “lo nacional”. Se gana un campeonato, de la A, de la B o Mundial, y se va a celebrar al Obelisco; se obtienen votos para salir electo, también, la fiesta es en ese lugar. Se festeja y se reclama. Su lugar central, extendido hacia el cielo, es motivo de peregrinaje y hasta de devoción y misterio.

En el entramado de estas significaciones y con plena conciencia de su sentido histórico y político, Leandro Erlich lo sustrae para el arte. Por un lado, necesita concitar una atención nueva sobre el estilizado monumento. Con un capuchón de hierro y placas que simulan la piedra que lo recubre, tapa el ápice romo de esa torre. Con ese efecto crea una ilusión que, tal como lo definían los formalistas rusos, podemos llamar de ostranenie o extrañamiento. Sobre aquello conocido se genera una nueva percepción que desestabiliza. Por el otro, para reforzar este mismo sentido construye una réplica de esa punta, por el momento, invisible. Que se puede visitar, y en la que se puede entrar y ver qué tiene dentro. Porque, en la explanada del MALBA, Erlich emplazó su obra La democracia del símbolo, que es no sólo la intervención sobre el monumento sino además la reconstrucción de la parte más alta, con sus cuatro ventanas y proyecciones en altísima calidad de lo que se ve desde allí.

Entonces, la operación del artista es doble. Rediseña el Obelisco al quitarle su punta: ya no es más un obelisco, por ejemplo, al tiempo que devela un secreto del interior del monumento. A diferencia de la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad, el Obelisco no es de acceso público. Desde lo alto se adquiere una vista privilegiada y central, pero no para todos. Es el centro que revela pero desde el llano y al que no se accede. Terreno fértil de fantasías, historias urbanas y una mitología que tiene algo de marginal.

Mandar a alguien a la punta del Obelisco, como al carajo, la canastita que se ubicaba en lo alto del mástil de las embarcaciones y donde eran enviados los marineros en falta, es una expresión para indicar rechazo o desdén, además del significado asociado al miembro viril, en uno y otro caso. El concepto y la imagen acústica se abrochan en una reducción notable de la arbitrariedad de esta dupla. Aunque, por estos días, la punta del Obelisco no está tan arriba.

Hasta el domingo el Obelisco permanecerá intervenido. La otra parte de La democracia del símbolo, la réplica de la punta, se podrá visitar hasta marzo de 2016 con entrada libre y gratuita en la explanada del MALBA.

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