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CULTURA / otro paradigma
domingo 25 agosto, 2019

Nombrar un mundo nuevo

Las nativos digitales abandonaron los caminos habituales en la búsqueda y construcción del saber para abordarlo con las múltiples formas de lectura transmedia. Especialistas reflexionan sobre este complejo ecosistema del touch y sus consecuencias.

María Eugenia Villalonga

Entre la moda tecnológica y el cambio de paradigma cognitivo se gesta en el presente una nueva manera de comprensión del mundo para asimilarlo y transformarlo. Foto: temes
domingo 25 agosto, 2019

Cuando llegó el momento de cerrar el Festival de Pensamiento Contemporáneo en la ciudad de Rosario, uno de sus principales organizadores, Cristian Alarcón, despidió al público agradeciéndole la energía millennial y centennial que lo había desbordado. “Ustedes son mi desvelo y mi preocupación, porque todo el tiempo estamos pensando en ustedes y también en los que vienen detrás.” Y casi como un algoritmo humano, marcó las coordenadas de una tendencia que habla de una relación diferente con lo contemporáneo. “Ustedes son un público inteligente. Les gusta la ironía, les gusta lo picante, les gustan los sabores, disfrutan de las riñas, disfrutan de los momentos de intimidad, pero también disfrutan de la frivolidad. Nos entendemos muy bien.”

Abanderado del pensamiento anfibio sobre la realidad, sostiene la importancia de perderle miedo al error, a lo impredecible, a la disidencia y propone soltar amarras respecto de los saberes, a sentir que para pensar hay que seguir encerrado en la propia disciplina o explorarla a fondo para poder hablar de un tema. Consultado sobre la relación de este modo de abordar el conocimiento con las formas de lectura transmedia, cree que están vinculados, pero sobre todo piensa que “tiene que ver con la incomodidad de una generación entre los catorce y los treinta y tantos años que abandonó los caminos habituales en la búsqueda y construcción del saber, a quienes el mercado no premia ya por sus circunstancias académicas y curriculares, sino que le está exigiendo nuevos modos de mostrar sus talentos y sus capacidades, que obviamente están basadas en otra manera de consumir información, de cruzarla, linkearla, de leer en las pantallas, en forma transversal y dinámica, no a partir de un centro y una pirámide.”

Los modos de leer (lo que el capitalismo tardío llama “consumir información”) no dejan de ser históricos. En los comienzos de este siglo, la figura del lector se reconfiguró en el internauta que conecta bloques de texto en forma no secuencial, pudiendo elegir los modos de acceso a la lectura, en sintonía con la idea de textualidad abierta, inacabada, que plantea Barthes en S/Z, publicado en 1970. Una textualidad que difumina las fronteras entre lector y escritor y que construye un lector más activo, más cercano a la idea de productor que de consumidor. El que encuentra en internet su espacio privilegiado, un espacio donde el centro se reconfigura a medida que se mueve por una red de textos, haciendo de la intertextualidad y del montaje su razón de ser, lo que Derrida definió, en De la gramatología, como el arte y la ciencia de conectar y expandir el texto, diseminándolo.

Por esos mismos años, en 1965, y desde la informática, Ted Nelson acuñaba el término “hipertexto” para definir un tipo de escritura no secuencial que se bifurca y que permite al usuario elegir entre distintas opciones, una escritura organizada en bloques unidos por enlaces o hipervínculos. En su cruce prolífico con el posestructuralismo francés, cuestionó conceptos consagrados por la cultura impresa como la linealidad del texto, la primacía del autor y el rol del lector, lo que para la teoría francesa significaba el fin de una episteme –el logocentrismo– y el comienzo de otra –sin centro, rizomática–.

Un universo multipantallas. Hoy las redes sociales, el celular, la compu y los diferentes dispositivos llevan a un uso de las pantallas (dentro de las cuales la televisión quedó, lejos, en último lugar) cada vez mayor y a un abandono del “mundo de los átomos” (y de la lectura en soporte libro) ahondando la distancia entre quienes provienen de la cultura letrada y quienes nacieron en un entorno digital. Y si los primeros usan las pantallas como continuación del libro (y de la máquina de escribir) los últimos, verdaderos atletas de la autoficción, parecen tener un vínculo más performático con ellas, donde el interés está puesto en la creación más que en la comprensión, con un predominio absoluto de lo visual pero sobre todo de lo sensorial. La vieja pretensión de las vanguardias históricas de convertir a todos en artistas o de fusionar vida y arte parece retornar, paradójicamente, en este nuevo milenio, de la mano de un yo convertido en selfie.

Sin embargo, el discurso de la culpa y de la adicción está muy presente en ambos grupos, según cuenta la doctora en Comunicación e investigadora en política, nuevos medios y participación ciudadana, Eugenia Mitchelstein, para quien las pantallas son el espacio donde se produce hoy la comunicación con los otros y están integradas a nuestra vida de una manera que ya no es posible abandonarlas. Los algoritmos, esa pesadilla distópica de quienes no son nativos digitales, parecen convivir armónicamente con estos últimos. Y mientras que los primeros se reconocen distintos a la imagen que proyectan en las redes, los últimos no encuentran grandes diferencias entre su yo físico y su yo digital, conformando lo que el recién fallecido filósofo francés, Michel Serres, llamó una “generación mutante” cuyos pulgares son la extensión de su cerebro, generando, entre otras cosas, una cultura de la disponibilidad y de la rapidez.

Nuevas formas de narrarnos. Fernando Peirone, Director del Observatorio Interuniversitario de Sociedad, Tecnología y Educación, viene investigando desde hace tiempo cómo las transformaciones producidas por las nuevas TIC impactan en las prácticas pedagógicas.

Más que hablar de nuevas lecturas, sostiene, de lo que estamos hablando es de una lecto-comprensión del mundo diferente, por lo tanto, de jóvenes que están transitando el cambio hacia una nueva narrativa del mundo, a un nuevo modo de contarnos a nosotros mismos. Son los que están construyendo esta nueva narrativa que él prefiere definirla como convergente (un término acuñado por Henry Jenkins en su libro Convergence culture, en el que describe una cultura donde los medios de comunicación confluyen y los usuarios utilizan todos los lenguajes simultáneamente), donde lo audiovisual y lo iconográfico es mucho más potente. La sociedad se ha empezado a narrar de otra manera, afirma, están los memes, los emoticones, las stories de Instagram y ya la lingüística anglosajona está analizando la gramática de los emoticones que hace cinco años eran doscientos y hoy son cerca de diez mil, agrega.

“Por ejemplo, esta semana me reuní con los directores de la tecnicatura de “Animación 3D y Efectos Visuales” de la Universidad de San Martín y resulta que prácticamente no hay textos en toda la carrera. Primero porque es una disciplina nueva, casi no hay bibliografía porque hay muy pocas cosas escritas pero además porque todo es audiovisual. Y, aunque sea difícil de asimilar para nosotros que somos modernos, tenés una carrera completa casi sin textos. Entonces, ¿dónde está ese saber? Nosotros necesitamos bibliografía, conceptos asimilados en palabras, en explicaciones, y aunque sea difícil de soportar por lo que interpela a nuestro conocimiento, es una realidad.”

—La frase de Mallarmé que resume el ideario moderno, “todo, en el mundo, existe para concluir en un libro” no parece describir el mundo que hoy habitamos.

—Está claro, pero además, de lo que estamos hablando es de las dificultades que tiene la pedagogía actual para hablar de los nuevos saberes, que son los de una cultura que está en transformación y los docentes, que se formaron en la cultura moderna, explican con el paradigma de la lectura clásica, enciclopédica y secuencial, de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha, un saber que se organiza de otra manera, que es hipertextual y rizomático.

—En la cultura libresca en la que nos venimos formando hace varios siglos, los autores, editores, docentes ofician de mediadores, aquellos que organizan, jerarquizan la información. ¿Quiénes ocupan ese lugar en estos nuevos soportes?

—El docente, más que moderar, baja línea en función de una política de Estado, lo que pasa es que, en la actualidad, todos estamos como extraviados, por lo tanto, no es culpa de la institución educativa. La sociedad está desorientada, como todas las disciplinas, el psicoanálisis, la antropología, la economía, las instituciones en general están interpeladas. Yo creo que no desaparecieron los mediadores sino que ya son otros los actores. El algoritmo de indexación de Google es un poco quien define qué es lo importante dentro de lo que estás buscando. Los contenidos de la enciclopedia más importante del mundo que es Wikipedia, que tiene una dinámica mucho mayor que la que podían tener la Enciclopedia Británica o el Pequeño Larousse Ilustrado, no son definidos por expertos sino por los usuarios. Y si bien, en los comienzos de la Wikipedia, muchos pensábamos que iba a ser un producto poco confiable, escrito por adolescentes trasnochados, finalmente eso no ocurrió, sino que se convirtió en una muy buena primera entrada a un tema. Según el entrevistado, “la pusieron a prueba y dio que tiene menos errores que la Enciclopedia Británica. Si intervenís en el perfil de Lady Gaga y ponés que murió en un accidente, en diez minutos te lo corrigen diciendo que es mentira.” Pero no solo ocurre con un tema de la cultura popular y masiva. Frente a un probable error cometido respecto a un hecho ocurrido en el siglo XII, cree que no pasarían más de un día o dos en corregirlo porque cuentan con gente supervisando todo el tiempo.

—¿Qué tipo de relación establecen las nuevas generaciones con el conocimiento?

—Es un campo a explorar. Ellos están atravesando procesos cognitivos muy diferentes a los nuestros, de hecho, las neurociencias están describiendo que el tipo de sinapsis  que produce una mano con un lápiz y un cuaderno es completamente distinto al que se activa frente a una pantalla táctil. Todavía está por verse cómo todo esto está configurando el cerebro –que se preparó durante siglos para dejar de memorizar y pasar a la lecto-escritura– para las funciones que se realizan hoy. Ese pasaje del libro y la tiza al touch todavía no impactó en el orden pedagógico ni tampoco en el modo en que se conciben las profesiones.

Las carreras universitarias tradicionales que exigen muchos años de estudio para profundizar en una disciplina parecen haber quedado fuera de la elección de estos nuevos lectores que navegan por las redes (y el término mismo habla de un recorrido por la superficie, una suerte de erótica del conocimiento opuesta a una metafísica del conocimiento), cada vez más alejados de aceptar la idea de permanecer tres o cuatro años leyendo para, recién ahí, empezar a producir algo en relación a lo que aprendieron.

Y si el siglo XX –con el cine y la TV– nos enseñó a ver de manera muy distinta a como veíamos en el siglo anterior, donde la pintura era el paradigma de visualidad, hoy las pantallas están formateando nuestra mirada a partir de una nueva narrativa. “Las narrativas hoy abandonaron el formato televisivo, abandonaron el formato libro y están mudándose a lo que serían las stories de Instagram, que tienen una lógica más de videojuego y de viodeoclip que de cine. Tienen una rapidez y un vértigo visual impresionante. La cultura nuestra está construida a partir del logos y hoy ese logos está dándole lugar a un emergente nuevo que es audiovisual, a otra configuración completamente distinta. Pero esto todavía no tiene su correlato institucional, por lo tanto, no tiene su correlato en una cultura letrada.”

El futuro de la lectura. “Las dudas acerca del acceso al conocimiento son una constante en la historia de la humanidad, desde la fruta del árbol del bien y del mal hasta Google.” La cita le pertenece a Maryanne Wolf, especialista en neurociencia cognitiva y psicolingüística y habla del estupor que la lectura en multipantallas provoca en quienes se formaron en la cultura libresca y hoy tienen la tarea de educar a los nativos digitales.

Cinco siglos ante de Cristo, Sócrates, que se había formado en la cultura oral, encontraba inhumana a la escritura por ser un invento externo al pensamiento que amenazaba con destruir la memoria, asociada al conocimiento profundo de las cosas, es decir, a la verdad, y sostenía que propiciaba una “apariencia de sabiduría”. Hoy, en el comienzo de un nuevo proceso cultural y tecnológico que está produciendo nuevas formas de leer, pareciera que nos encontramos en la misma disyuntiva, sólo que lo inhumano –que amenazaría, definitivamente, la capacidad de memorizar– estaría del lado de las pantallas que vendrían a sustituir la capacidad de abstracción que siglos de lectura profunda internalizaron en nuestra red neuronal por una mentalidad de malabarista, adaptada a una forma intensiva de multitarea mental.

En Lectura transmedia. Leer, escribir, conversar en el ecosistema de pantallas, publicado por Ediciones Ampersand, Francisco Albarello, doctor en Comunicación, describe esta nueva forma de leer y abordar el conocimiento como “un tipo de lectura inclusiva, multimodal, diversa, de todo tipo de textos –escritos, visuales, sonoros, lúdicos– y de soportes, que a su vez se mezcla o hibrida con las prácticas de producción o prosumo del lector. […] Entonces, la profundidad que caracterizaba a la lectura continuada en un mismo dispositivo impreso se convierte ahora en una profundidad extensiva a distintas plataformas y pantallas. Si aquella profundidad se basaba en un contrato de lectura que privilegiaba un único estímulo por parte del libro en tanto interfaz especializada y una lectura concentrada por parte del lector, aquí la profundidad tiene que ver con que el contrato de lectura incluye diversas pantallas y estímulos simultáneos, y requiere de parte del lector un compromiso que divide y, a la vez, multiplica su atención.”

Citando a Carlos Scolari describe a este nuevo lector como un translector, quien “debe moverse en una red textual compleja formada por piezas textuales de todo tipo y ser capaz de procesar una narrativa que, como una serpiente, zigzaguea entre diferentes medios y plataformas de comunicación. Acuerda con Scolari en que, el translector debe “activar una serie de competencias y experiencias previas que no están presentes en la lectura tradicional, ya que es un lector multimodal que debe dominar diferentes lenguajes y sistemas semióticos, desde el escrito hasta el interactivo, pasando por el audiovisual en todas sus formas.” Y concluye en que “el esfuerzo cognitivo que supone la lectura hipertextual en las pantallas se pone en juego ahora, de manera extendida, a muchos medios y plataformas, y la estrategia de lectura que asume el translector es la del detective, que busca reunir todas las piezas del puzzle para comprender la historia. La lectura entonces se transforma en una investigación.”


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