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CULTURA / Libro / Reseña
lunes 3 febrero, 2020

Clásico de la semana: "Hechos inquietantes", de Wilcock

En el libro, este verdadero fuera de serie de la literatura argentina acumuló con piedad y sorna una cantidad de sucesos leídos en los diarios que fueron reunidos y publicados por primera vez en 1981 en Italia.

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Juan José Becerra


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Juan Rodolfo Wilcock (Buenos Aires, 1919 – Lubriano, Italia, 1978). Foto: Cedoc Perfil

¿Que hay en los diarios? Hoy por hoy (un hoy por hoy que vale por los últimos diez años) hay un frenesí antiintelectual que los acerca al formato televisivo, del que ya les gustaría tener su popularidad y su influencia. Por lo general libre de cualquier cosa que lo acerque al arte de la escritura, el diario postula glorias de un día revestidas con la falsa trascendencia de la actualidad. Por algo las verdulerías le hacen justicia dándole el lugar de envoltorios naturales de huevos y raíces de albahaca.

Pero entre tantos contenidos de supuesta importancia que, al menos, asumen del presente lo que este tiene de perecedero (en apenas 24 horas el hecho más importante cae de cabeza al pozo del olvido), resplandecen los sucesos. Hombres que muerden perros, enanos que crecen o palacios de justicia sometidos a la limpieza (cosa normal) después de cien años (suceso) son lo que Roland Barthes llamó “informaciones monstruosas”, dos palabras que podrían definir la intimidad de la literatura.

El gato de Wilcock

J. Rodolfo Wilcock (1919 - 1978), verdadero fuera de serie de la literatura argentina, acumuló con piedad y sorna una cantidad de sucesos leídos en los diarios que fueron reunidos y publicados en 1981 en Italia, y traducidos por Guillermo Piro para Sudamericana en 1998 con el título de “Hechos inquietantes”.

Lo que queda de los diarios es la literatura contrabandeada en los intersticios de sus secciones. Wilcock detecta la riqueza de la ficción “aparecida” y el espíritu folclórico que la  transmite. Son noticias sin autor. No surgen de la investigación ni de la aventura ni del rigor erudito sino que, sencillamante, están ahí: desapercibidas en primer plano. Frente a esas apariciones, la ficción “construida” no puede menos que avergonzarse.

Lo que nos hace ver “Hechos inquietantes” es que no hace falta hacer literatura ya que esta se hace sola. Mejor dicho, no se hace: está. Estuvo siempre. Su reserva más grande, conforme las ideas y la obra de Wilcock, no está en los libros sino en el efecto de inquietud que producen los hechos. Digamos que la literatura se siente. En el caso de “Hechos inquietantes”, se siente en el extraño fenómeno que cambia el tamaño de el Luna cuando está en lo alto del cielo o en el horizonte; en las 760 especies de mariposas inglesas que se van volviendo negras poco a poco; en el peluquero genovés que se comunica con su familia -con la que convive- por medio de cartas certificadas; y en que, si seguimos así -según la ONU-, dentro de 600 años cada habitante del planeta dispondrá de apenas un metro cuadrado.

Wilcock, el visionario

Los hechos se narran solos y, desde una sensibilidad típica de la percepción de Wilcock, no hace falta agregarles nada. Cada hecho inquietante es una ficción agotada en sí misma, que merece las delicadezas de la contemplación y el abandono. Las ficciones de hecho como las reunidas en “Hechos inquietantes” no resisten ninguna carga extra. Su organicidad, sus funciones y sus ecos ya vienen dados; son ni más ni menos que la manifestación de una naturaleza.

Formado en las profundidades de la escuela borgeana, Wilcock le plantea al maestro un cisma: no hay biblioteca más vasta ni más babélica que las de las cosas que pasan.


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