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CULTURA / Literatura
lunes 5 agosto, 2019

Fernanda García Lao: "Sin deseo no hay palabra"

La escritora argentina publicó recientemente El tormento más puro (Emecé, 2019), un libro de 36 relatos breves en donde el horror, lo fantástico y lo pulsional dialogan de manera inquietante.

por Gustavo Yuste

El tormento más puro (Emecé, 2019) reúne 36 relatos. Foto: Alejandra López
lunes 5 agosto, 2019

Cada nuevo libro de Fernanda García Lao plantea una nueva sorpresa para el lector. En este caso,los 36 relatos que integran El tormenta más puro (Emecé, 2019) se caracterizan por el desborde de la potencia en distintas esferas humanas. Fiel a su estilo, la autora sabe teñir de un horror seductor cada una de las historias.

Los distintos personajes que integran los cuentos de este volumen, en su mayoría breves e impactantes, se mueven de manera pendular por distintas latitudes: el erotismo, lo fantástico, lo onírico, la tragedia y un realismo perturbante. Todo contado a través de una precisión que se nutre tanto de la belleza poética como del ritmo narrativo. En ese sentido, puede leerse: “El infierno es personal e intransferible”; o también: “El silencio conserva las frases intactas, es un glaciar suspendido”.

La literatura y su límite

La belleza del horror. En “Orientación para moribundos”, uno de los relatos que condensa el espíritu general del libro, se lee la siguiente instrucción que bien podría servir como advertencia para el lector: “Resista el dilema y organícese para lo que va a acontecer”. Lo verosímil va ganando la batalla de una manera subterránea y silenciosa, similar al miedo más duradero: lejos del impacto del shock, el horror y la razón se corporizan en una música que penetra en el inconsciente. En diálogo con Perfil, la autora señala: "Perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro"

De esta manera, El tormento más puro es un libro de historias únicas, que sabe dialogar con lo más bello y sutil del género fantástico y de terror, sin perder de vista un dato crucial: en aquello que nos resulta familiar, en lo que parece diseñado para contenernos, suele residir la amenaza más importante. Escribe García Lao: “La humanidad de un lado, las bestias del otro. Bajo la persiana, pero no del todo”.

¿Qué definición personal tiene del horror? En el libro es una temática recurrente que se trata con sutileza.
— No me satisface ninguna definición, prefiero trabajar a partir del goce en torno a lo siniestro, sin límites de género. No pretendo asustar a nadie. En todo caso, perturbo la inclinación del relato hacia un lugar que desconocía previamente. Y me recreo ahí con el permiso de la anarquía de lo oscuro. No pienso en tramas, es el fraseo el que me sugiere la dirección. 

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Gran parte de los relatos de El tormento más puro son muy breves. ¿Qué beneficios ve en esa longitud?
— La brevedad me permite eliminar conectores y provocar vacío. Si puedo decirlo en dos páginas, para qué voy a extenderme. Me gusta que el relato crezca hacia adentro. Concentrar hacia su núcleo.  Pero además, soy naturalmente concisa. 

No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

Existen momentos de fuerte potencia poética en los relatos y en sus libros en general, ¿lo poético es una herramienta que le sirva a la hora de contar una historia?
— Leo y escribo poesía, a diario. No puedo escribir acciones sin desvíos en el lenguaje. Bah, no quiero. El fraseo dislocado es mi terreno preferido.

— ¿Cuál fue el hilo conductor en su cabeza que determinó que estos 36 cuentos fueran unidos en un mismo libro?
— Unos provocaron a otros, fue una especie de avance rizomático. Cada brote estaba insinuado en el relato anterior y provocaba un bulbo nuevo. La marca común es la coincidencia del tormento y la pureza.

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— Desde su perspectiva, ¿qué tan flexible es la frontera entre lo real y lo fantástico?
— Mientras contestaba estas preguntas, un cuadro se estrelló en el piso. Nadie lo había tocado. Barrí los vidrios y miré la figura. Una mujer desnuda, sentada sobre un ciervo. Un círculo rojo que imita a la luna, atrás. La levanto pensando que si esto no hubiera sucedido, al escribirlo se vuelve real. O fantástico.

 Por último, ¿qué lugar ocupa el deseo en su escritura?
— Todo el lugar. Sin deseo no hay palabra.

 


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