26 nov 2020
CULTURA |Del zoom a las reflexiones
martes 24 noviembre, 2020

Festival Basado en Hechos Reales

El 27 y el 28 de noviembre, Basado en Hechos Reales reunirá a doce invitados internacionales y veinte nacionales en una edición online.

Osvaldo Aguirre

2020. Arraigo domiciliario. Foto: rene magritte

Si la crónica exige la experiencia de calle como ningún otro género del periodismo y la figura del cronista suele ser asociada a la del viajero y el explorador, la pandemia de coronavirus, entre tantas consecuencias, amenaza con cancelar ese imaginario del oficio. El confinamiento de la población, la distancia social y la suspensión misma de la vida humana tal como la conocíamos marcan una fecha de vencimiento para las agendas convencionales. Qué historias contar, y de qué manera situarse ante el extraño mundo emergente, son cuestiones que llevan a una nueva interrogación sobre el oficio, tal como plantea en su convocatoria la cuarta edición del festival de no ficción Basado en Hechos Reales.

El 27 y el 28 de noviembre, Basado en Hechos Reales reunirá a doce invitados internacionales y veinte nacionales en una edición online a través de paneles, clínicas, entrevistas y talleres. El evento cultural autogestivo entregará además el cuarto premio Leamos de crónica breve, convocado con el tema “historias de resiliencia en la pandemia”.

Los diarios hablan de todo salvo de lo diario, decía Georges Perec, pero la pandemia hizo de lo cotidiano algo también extraordinario y, sobre todo, incierto. “La nueva normalidad es estar siempre en riesgo. Tener el pensamiento de que en cualquier momento algo se va a romper. A lo mejor siempre ha sido así, pero nunca lo vimos tan de cerca, tan palpable, tan factible”, dice la periodista mexicana Cynthia Rodríguez, participante en el panel sobre los desafíos del Covid-19 como tema de cobertura.

Grandes escritores y periodistas en Basado en Hechos Reales 2020

Rodríguez vive en Milán, hoy comprendida en una zona roja de la segunda ola de la pandemia que atraviesa Italia, “el foco de infección por coronavirus más grande de Europa”, y obliga a otro confinamiento generalizado. Desde su casa escribe y edita el blog Radio Italia, “una manera de dejar constancia de estos días extraños”.

En marzo, cuando el gobierno de Alberto Fernández impuso la cuarentena en Argentina, surgió la hipótesis de un pico de contagios hacia mayo o junio, pasado el cual el orden habitual volvería a su cauce. Pero esa previsión sigue siendo un espejismo en el horizonte. “Hay una vuelta a pensar qué era la normalidad –apunta al respecto Ivana Costa, doctora en Filosofía y también invitada a Basado en Hechos Reales–. Todavía no hay tanta reflexión, más bien usamos la palabra diciendo que queremos vivir como antes: volver a abrazarnos con otros, a ver a los amigos, a bailar, a lo que de golpe le pusimos el nombre de normal”.

La pandemia suele ser asociada a una pesadilla, y el despertar puede tener un sentido inesperado a la luz de las convulsiones sociales que atraviesan América Latina. “Hay un mundo nuevo que requiere ser entendido antes que juzgado”, dice el chileno Patricio Fernández a propósito de Sobre la marcha, “libro de apuntes escrito al pie del cañón” y al calor del estallido que en su país puso fin a la Constitución del dictador Augusto Pinochet. El periodista, fundador del prestigioso semanario The Clinic, participará en el debate de Basado en Hechos Reales sobre los retos de las coberturas en el marco de la pandemia; también él piensa en “una nueva normalidad”, pero en la perspectiva de un cambio político de características aún indefinidas.

 

En la cresta de la ola. Cynthia Rodríguez empezó a escribir Radio Italia como una forma de enfrentar el confinamiento por el Covid-19. “Estaba muy desilusionada, no tanto del periodismo como de la situación de los free lance –recuerda–. De repente llegó la pandemia y fue una avalancha de situaciones, de cosas que vivíamos todos los días, y me dije que no me importaba si estaba o no estaba en un medio. Fue también un desahogo porque me tocó vivir los meses más duros aquí y necesitaba explicarme primero a mí misma lo que estaba sucediendo”.

En la primera ola escribía todos los días. “Mi marido me decía que podía hacerme daño –sigue Rodríguez, por otra parte especialista sobre crimen organizado y autora del libro Contacto en Italia. El pacto entre Los Zetas y la ‘Ndrangheta–. Pero yo sentía que si dejaba de hacerlo me iba a perder porque era demasiada información, y además estaba tan cansada que me sentía a punto de caer en un largo sueño del que ya no me iba a despertar, o del que me despertaría en otra realidad”. La segunda ola de contagios que comenzó a intensificarse en octubre renueva su batalla personal: “Es un reto para mí saber de qué voy a escribir. Siento que ya no es importante decir los números de la pandemia, porque puede ser enfermizo, sino más bien contar otras cosas, cómo está cambiando la sociedad, por ejemplo”.

Las cifras de los contagiados, los recuperados y los muertos se actualizan en los medios de comunicación como una novela de terror por entregas, aunque la misma periodicidad puede volvernos insensibles al significado de la información. Ivana Costa señala que “la incertidumbre frente a la pandemia cambia nuestra relación con los datos, que de pronto cobraron mucho sentido para interpretar la realidad”.

El sistema de intercambio de libros que fue un boom en cuarentena

Importan los datos, pero también proliferan las fakes. “Es más difícil dar un estatuto de verdad o falsedad a un juicio cuando todavía, como hoy, tenemos pocos elementos de conocimiento real. A veces los datos también pueden producir hartazgo”, analiza Costa, que reivindica un término de la filosofía antigua, “aunque sea poco periodístico”: la frónesis, la sensatez que, según la enseñanza de Aristóteles, impulsa a actuar bien y hace a las personas más aptas para la práctica.

Costa distingue un aspecto en la preocupación generalizada por los datos. “Después de muchos años en que, incluso en las redacciones, la gente hablara tanto de relatos y de operaciones, hay una enorme confianza en los datos, interpretándolos, como no podemos hacer de otra manera –destaca–. Pero sin tanta conciencia de que el dato necesita un contexto y que lo más difícil de reconstruir en este momento en todo el mundo es el contexto, es decir cómo entiendo los datos en relación con muchísimas otras variables y qué tipo de relación de causa y efecto establezco entre ellos”. Autora del ensayo Había una vez algo real y participante del panel “La realidad, ese invento” en Basado en Hechos Reales, se confiesa obsesionada por el escepticismo –“superficial en cuanto a su imposibilidad de reflexionar pero muy profundo en sus efectos”–, cristalizado en el lugar común que relativiza la idea de verdad en la medida en que, como construcción narrativa, puede tener la estructura de una ficción.

El estallido de lo nuevo.

Octubre de 2019 marcó el comienzo de una revuelta multitudinaria en Chile, “la irrupción de muchos mundos nuevos no escuchados y no vistos por la elite dirigente del último tiempo”, dice Patricio Fernández. No solo empezaron a oírse reclamos “sino también identidades, culturas, tribus que nadie había percibido y que querían decir de alguna manera ‘aquí estamos y queremos participar y queremos decidir por nosotros mismos’”. Tampoco se trata de un episodio aislado, como indican las movilizaciones de esta semana en Perú y los “noventa estallidos sociales en el mundo, sin liderazgo, sin partido, autoconvocados” que contabiliza el periodista chileno en la última década.

Fernández destaca la discusión que generó la pandemia en torno a las políticas de salud y a la economía. “Por todas partes rondó cuál era la principal preocupación, si salvar vidas o enfatizar en que no se desmoronara el sistema productivo –dice–. Esa distinción era absurda, pero nos ha hecho pensar una vez más en el valor de la existencia frente al valor de lo que se tiene. En Chile el discurso del crecimiento económico, antes una lógica incontestable y arrolladora, se ha visto matizado por otros ingredientes, como cuidar a otro, y cuidarse”. Lejos de cualquier descripción apocalíptica, el fundador de The Clinic –dejó la revista en enero de este año como un ciclo sobradamente cumplido– imagina un futuro en que recordaremos la pandemia, “más que por los efectos que produce ella misma, como un hecho que data un cambio epocal muy grande, que tiene como fuentes principales la aparición de las nuevas tecnologías de comunicación, la caída de determinados imperios del siglo XX, una reconfiguración de la política y la irrupción de las mujeres, la mitad de la humanidad, pidiendo protagonismo”.

En tanto cronistas, “lo primero que nos embarga es la curiosidad y nos gusta el mundo como sea que vaya siendo, para contarlo y salir a hurguetearlo”, dice Fernández. La coyuntura no es un obstáculo insalvable: “Si algo nos ha impedido la pandemia, fue salir a ver lo que está pasando más allá de nuestras casas –agrega el también autor de Cuba. Viaje al fin de la revolución–. Y si alguna curiosidad tengo viva en un momento como este, es justamente salir a otros lugares para ver cómo se está viviendo. Hasta en los lugares más diversos hay elementos comunes que nos están vinculando y nos están haciendo partícipes de una misma gran historia y una misma gran era”.

En Italia, Cynthia Rodríguez escribe en español su blog porque los lectores a los que se dirige son los de su lengua y, ante todo, los de su país de origen. “Mi tribu, las personas que yo más quiero además de mis hijos, están en México, y quise también avisar lo que se venía. Así como nunca creímos que lo que estaba ocurriendo en China iba a llegar a Europa, mucha gente en América Latina tampoco se lo esperaba. Estoy contenta de haber avisado”, dice.

El cronista puede retomar entonces la figura del corresponsal, el enviado que alerta sobre lo por venir. Y también la del documentalista: quizá como nunca antes, el cronista escribe ahora el borrador de la Historia con una intensidad particular, desde otra mirada. “La pandemia nos ubica en otro terreno –agrega Cynthia Rodríguez–. Nos da la oportunidad de volver a investigar: además de contar las historias, preguntarnos todos los días nuevas cosas. Si algo nos ha dejado este tiempo son las ganas de hacer periodismo, a pesar de todo”.

Festival online

La cuarta edición del Festival Basado en Hechos Reales se realizará a través de las redes sociales y un canal de YouTube propio. La inauguración, el viernes 27 de noviembre a las 19.30, estará a cargo de Susan Orlean, cronista del New Yorker, y autora de El ladrón de orquídeas, sobre la vida de John Laroche. Entre los invitados internacionales estarán el cineasta Emir Kusturica; D.T. Max, biógrafo de David Foster Wallace y periodista del New Yorker; el escritor Iván Jablonka, autor de Laëtitia o el fin de los hombres; el mexicano Juan Villoro y la española Silvia Cruz Lapeña, jefa de la sección de Actualidad de la edición española de Vanity Fair.  Entre los participantes argentinos se encuentran Ana Basualdo, Eliezer Budasoff, Martín Caparrós, Fernando Duclos (Periodistán), Mariana Enríquez, Martín Kohan, Pedro Mairal, Ricardo Romero y Javier Sinay.

En el marco del festival habrá talleres gratuitos y virtuales para escribir perfiles sobre el periodismo de espectáculos, el periodismo en audio, la escritura de historias en redes sociales y la gestión de medios autogestivos, y se entregará el 4º Premio Leamos de Crónica Breve, que otorgará 80 mil pesos a la ganadora o ganador. Basado en Hechos Reales es organizado por las periodistas Cecilia González, Luciana Mantero y Ana Prieto, y la licenciada en Letras Victoria Rodríguez Lacrouts (más información: basadoenhechosreales.com.ar).alta? Mucho. Pero ese lugar no nos lo saca nadie. 

Frente a lo inexplicable

En los comienzos de la cuarentena hubo una explosión de diarios de la pandemia y de exploraciones en lo que la literatura de otras épocas había dicho sobre acontecimientos similares. “Uno busca el reflejo o la sabiduría del pasado en auxilio de lo que no se sabe, de lo que no se conoce –dice Ivana Costa–. Fuimos a los textos antiguos porque nadie sabía nada; ahora tampoco se sabe tanto, pero por lo tenemos son registros estadísticos y datos del presente. Al principio nos movimos como haría un niño que busca en la caja de juguetes algo que le puede servir de consuelo frente a lo inexplicable”.

—¿Cambió el sentido de la ficción, en un mundo en el que la actividad humana transcurre en el espacio virtual, es decir, en formas de representación?

—Es fascinante el modo en que ficcionalizamos los datos. Se han hecho operaciones significativas, porque no podría ser de otra manera. Una vez que hacemos consciente esa actitud del modo en que humanamente conocemos –porque conocemos significando–, los distintos modos de ficcionalizar datos, hechos y experiencias traen muchos aspectos para investigar y para trabajar, sobre todo en las narrativas de sucesos reales. Empezando por el detalle no menor de la confianza que existe en los datos. Siempre significándolos, pero en todo caso hay que volver muy consciente esa operación de nuestra relación con los hechos que es la ficcionalizacion: les damos sentido y, al hacerlo, los incluimos en alguna clase de narrativa.

Los ciudadanos ante el poder

“Vivimos un cambio global, muy centralmente movido por las nuevas tecnologías de comunicación, que cambió la relación de los ciudadanos con el poder. Detonados por distintas justificaciones internas, sospecho que seguiremos viendo estallidos sociales”, escribió Patricio Fernández en Twitter el 12 de noviembre. Son las ideas que explica en este diálogo.

—¿El estallido social de Chile tiene relación con el que acaba de producirse en Perú?

—Sí, y con lo que ha pasado en otros lugares y con lo que seguirá pasando en otros más, en el sentido de que hay unas nuevas maneras de relacionarse las ciudadanías con el poder, hay la irrupción de muchas culturas nuevas que en cada lugar pueden encontrar una razón distinta y particular para irrumpir. En una parte coincidirá con el fin del neoliberalismo, como es el caso chileno, en otras partes coincidirá con el fin de un sistema de partidos y con una descomposición de la política, como en el caso peruano, y en otras partes con el autoritarismo de tendencias socialistas, como podría llegar a ser el día de mañana en Cuba.

—¿Qué marco puede reconocerse en este proceso?

—Lo que ha sucedido en Chile son transformaciones culturales que coinciden con una transformación cultural que estamos viviendo en el mundo entero y que en mi país tienen una respuesta en un proceso constituyente. Cuando pienso en un proceso constituyente, pienso en un proceso de encuentro y de acuerdo en un escenario común donde los distintos proyectos puedan tener sus posibilidades a lo largo del tiempo. Otro de los grandes cambios epocales es que han perdido su sentido esos grandes proyectos coagulantes del siglo XX. Algo que uno ve con mucha fuerza es que cunde la energía en contra de algo pero hay pocas que se distingan a favor de algo, por lo tanto es importante que un primer momento constituyente asuma esa ausencia de un proyecto político claro. Mientras tanto, lo que se requiere es un modo de funcionar en el que nadie quede marginado, en el que el poder se reparta de mejor manera, porque estas nuevas identidades exigen su lugar y su atención y de esta manera tener una conversación colectiva en la que estén representadas. Quizás una reactualización de la democracia con muchas más voces y muchos menos proyectos. Una de las cosas nuevas que vemos en todos lados es la pretensión de que estén manifestadas las identidades, que ya no están del todo dispuestas a reunirse en un mismo proyecto político sino que son las ganas de estar.

—El golpe de Estado de 1973 canceló un proyecto socialista en Chile. ¿Ahora resurge la idea de revolución, como pudo ser entonces?

—No, para nada. La revolución hija de la Revolución Cubana sabía o creía saber dónde quería ir; se escribe con R mayúscula y no es solo una acción sino un proyecto histórico. Aquí yo no veo nada parecido a saber dónde se quiere ir, más bien hay un saber de qué es aquello de lo que se quiere escapar o hacerse presentes. Ese sueño de la Revolución no existe ni siquiera en Cuba. Es una Iglesia que se quedó sin fe.

—¿Por dónde va la fe, entonces?

—Está muy dispersa. Hay un deseo de fe, pero no se sabe en qué. No desaparecen las ganas de creer, pero cuesta creer. Estamos viendo el gran gusto de volverse a encontrar con otros en el espacio público, pero no está la meta bien dibujada. Es algo parecido a las maneras en que nos relacionamos a través de las redes sociales, unas ondas que se forman de repente y pueden cambiar con facilidad, donde cuesta encontrar el dibujo o la idea modelada de un objetivo por el cual trabajar.


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