1st de March de 2021
CULTURA Separado de Verlaine
16-01-2021 12:15

Fin de la polémica: Rimbaud seguirá en su pueblo natal

Esta semana el presidente Macron apoyó la decisión de la familia del poeta francés y sus restos no serán trasladados al Panteón de París. Juan Arabia recrea en estas líneas cómo es el pueblo donde nació y fue inspiración para su obra.

Juan Arabia
16-01-2021 12:15

Llegar a Charleville es lo más parecido a conocer a Arthur Rimbaud. Sus visiones están pobladas de campos y ríos, flores y cielos. Así los sauces —desgastados vestidos— dejan caer su cabello sobre el Meuse, río que rodea toda esta comuna de las Ardenas francesas. 

Doscientos treinta kilómetros separan París de Charleville-Mézières, una comuna rural ubicada al noroeste de Francia. Actualmente es un viaje de menos de dos horas en tren, que realiza una escala en la ciudad de Reims. El paisaje, de ahí en adelante, es completamente rural: se asemeja al verde más puro de la campiña inglesa, el verde salvaje y profundo de la tierra escocesa. Se pueden ver árboles, ríos, ovejas, vacas, estancias, molinos. La llanura se escinde —por momentos— de su propio suelo, teniendo la altura y el color indeterminado del vuelo de un colibrí. Las estaciones de tren, como la comuna de Rethel, son pequeños castillos.

Son estos lugares y paisajes donde Rimbaud caminó y descansó por las noches, de manera incesante. Porque quizás el lector desconozca el hecho de que el autor era pobre —realmente— y que muchas veces tuvo que atravesar estas comunas y ciudades a pie para poder llegar a París.

Cabaret Vert

Desgastando mis suelas, ocho días
en malas carreteras, llegué a Charleroi.
Pan y manteca, en el Cabaret Verde,
y el jamón medio frío.

Conseguí estirar mis piernas
mientras observaba el simple tapiz,
muy hermoso cuando la chica 
de grandes tetas y animados ojos,

—a esa sí que no la asustaba un beso—,
trajo la manteca y el pan con una sonrisa
y el tibio jamón en un plato de colores,

jamón rosado, blanca grasa y un diente de ajo,
y una gran jarra de espumosa cerveza
dorada por el sol de esa atmósfera.

Pero en Charleville-Mézières, al menos desde su estación, no se ven castillos: es un escenario moderno y limpio, una arquitectura actual, en el que transitan en silencio muy pocas personas. Atravesar esta estación es enfrentarse a un parque —Square de la Gare— en el que habitan árboles y pinos, y una solitaria glorieta.

Es octubre, y por tanto el otoño deja caer sus hojas, y con ellas también caen los colores del sol. Infinitas hojas cubren las grisáceas baldosas de la comuna de Charleville-Mézières, rodeada de naturaleza y frío, de construcciones bajas ornamentadas con elegante simetría y sencillez. 

Sólo a tres cuadras de la estación, atravesando el parque en dirección al noreste, se encuentra la calle principal de la comuna, La rue de La Repúblique, transitada peatonal que desemboca en Place Ducale —según dicen, una de las plazas más hermosas en todo Francia en el estilo de Luis XVIII— el corazón mismo de Charleville. En estas cuadras se encuentra la casa natal del autor, en la que hoy abundan fuentes y negocios de moda, comida y café

La Place Ducale, cerco de luz y silencio en la noche, de día es un carrusel y un acueducto infinito de placeres burgueses. Pero de este corazón corre la sangre que sale, por un lado, al Musée Rimbaud y al río Meuse (bordeado por la propia calle que lleva el nombre del poeta, «Quai Arthur Rimbaud»,) y por otro, al lugar donde está enterrado su cuerpo.

Todos los habitantes de Charleville saben quién es Arthur Rimbaud. Saben dónde está enterrado, de la misma forma que cada uno de ellos conoce el nombre de todas las flores de la comuna. Esto es algo que puede entenderse sólo recorriendo el lugar: Rimbaud, que incluye en sus poemas hasta nombres de flores desconocidas —como si se tratara de un saber botánico, específico—, sólo lo hace y a partir de un saber cotidiano. Porque es en Charleville donde parece que mueren y nacen todas las especies florales que existen en el mundo.

En la comuna nadie pronuncia «Rambú» del mismo modo que en la ciudad de París, donde se preocupan más por la pronunciación que por la poesía: se trata de una expresión cargada de inocencia y de bondad. Sin distinciones, hablan del poeta como de cualquier otro ciudadano de la comuna. 

Sensación

En las tardes azules de verano, iré por los senderos,
arañado por el trigo, pisando la hierba fina.
Soñador, sentiré el frescor en mis pies.
Dejaré que el viento bañe mi cabeza desnuda. 

No hablaré, no pensaré en nada:
pero el amor infinito me subirá hasta el alma,
y me iré lejos, muy lejos, como un bohemio,
por la Naturaleza —feliz, como con una mujer. 

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