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CULTURA / historias literarias IV
domingo 15 junio, 2014

Bajo la sombra de Stalin

Leningrado. Noviembre de 1945. Un joven académico llamado Isaiah Berlin visita a la que, a su entender, es la más grande poeta rusa del siglo XX: Anna Akhmatova. Ella anhelaba tener noticias de ese mundo inaccesible del que llegaba su visitante. El encuentro, que marcaría profundamente al politólogo e historiador de las ideas, es narrado en “Personal Impressions”.

Redacción de Perfil.com

Foto: Cedoc Perfil
domingo 15 junio, 2014

En noviembre de 1945, meses después de terminada la Segunda Guerra Mundial, Anna Akhmatova recibió en su departamento de Leningrado la visita de Isaiah Berlin. No se conocían personalmente. Para ella, él era un joven académico inglés que hablaba un ruso trasnochado; para él, ella, a los 56 años de edad, era la más grande poeta rusa del siglo XX.


La Historia había hecho de ellos sobrevivientes de mundos vecinos, pero opuestos. Berlin era un judío nacido en Riga en 1909, tiempos en que Latvia era parte del imperio zarista. Akhmatova había participado del movimiento poético acmeísta, como Osip Mandelstam, en los años inmediatamente anteriores a la Primera Guerra Mundial. En 1921, la familia de Berlin, hijo de un próspero industrial, dejó la Unión Soviética para instalarse en Londres; Isaiah iba a obtener premios y becas en Oxford y estudiar Historia, Economía y Ciencias Políticas, especializándose en Historia de las Ideas. En ese mismo 1921, el primer marido de Akhmatova, el poeta Nikolai Gumiliev, fue fusilado por la Cheka, la policía secreta soviética que precedió a la KGB, junto a otros sesenta y un intelectuales acusados de haber inspirado una rebelión antibolchevique; su hijo Lev Gumiliev iba a pasar muchos años en el Gulag e iba a ser liberado en 1941, cuando pidió luchar en la guerra, y devuelto a prisión al llegar la paz; al Gulag también fue a parar, y morir en 1953, Nikolai Punin, tardío compañero de la poeta.


Esa noche de noviembre, en el departamento al borde del canal Fontanka, hoy museo y archivo Akhmatova, el joven historiador, admirador de poetas y pensadores rusos, quería entender la vida en la Unión Soviética, cuyas purgas y censura no ignoraba, pero que respetaba por el heroísmo indiscutible con que había contribuido a la derrota del Tercer Reich. La poeta madura quería tener noticias de ese mundo inaccesible del que llegaba su visitante, no sólo de sus poetas sino también de una vida cotidiana que únicamente podía imaginar. En esos cuartos que Berlin iba a recordar casi vacíos, la figura “inmensamente digna de una mujer canosa envuelta en un chal blanco” quedó grabada en la memoria del visitante. La conversación se prolongó hasta el amanecer y entre ambos fue surgiendo una fascinación muy parecida a un enamoramiento.


Esa misma noche, un episodio grotesco iba a acarrear consecuencias imprevisibles. Berlin había trabajado para la diplomacia inglesa en Washington durante la guerra. En esos días anteriores a la eclosión de la Guerra Fría, en que un enemigo común había permitido relaciones superficialmente amistosas entre los futuros bloques, había ido a Leningrado junto a un hijo de Churchill, uno de esos jóvenes ingleses de clase alta cuyo sentido del humor ignora toda consecuencia. Al advertir que su amigo no volvía al hotel Astoria, y sabiendo que había ido de visita a casa de una poeta que vivía al borde del Fontanka, partió a buscarlo, sin duda después de varios vasos de vodka, gritando a lo largo del muelle el nombre de Berlin. La policía, que tenía vigilado a todo extranjero de paso por la ciudad, y sobre todo a cualquier visitante de una poeta cuya obra estaba prohibida, informó que ese escándalo podía ser indicio de una conspiración.


En 1924, Boris Eichenbaum, teórico del formalismo ruso, había acuñado el mote “mitad monja, mitad puta” para definir la combinación de erotismo y desapego en la lírica temprana de Akhmatova, que veía llegada de un pasado prerrevolucionario. Meses después de esa noche, Andrei Zhdanov, censor y estratega del pensamiento soviético, exhumó la frase para devolver a la poeta al ostracismo del que había emergido brevemente en 1939, cuando se autorizó la publicación de una selección de sus poemas, retirada a los pocos meses y destruida. Fue excluida de la Unión de Escritores y privada de los beneficios de racionamiento y salud que esa pertenencia podía darle. Su situación fue agravada por las gestiones bien intencionadas de Berlin para invitar a ella y a Pasternak a una gira poética por Inglaterra. La poesía de Akhmatova recién iba a reaparecer en el idioma original, parcial y gradualmente, a partir de 1956.


Entre 1935 y 1940, Akhmatova trabajó en secreto en Réquiem, poema sin héroe, un ciclo de poemas que vería la luz en 1963, tres años antes de su muerte. En el prólogo a esa obra de intensidad impar, recuerda su origen: “En los años terribles, hice fila durante diecisiete meses delante de las cárceles de Leningrado. Una vez alguien me ‘reconoció’. Entonces, una mujer que estaba detrás de mí, con el frío azul en sus labios y que, evidentemente, nunca había oído mi nombre, despertó del desasosiego habitual en todas nosotras y me preguntó al oído (allí todas hablábamos entre susurros):
”—¿Usted puede describir esto?
”Y yo dije:
”—Puedo.
”Entonces, algo similar a una sonrisa se asomó en lo que una vez había sido su rostro”.


En Personal Impressions (1980), Berlin iba a recordarla con estas palabras: “No conozco paralelo para el culto unánime de su memoria en la Unión Soviética actual, como artista tanto como ser humano que no claudicó. La leyenda de su vida y de su resistencia pasiva pero sin falla ante lo que consideraba indigno de su país y de su persona hacen de ella una figura central no sólo de la literatura rusa sino de la historia rusa del siglo XX”.


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