CULTURA
Fuera De cuadro

El maquinista

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G. Gutiérrez. El pesebre (Navidad 1929), tríptico. | cedoc

Para conmemorar el Centenario, Leopoldo Lugones ayudó a levantar alguno de los “edificios” con los que se refundaría la patria. La literaria; pero también colaboraría con darle un sentido a “lo nacional”, en términos más amplios. Ese monumento es El Payador, el libro publicado en 1916 con las conferencias que dictó en 1913 en el Teatro Odeón ante la presencia del entonces presidente de la Nación, Roque Sáenz Peña y su gabinete. Allí analizó Martín Fierro como poema nacional, al tiempo que le creaba una genealogía con la épica clásica y la medieval española. Ese ejercicio imaginativo de proporciones, “la formación del espíritu nacional”, rubricó su lugar central de intelectual orgánico y tradicional, por donde se lo mire.

Con esta impronta, entonces, que Lugones haya nombrado a Alfredo Gramajo Gutiérrez como pintor nacional es mucho decir. Tal vez, un poco menos de la actitud del pintor tucumano que de la necesidad de Lugones de encontrar imágenes nacionales y de crear una idea auténtica a partir del folklorismo que veía en sus cuadros. Con un “yo no pinto, documento” definía motivos, paisajes y detalles, Gramajo Gutiérrez.

Al tiempo, seguía con su vida. De ferroviario, yendo y viniendo de Buenos Aires a Tucumán y las provincias del Norte, durante 40 años. Encontrando los estímulos necesarios para pintar las fiestas religiosas, los velorios, los angelitos de un modo que va de lo antropológico a lo fantástico. El único lugar de cruce posible para darle algún sentido a la arbitraria obstinación de los nacionalistas.

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