martes 28 de junio de 2022
CULTURA LOS LIBROS DE LA GUERRA

Malvinas: una mancha temática que aún sangra

El 2 de abril se cumplen 25 años del desembarco en Puerto Argentino que diera comienzo a la guerra de Malvinas. Si la literatura es un laboratorio de significaciones donde, aprovechando la coartada de la ficción, una sociedad se piensa y se interroga, produce a partir de traumas: ¿qué dicen los cuentos, relatos y novelas sobre la guerra? Una mirada retrospectiva a las ficciones sobre Malvinas que concibieron, entre otros, Carlos Gardini, Daniel Ares, Rodolfo Fogwill, Carlos Gamerro, Juan Forn y Rodrigo Fresán.

30-03-2007 19:32

Preguntar cómo aparece la guerra de Malvinas en nuestra literatura es preguntar por la Argentina. Toda sociedad imagina en su literatura formas alternativas del mundo, entrelaza experiencias vividas y significaciones aceptadas con experiencias imaginarias y significaciones latentes; literatura es ficción, es generar lenguajes y realidades que no tienen consecuencia directa sobre la realidad, un laboratorio para reflexionar sin límite, para elaborar lo que no se puede elaborar. David Viñas dijo que una literatura nacional tiene núcleos traumáticos que retornan, a veces se expresan en manchas temáticas que arman series de obras, entrelazan épocas y dicen de combates, secretos, deseos y terrores de una sociedad.

Contra la patria militar. Malvinas es una mancha temática extraordinariamente productiva, no por frecuencia sino por calidad y persistencia. Calidad: generó dos de las grandes obras de los últimos 35 años: Los Pichiciegos (Fogwill), y Las Islas (Carlos Gamerro). Persistencia: empieza en 1982, en el extraordinario relato Primera línea , de Carlos Gardini; llega hasta hoy.

En Primera línea asoma el género que sin ortodoxia alguna, manejado con amplia libertad, nutre parte de la mejor literatura sobre Malvinas: la ciencia ficción. El cuento trabaja con la gadget science fiction (relatos del género sostenidos en aparatología sofisticada y novedosa), sólo que acá son tristes “ gadgets” del subdesarrollo. Primera línea es un relato sobre las víctimas del poder: la historia de Cáceres, joven soldado que perdió piernas y manos. Cáceres es el típico héroe social de la ciencia ficción: protagonista individual y a la vez representante general del combatiente, dañado existencialmente por la guerra. El cuento imagina un “cuerpo especial de unidades MUTIL” –Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados– que coopta a Cáceres y aprovecha su desesperación para transformarlo en kamikaze, hasta que el poder decide detener la guerra y simplemente reúne a sus unidades MUTIL, especie de robocops obsesionados e irrisorios (cinco años antes de la saga cinematográfica) que son despojados de prótesis, motores y armas y expulsados al mundo como desechos humanos. Escrito con lenguaje impecable y potente, sin nombrar Malvinas ni una sola vez pero señalándola todo el tiempo, Primera línea no sólo ganó un concurso que tenía como jurados a Borges, Donoso y Pezzoni, iniciando con brillo la carrera literaria de Gardini, también inauguró recursos que reaparecieron.

Los pichiciegos , novela que Fogwill declara haber escrito en simultaneidad con la guerra, invierte Primera línea porque el foco también está en los soldados como víctimas, pero si las unidades MUTIL son los traicionados por esa Patria que se ofreció como Significado para la mutilación brutal, los pichiciegos son desertores que cavan una cueva (la pichicera) donde se esconden y sobreviven negociando con el enemigo inglés. La Patria traiciona a los MUTIL; los pichiciegos traicionan a la Patria. Las dos obras ponen en jaque el poder, que es el que define qué quiere decir Patria. La ciencia ficción reaparece en Los pichiciegos con su obsesión por la utopía y los mitos. Se describe con interés minucioso una “sociedad pichi” refugiada bajo tierra, se imagina una civilización alternativa. El funcionamiento político, económico y cultural de esta microsociedad dedicada exclusivamente a sobrevivir no es delirante, es posible y exitoso: hay gobierno aristocrático (de los mejores), legalidad autónoma que admite tácitamente el asesinato para preservar el equilibrio ecológico, historia, mitología, rituales, lenguaje propio. Como en la ciencia ficción, algunos personajes encarnan tipos sociales (el Turco, comerciante talentoso; García, saber académico; el Ingeniero).

Los pichiciegos. Visiones de una batalla subterránea reivindica una guerra oculta, subversiva, contratradición de Malvinas: la de los que no reconocen la “Patria” por la que los militares envían a morir, la de quienes desean vivir, la que ocurre en el anverso de la guerra oficial y burla al Estado. El mito fundacional de la pichicera lo cuenta así: por un lado los “boludos”, por el otro los “vivos”; entre los “vivos”, el puñado que el sargento elige para cavar la pichicera antes de que lo mate la Marina; los “boludos” son los dispuestos a pelear. A 24 años de publicada, Los pichiciegos muestra su importancia para leer la mejor literatura que siguió, escrita por las generaciones postdictadura. No sólo por sus reediciones: varias constantes de la nueva literatura aparecen por primera vez en Fogwill. Por ejemplo, la sintomática recurrencia de personajes fantasmales; muertos entre los vivos, en cuentos fantásticos, pero en otros, de un realismo extrañado, vivos apáticos que deambulan en disponibilidad, como fantasmas. Se lee ahí el trauma del genocidio que perpetró la dictadura contra padres o hermanos mayores de los que hoy escriben, pero los primeros fantasmas están en Los pichiciegos: las “aparecidas”, fantasmas de monjas francesas que deambulan por las islas, por un lado; los “desaparecidos” pichis que, dados por muertos por la tropa, se confunden con fantasmas al ser divisados fuera de la pichicera. Muertos entre los vivos, vivos que parecen muertos: de Los pichiciegos hasta hoy, el corazón siniestro de nuestra historia reciente sigue ardiendo en la literatura que se escribe.

La pichicera se lee hoy como espacio-tiempo procesador del futuro: oscuridad caliente que protege desertores pero sobre todo construye un presente perpetuo (“presente pasa”, es la contraseña para entrar) donde se está reformulando el mundo, procesador de significaciones del mundo que va a advenir, el de la democracia de la derrota (como la llamó Alejandro Horowicz), el del menemismo, la sociedad traumada donde se cortó la transmisión generacional y los hijos no pueden dar cuenta de la historia de sus padres, un pasado muy lejano e incomprensible, por más reciente que sea, borrado tras el terror de 1976. Ya el signo pichiciegos anuncia una Argentina de dañados, víctimas ciegas (las mulitas o pichiciegos, cuenta el libro, son animalitos para comer, se cazan “metiéndoles el dedo gordo en el culo”).

Además de usar muy libremente la ciencia ficción, Los pichiciegos apela a lo fantástico, no sólo con las “aparecidas”: ¿existió la pichicera o es invento de un ex combatiente enloquecido por la guerra? Leemos y vacilamos, ambas cosas son posibles. Lo fantástico seguirá alimentando buena literatura sobre Malvinas: cuentos como El beso de la valquiria de Gardini, Hombres y piedras, de Alejandro Alonso.

Los noventa. Nadar de noche (Juan Forn) e Historia argentina (Rodrigo Fresán), últimos libros de escritores jóvenes argentinos que tuvieron lectores y visibilidad mediática, tienen sendos cuentos sobre Malvinas. Aparecen en 1991 y miran la guerra, a diferencia de Gardini o Fogwill, con inmensa distancia y el espíritu de la época. Sin embargo su actitud es diferente. Memorándum Almazán, de Forn, asume la idea menemista de la vida como escalera al éxito para contar que, irónicamente, la culpa llega, inmanejable, y frena la carrera del más promisorio joven trepador, quien, como dice Andrés Neuman, “parece asumir implícitamente una responsabilidad en la masacre de su generación” y pierde su brillante futuro al proteger a un supuesto ex combatiente de Malvinas. El cuento es una rara avis en Nadar de noche, libro (dice Neuman) “en apariencia ajeno a cualquier problemática social (aunque no a la temperatura ideológica del menemismo imperante)”. El relato interesa porque explora en un estrato social de yuppies que no se sintió en riesgo (los “chicos de la guerra” fueron mayoritariamente de familias humildes) y percibe allí la culpa como siniestra, inquietante amenaza para sus objetivos conscientes.

Soberanía Nacional, el cuento de Fresán, expresa en cambio un entusiasmo acrítico por el espíritu de los 90. Trivial, convencida de su ingenio, la escritura intenta reír, jugar y caricaturizar, festejando las peores cosas. Humor, juego y caricatura alrededor de Malvinas brillarán en Las Islas, que Gamerro empieza a escribir en 1992, pero si en Las Islas son herramientas que destronan, deshacen ideologías cristalizadas y denuncian, en Fresán intentan enmudecer el trauma y olvidar la injusticia. Valores de los 90 dirigen a sus protagonistas: un soldado inverosímil, algo “intelectual”, un rolinga delirante que quiere caer prisionero, llegar a Londres y ver a los Rolling Stones y un fanático que sueña ser héroe de guerra. Oscilando sin resolverse entre el juego disparatado y torpes guiños a la verosimilitud, el cuento acumula lugares comunes menemistas: el “intelectual” encuentra a un gurkha y piensa como cholulo en pedirle un autógrafo, el rolinga imagina que comparte el escenario con los Rolling (como plomo, es apenas hijo de un electricista y ni en sueños Fresán le permite olvidarlo), el fanático patriota no está dispuesto a morir como los mutilados de Gardini, sino a matar para ser héroe. El motivo es puramente utilitario: quiere que la fama le dé impunidad porque acaba de cometer un crimen. Soberanía nacional testimonia la trivialidad con la que una Argentina envilecida puede mirar su pasado. El disparate y el humor (que ya asoma en Los pichiciegos) tiene mejor destino en la novela Banderas en los balcones (1994), de Daniel Ares, un ejemplo de ironía, caricatura e inteligencia. En esa línea, aunque no sólo, trabajará Las Islas, de Carlos Gamerro.

Desde los 90, en obras de escritores que el 2 de abril de 1982 vivieron la primera fecha políticamente significativa para su vida conciente, la guerra aparece de soslayo (marca lateral e intensa) al relatar experiencias de crecimiento, autobiográficas o no. Postdata para las flores (1991), de Miguel Vitagliano, alude a Malvinas y sobre todo a la sangrienta marcha del 30 de marzo de 1982, que se mira desde los que sienten que no pertenecen a la “generación de los hermanos mayores”, interpelada de otro modo por los acontecimientos. En Los ojos así (1996), también de Vitagliano, uno de los novios de la protagonista irá a la guerra y a ella le toca asistir a la llegada del Papa, en 1982, que se narra con humor ácido. Nadie alzaba la voz, de Paula Varsavsky, cuenta el crecimiento de Luz. Con Malvinas llega para Luz el interés político y la promesa de un “mundo que me parecía maravilloso”, el de la militancia (que la dictadura ya no reprime, dado el apoyo de la izquierda a la guerra). Exquisita escritura donde lo público dialoga sutilmente con lo privado, Nadie alzaba la voz testimonia cómo vivió la guerra una clase media adinerada que nunca corrió peligro, mientras a la peluquera de Los lemmings y otros (2005), de Fabián Casas, Malvinas le clausuró el “mundo maravilloso”: “Y así éramos nosotros. Hasta que este país de porquería nos cagó a sopapos. Por ejemplo la tragedia de los Dulces. El Dulce grande chupado por la policía, el Dulce chico asesinado en la cortada (…) O el gordo Noriega que volvió de las islas sin transistores en el bocho”.

¿Esos chicos ya no están?. Otros volvieron con el bocho habitado: Felipe Félix, en Las Islas, tiene hierro incrustado en el cerebro. Las Islas (1998) es expresionismo, realismo, parodia, ciencia-ficción, policial negro, ficción paranoica y hasta fantástico; quinientas páginas que se proponen como “novela total” de los 90. Un ex combatiente hacker y devenido detective investiga en un Buenos Aires menemizado donde la complicidad es colectiva y la impunidad, naturaleza. A diez años de Malvinas el pasado late siniestro, deambulan fantasmas de los caídos y ex combatientes alucinados con una guerra que para ellos nunca terminó. Típico personaje de la ficción paranoica, el protagonista es un lúcido que sufre porque averigua y entiende, por la culpa de haber sobrevivido y por la indiferencia filicida de una sociedad anestesiada.

Transcribo una última aparición de Malvinas (Los estantes vacíos, 2006, Ignacio Molina): “Viajé escuchando el discurso de un excombatiente. Un compañero suyo ofrecía un calendario ‘al precio que les diga el corazón’, que tenía impreso en blanco y celeste el mapa de las islas. Los dos estaban de botas y uniforme, como si acabaran de salir de una trinchera, y yo calculé que todavía les faltaban un par de años largos para cumplir los cuarenta. Los vi bajar en Colegiales, con poca recaudación”.

“¿Qué pasó con las Malvinas? Esos chicos ya no están”, cantamos en marchas de la democracia de la derrota, perfeccionando a la dictadura: hacíamos desaparecer a los chicos que sí estaban y crecieron como fantasmas, unidades MUTIL desechadas que sólo quieren (como en Las Islas) regresar a la guerra que barrió sus vidas. Si la Argentina no quiere saber nada de esos chicos que están y cargan, cual Felipe Félix, con la frustración y el fracaso de todos nosotros, la literatura lo grita. Para eso está.

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