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CULTURA / Apuntes en viaje
domingo 23 febrero, 2020

Vacaciones

Levantarse muy tarde, pasarse todo el día en la calle, jugar al carnaval, manguerearnos en el patio o pasarnos el día en la pelopincho cuando por fin tuvimos una.

por Selva Almada

Verano. Foto: marta toledo
domingo 23 febrero, 2020

Hace varios años que no voy a la playa. Los últimos veranos tuve trabajo o, al menos, intenciones de trabajar. A veces el trabajo suponía viajes pero siempre hacia el invierno. Estas semanas Facebook me muestra publicaciones de otros años: fotos de mercados, de calles con gente abrigada, de cielos brillantes, típicos de días fríos con sol. Este verano no fui a ninguna parte. Oscilé entre la ciudad y el campo, las chicharras y los bocinazos, el aire acondicionado y la hamaca paraguaya entre los álamos.

Todos los años, también, acumulo libros: la pila del verano, esos que tengo muchas ganas de leer y entonces cuando al fin lo logre no tener que soltarlos para cumplir obligaciones. El año pasado fui armando mi stock de verano con la misma ilusión de siempre, pero olvidé que me había comprometido como jurado de un concurso. Así que apenas si pude leer un poco de poesía. La poesía como una pausa, un estado de meditación.

En Facebook y en Instagram miro cómo veranean los demás. Playas desiertas que me dan envidia y playas atiborradas a las que no iría nunca; tragos con sombrilla, churros, cerveza en lata; mares transparentes y tranquilos, ventosos y picados; el río Uruguay manso y familiero; dos amigas que se aventuran en la selva misionera, plantas descomunales, animalitos. Mi primo, que se fue a Brasil, ¡cómo crecieron sus hijos!

Nunca me fui de vacaciones con mi familia, es decir padres y hermanos. Un poco porque éramos pobres y no había plata para salir de viaje. Pero tampoco recuerdo que mis amigas de la infancia o nuestros vecinos se tomaran vacaciones. En el barrio, los que tenían el privilegio de las vacaciones eran los hombres porque trabajaban fuera de casa. Sí me acuerdo de verlos todo el día en los patios o sentados en la vereda, en short y en cuero, con el vaso de vino o el vermú cerca del mediodía y a la caída del sol. O yéndose en grupo a pescar dos o tres días lejos de la casa. No había lugar para los hijos y las esposas en esas vacaciones de obreros. Solo para los amigos que también estaban libres. Nuestras vacaciones o lo más parecido era ir una semana o dos a la casa de mi abuelo que vivía en el campo o a la casa de mi tía María que vive en Colón… unas pocas veces a visitar parientes en el conurbano bonaerense. Y estos parientes, tíos y tías de mi madre, primos, yendo a visitarnos a la provincia, con su tonada de la urbe que después imitábamos burlándonos.

El verano era siempre un acontecimiento en mi vida. Levantarse muy tarde, pasarse todo el día en la calle, jugar al carnaval, manguerearnos en el patio o pasarnos el día en la pelopincho cuando por fin tuvimos una. El verano era la libertad absoluta. La piel se iba oscureciendo con el aire caliente, las uñas de los pies con su borde negro de tanto andar en patas (mi madre tenía un dicho para las uñas sucias que hasta el día de hoy me enternece: “¿Qué pasa, se murió tu gato que tus uñas están de luto?”).

Creo que lo que más extraño desde que soy freelancer es tener vacaciones. Hoy puedo levantarme a cualquier hora, cualquier día, y hacer de cualquier día de la semana un feriado personal. Pero me acuerdo con nostalgia de cuando trabajaba en el hospital, de cómo esperábamos esas semanas sin marcar tarjeta, los que se iban y después volvían con alfajores para los que nos habíamos quedado trabajando. Ir viendo cómo el bronceado de los que se tomaban vacaciones en enero se iba apagando de a poco, bajo las luces fluorescentes de la farmacia, a medida que nos acercábamos al otoño.


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