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CULTURA / Liteartura policial en la argentina
sábado 28 julio, 2018

La fuente de todas las cosas

No lo decimos nosotros, sino Adolfo Bioy Casares: “La literatura argentina en general, especialmente en cuanto a la importancia de contar con un argumento sólido y original”. Desde 1929, es decir con los albores de la literatura pulp norteamericana, en la argentina el género ha tenido expresas y dilectas colecciones donde volcar sus creaciones: rastros, el séptimo círculo, serie naranja, cobalto, serie negra, negro absoluto, extremo negro... y la lista sigue...

Osvaldo Aguirre

Literatura policial en la Argentina. Foto: cedoc

Si el relato policial desborda sus límites convencionales y lo que antes era un género menor se convierte en un principio normativo de la literatura, como sostiene la crítica actual, hay un lugar donde el género identifica los rasgos que lo definen. Es el marco que le asegura un lugar exclusivo en la librería, la contraseña con que lo reconocen los lectores, una antigua y todavía efectiva estrategia de marketing editorial: las colecciones de narrativa policial. Rastros, El Séptimo Círculo, Serie Naranja, Cobalto, Serie Negra, Negro Absoluto, Extremo Negro, son algunos de los títulos de una lista que se despliega como un factor determinante en el desarrollo del género. Las colecciones de literatura policial tienen también una historia en la Argentina, y sus perfiles revelan tanto las demandas del público –o lo que los editores entendieron y pretendieron lograr al respecto– como distintas concepciones del policial y de sus mejores representantes.

Las colecciones presuponen un recorte sobre un conjunto más amplio, que en el mismo movimiento jerarquizar y relaciona según determinadas pautas los textos que las componen. Sin embargo, son menos homogéneas de lo que pretenden. “El Séptimo Círculo, por ejemplo, no se reduce a publicar novelas de enigma, ya que también incluye autores del género negro, como James Cain, y otros extraños a cualquier clasificación, como Chéjov. En realidad las colecciones funcionan en contradicción permanente”, dice Ezequiel de Rosso, crítico especializado en literatura policial y él mismo director de una colección de reciente lanzamiento, La pulpa americana.

Dos columnas por página. El pulp norteamericano fue un modelo. El Magazine Sexton Blake, publicación quincenal iniciada en 1929 por Editorial Tor, adoptó su fórmula: producción en serie, minimización de los costos y distribución en quioscos. Pero el policial ya estaba en series preexistentes. Las entregas de La Novela Semanal (1919-1925) propusieron al público la novedad de intrigas ambientadas en Buenos Aires, como en El crimen de la mosca azul, de Enrique Richard-Lavalle, La mancha de sangre, de Joaquín Belda, y otros títulos que quedaron en el olvido.

En 1931 Tor comenzó a distribuir los libros de la colección Misterio de J. C. Rovira Editor, donde aparecieron novelas de John Dickson Carr, Henry Wade y Anthony Berkeley, entre otros. El escritor británico Edgar Wallace aportó éxitos de venta con una receta simple y efectiva: “delito, sangre y tres asesinatos por capítulo”.

La colección Misterio anticipó el predominio de la novela de enigma, que continuó a partir de 1938 con la Biblioteca de Oro de Editorial Molino y libros de Agatha Christie, Dorothy Sayers, S.S. Van Dine y Rex Stout. “Eran unos cuadernillos de 17 x 24 cm que rara vez alcanzaban las cien páginas, a dos columnas por página con letra de cuerpo pequeño. Años más tarde, afinando la puntería, aparecía Selecciones de Biblioteca Oro, con reimpresiones de los autores más exitosos, ya en formato libro y con letra por lo general más visible”, recordaba el escritor uruguayo Mario Levrero, un fanático de las colecciones de quiosco.

Hasta la colección dirigida por Ricardo Piglia para la Editorial Tiempo Contemporáneo (1969-1971), los clásicos de la novela negra tuvieron una representación minoritaria y pasaron desapercibidos en traducciones muy libres, como la versión de Farewell, my lady, de Raymond Chandler, publicada por primera vez en Buenos Aires bajo el título Detective por correspondencia (1943).

La edad de oro. En 1941 Hachette inició la Serie Naranja; en 1944 comenzó a distribuirse la cole-cción Rastros, publicada por Acme, y en febrero del año siguiente llegó a quioscos y librerías La bestia debe morir, de Nicholas Blake, con traducción de J. R. Wilcock, el primer libro de El Séptimo Círculo.

Si la colección Misterio, dicen Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera en el ensayo canónico Asesinos de papel, “se mueve todavía en esa zona marginal y generalmente subestimada de los añejos folletones de acción, y apela a un público de adolescentes o de lectores sin tradición literaria”, El Séptimo Círculo inscribe lo culto desde la alusión a la Divina Comedia en el título. Borges y Bioy Casares seleccionaron los primeros 120 títulos de la colección, luego dirigida por Carlos V. Frías “tratando de seguir el criterio de los maestros” que daba preeminencia a la novela inglesa clásica. Según dijo Borges, los editores de Emecé “tardaron un año en aceptar la idea de la colección, porque decían que la literatura policial no era cosa digna de una editorial seria”.

El Séptimo Círculo fue la de mayor duración (hasta abril de 1983) e incluyó títulos nacionales: entre otros, El estruendo de las rosas, de Manuel Peyrou (la mejor novela policial argentina, según el crítico norteamericano Donald Yates), La muerte baja en el ascensor, donde María Angélica Bosco anticipa el police procedural que registró Ed McBain, y El llanto de Némesis, de Roger Ivnnes (seudónimo de Roger Pla). El scouting de los extranjeros, según Bioy Casares, pasaba por los suplementos literarios ingleses y algunas librerías de viejo del centro porteño, entre ellas la de los altos de Corrientes y San Martín, donde los editores descubrieron La torre y la muerte, de Michael Innes.

Rastros, junto con Pistas, otra publicación de Acme, también dio lugar a los escritores argentinos que cultivaban el género, entre ellos Ignacio Covarrubias y Emilio Petcoff, y prestó mayor atención a la novela negra, como las posteriores Cobalto y Nueva Linterna. Sin embargo, sus contribuciones quedaron opacadas no solo por el mayor prestigio de la principal competidora, sino porque la colección de Borges y Bioy Casares, según observa Román Setton en Los orígenes de la narrativa policial argentina (2012), impuso su modelo y condicionó las interpretaciones críticas, incluso hasta el presente: “La historia usual del género (…) ha sido elaborada en gran medida a partir de la lectura de Borges –intencionadamente parcial– de los relatos de Edgar Allan Poe y de G.K. Chesterton. De este modo, un programa literario se ha transformado en la interpretación de la historia del género en la Argentina”.

Evasión, publicada por Hachette, salió al ruedo en 1951 con El misterio de los días, de Ellery Queen. El culto del policial de enigma estaba planteado desde el concepto de la serie –“evasión consumada con toda elegancia y sin desmedro para la inteligencia”– hasta la información proporcionada al público en una página interior que precisaba el género (las categorías eran deducción, suspenso, espionaje, humor y acción) y el lector al que se dirigía el libro (“hombres solamente”, “personas mayores”, “todo el mundo”).

En los márgenes del circuito editorial, la colección Crimen de Editorial Vorágine, dirigida por el comisario Enrique Fentanes, propuso por primera vez  un catálogo exclusivo de autores locales, entre ellos David Viñas bajo el seudónimo Pedro Pago. Los autores más prolíficos de la época son paradójicamente los menos reconocidos, como Alfredo Julio Grassi y Eduardo Goligorsky, insospechables bajo la decena de heterónimos anglosajones con los que firmaron novelas en Pistas y Cobalto.

“En 1960 se pagaba aproximadamente ocho mil pesos por novela –recordó Goligorsky en una entrevista–, y un autor con oficio y con un razonable manejo de las claves del género podía satisfacer en una semana de trabajo las 128 páginas exigidas por una novela tipo. Los tirajes oscilaban entre los 10 y los 30 mil ejemplares”. Para envidia de cualquier editor actual.

Guías de lectura. Ezequiel De Rosso describe un ciclo en el desarrollo de los géneros literarios: “En principio hay una especie de nebulosa, después un momento de condensación donde las colecciones operan como guías y luego una etapa de saturación, cuando las formas narrativas empiezan a ser más inestables y a probar con qué otros materiales se pueden combinar, y entonces se produce una nueva dispersión”.

Hacia fines de los 60, la Serie Negra de Tiempo Contemporáneo legitimó a la novela policial norteamericana como no podían hacerlo las colecciones de libros de quiosco. El reconocimiento tuvo su precio: “El éxito está anclado en un público intelectual; el policial, desde entonces, no se puede practicar más como un género de la industria cultural”, agrega De Rosso.

El primer título fue Cuentos policiales de la serie negra, una antología que Piglia firmó como Emilio Renzi. La colección apostó a acercar a los autores en traducciones notables: Raymond Chandler y Horace McCoy en versiones de Rodolfo Walsh, Dashiell Hammett por Roberto Jacoby, José Giovanni por Juana Bignozzi, Charles Williams y David Goodis por Estela Canto y prácticamente el resto del catálogo en versiones de Floreal Mazia.

Las colecciones siguientes continuaron bajo ese impulso: Corregidor coeditó una colección con Barral y en 1974 inició la Serie Escarlata, donde Alberto Laiseca publicó Su turno para morir. Sol Negro, dirigida por Piglia, publicó entre 1990 y 1992 autores norteamericanos e ingleses poco conocidos y rescató un clásico del espionaje, La máscara de Dimitrios, de Eric Ambler. Jorge Lafforgue inició la colección La Muerte y la Brújula en 1993, que rescató textos de Walsh y Roberto Arlt, y reincidió en otra serie de duración más breve, Variaciones en rojo, donde incluyó El Cabeza, de Juan Carlos Martelli.

Los premios y la consagración como best sellers de Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez, y Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro, dice De Rosso, favorecieron la aparición de nuevas colecciones. Negro Absoluto (2008) planteó “construir una serie de novelas que tuvieran un personaje fijo, que fuera un investigador o un detective, y que transcurriera en Buenos Aires, en distintos momentos”, según su director, Juan Sasturain; la serie se mantiene vigente, con la colección policial de Editorial Vestales y la hispano-argentina Editorial Revólver.

En el camino quedaron Extremo Negro (2011), que organizó tres concursos de novela; Código Negro (2013) reeditó el clásico Noches sin lunas ni soles, de Rubén Tizziani, y publicó Chau, papá, única y vertiginosa novela de Juan Damonte; Tinta Roja, publicada por Eduvim, se diferenció al proyectarse como una colección latinoamericana. Ahora llega La Pulpa Americana, una colección publicada por Evaristo Cultural en busca de un policial que no sea norteamericano ni europeo sino latinoamericano. Una tercera posición que comienza con Los argentinos no existen, del mexicano Luis Arturo Ramos.

“La novela policial que triunfa en los 70 se transforma cuarenta años después en una especie de coiné de la lengua literaria –señala De Rosso–. Ahora todo el mundo escribe un policial. Pero en el mismo momento en que el género se dispersa y empieza a perder límites, casi como en un movimiento dialéctico, aparecen las colecciones. Esos libros pautan un eje, hacen lo que siempre hicieron las colecciones: vienen a decir qué es el género”. Un misterio resuelto para los lectores.

 

El policial en la literatura argentina

Narrador, ensayista y director de la revista especializada El Gato Negro, Juan José Delaney trabaja actualmente en una historia de la narrativa policial en la Argentina, que publicará Fondo de Cultura Económica. “Mi interés por la literatura empezó cuando a los 12 o 13 años encontré en la casa de mis tíos abuelos libros de las series Naranja y Evasión”, cuenta.

—¿Qué colecciones de literatura policial destacarías en la literatura argentina y por qué?

—La primera gran revelación en los libros de Hachette fueron los impresionantes cuentos de William Irish (seudónimo de Cornell Woolrich) de quien recuerdo títulos como El perro de la pata de palo, Siete cantos fúnebres y Si muriera antes de despertarme, casi todos traducidos por Rodolfo Walsh. La mayoría de los autores eran de extracción anglosajona: Agatha Christie, Carter Dickson, Ellery Queen, Dorothy Sayers, Erle Stanley Gardner. Ocasionalmente publicaban a autores nacionales, de los que recuerdo a Lisardo Alonso con El asesino del tiempo y Variaciones en rojo, del mencionado Walsh. Después pasé a leer textos de El Séptimo Círculo. Casi todo lo que leí era de muy alto nivel (el Wilkie Collins de La dama de blanco, el Nicholas Blake de La bestia debe morir, entre tantos otros, incluyendo a cultores de la novela negra: James Cain, Ross MacDonald y James Hadley Chase. La serie incluyó a algunos autores argentinos como Manuel Peyrou (El estruendo de las rosas), María Angélica Bosco (La muerte baja en el ascensor) y Bioy Casares y Silvina Ocampo (Los que aman, odian), cuyo nivel era inferior. De la época también eran las publicaciones Pistas y Rastros que fundían a autores extranjeros y nacionales camuflados tras seudónimos anglosajones. La editorial Tor, por su parte, publicaba a los franceses Gaston Leroux, Maurice Leblanc y Georges Simenon. A diferencia de las esmeradas traducciones de Hachette y de Emecé, Tor ofrecía traducciones mediocres.

—¿Qué incidencia tuvieron las cole-cciones en el desarrollo de la literatura policial en la Argentina?

—A la misma pregunta, Bioy Casares me respondió que no tenía ninguna duda respecto de la gran incidencia del policial en la narrativa argentina en general, muy especialmente en cuanto a la importancia de contar con un argumento sólido y original. Por mi parte no conozco colega que no lo haya disfrutado. Muchos, sin practicarlo, lo orillan, es decir: deliberadamente toman elementos del género con lo que enriquecen su escritura. Y son conscientes de ello. En otro sentido, pienso ahora en Ernesto Sabato, un gran detractor del género pese a que las únicas obras suyas que vencen la prueba del tiempo –El túnel e Informe sobre ciegos– provienen claramente de la novela de misterio.

 


 

Mi universidad y mi taller literario

Entre 1940 y 1960 las colecciones policiales imprimían cientos de miles de ejemplares que se vendían en librerías y quioscos, y eran puntualmente ignoradas por los suplementos literarios y las elites. En los años 60, cambió el viento. Toda aquella inmensa producción es hoy un corpus que yace polvoriento en las librerías de viejo. Aquellos libritos baratos –entre mucha basura venían Chandler, Hammet, Simenon– fueron mi universidad y mi taller literario. Por eso los amo, pero no estoy solo, sino acompañado por una inmensa minoría, atenta a las constantes resurrecciones (colecciones que nacen y mueren) de esa pasión argentina.

El policial es un territorio al que constantemente entran y salen los escritores más diversos. The Buenos Aires Affair de Manuel Puig, La pesquisa de Juan José Saer, El camino de Ida de Ricardo Piglia, ¿no son acaso explícitamente novelas policiales?  El auge del género se ha desplazado de las colecciones estrictamente policiales a las novedades de narrativa argentina. Es como si el policial de colección hubiera muerto, pero antes fecundó la narrativa toda. El género era robusto y sobrevive a altos y bajos. Por otro lado, se mezcla con otros registros literarios –crónica, testimonio, investigación periodística, escrituras diversas– confirmando aquella idea según la cual lo mejor de los géneros son las transgresiones que con ellos se cometen. Sociedades urbanas como la argentina se criminalizaron: el delito se multiplica y es cada vez más protagónico en los medios. Este auge de la literatura policial, que yo prefiero nombrar literatura criminal, sería una reformulación de lo que siempre se ha dicho del género: que era el fruto literario del capitalismo.

* Alvaro Abos


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