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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 31 mayo, 2020

Desventurados

Estuve ahí hace unos años con Gaby y con Iñaki, después hicimos una historieta, una ucronía, ambientada en ese hospital… nadie nos contó el episodio.

Desventurados. Foto: marta toledo
domingo 31 mayo, 2020

Estos últimos días, cuando me levanto, también empieza a levantarse el rocío. Una niebla espesa que flota a ras del pasto y envuelve los troncos de los árboles, que asciende despacio hacia la mañana soleada. No lo veía desde que abandoné mi pueblo y empecé a vivir en ciudades. Miento. Sí vi levantarse el rocío varias veces ese año que dimos con Santiago un taller en la cárcel de Ezeiza. Salíamos a la mañana temprano y cuando llegábamos, los alrededores eran pura bruma salpicada de lechuzas, decenas de lechuzas, quietas como piedras.

El fin de semana leí que una jauría atacó a un paciente del Borda; el hombre murió por las heridas. Una de las chicas que viene al taller guarda recortes (una manera de decir) de las noticias bizarras de la cuarentena. Cuando me topo con una, le mando el link (los sepultureros del cementerio más grande de San Pablo; el nene al que le pusieron Covid Ciro; etcétera). Sin embargo, no le mandé esta del Borda porque no tiene nada de bizarra, más bien califica como simplemente horrorosa. ¿Cómo es posible algo así en la ciudad más grande y más rica del país? ¿De dónde salen esos perros que se juntan como se juntan los desventurados? ¿Quién los abandona? 

En la década en que trabajé en el hospital Ramos Mejía, la gente abandonaba gatos, había cientos dando vueltas por allí, algunas médicas y farmacéuticas cuidaban de ellos, les compraban comida y los castraban; curaban a los heridos en las peleas que eran bastante frecuentes. Algunos perros siempre había, pero no más de dos o tres. Eran la mascota de alguna persona sola a la que habían internado en el hospital y seguía internada o había muerto. Los encontrábamos en los pasillos montando guardia, las orejas paradas, mirando atentamente a cada uno que entraba o salía, esperando que alguno fuera su amo.

Pero ¿de dónde salen esos perros que se juntan en jauría y vagan hambrientos por el predio de un hospital? En los pueblos, aquí mismo donde estoy viviendo, es habitual ver perros callejeros, pura costilla y con lamparones de sarna o heridas embichadas. ¿Pero en la ciudad de Buenos Aires? ¿En el mismo sitio donde los perros van de saquito, suéter y botitas los días fríos; de impermeable los días de lluvia? ¿Donde hay una local gigante de ropa y accesorios para mascotas en una esquina de avenida Las Heras que una vez confundí con una casa de ropa para bebés?

Leo que no es la primera vez que pasa. Que cada tanto el personal del hospital llama al Pasteur para que se lleven jaurías como esta. Que esta en particular había sido denunciada varias veces y que el Gobierno de la Ciudad se desentendió como se desentiende habitualmente de los ciudadanos más vulnerables. También dice una de las pocas noticias que apareció sobre el asunto que hace un tiempo otra jauría mató a otro hombre en la Colonia Open Door. Estuve ahí hace unos años con Gaby y con Iñaki, después hicimos una historieta, una ucronía, ambientada en ese hospital… nadie nos contó el episodio. Un guardia nos mostró el lugar, tuvimos que recorrerlo en auto pues a pie nos hubiera llevado un par de días y solo teníamos un par de horas. Algunos pabellones ya eran taperas. Era una tarde fría de otoño, me acuerdo del parque dorado. Al abrigo de unas paredes derruidas un grupo de pacientes había hecho una fogata. Llevaban ropa liviana. Algunos fumaban. Otros miraron el auto cuando pasamos y levantaron la mano. No me acuerdo de haber visto perros, pero sí montones de ardillas trepando veloces los árboles altísimos.


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