DOMINGO
LIBRO

2001, la crisis de las crisis

Cómo llegamos a ese diciembre en llamas.

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Uno de los protagonistas de esos días de fuego, José Ignacio De Mendiguren, revela la historia no contada del proceso que desemboca en la gran crisis de 2001. | juan salatino

Diciembre todavía no había empezado pero ya era políticamente diciembre. Ese viernes, 30 de noviembre de 2001, tenía agendada una entrevista con la periodista Susana Viau, de . Eran las cinco de la tarde, pero la temperatura, en lugar de bajar, parecía subir. Empezamos a hablar con Susana, con quien teníamos una confianza lograda a lo largo de muchas charlas, on y off the record, durante aquellos meses turbulentos. Pronto, tuvimos que dejar de hablar.

Mi teléfono no paraba de sonar y traía noticias que, como el país conocería horas después, no eran buenas. “¿En serio van a hacer eso? ¿Y cómo…? ¿Cuándo…? Espérenme que voy para allá”. Susana me escuchaba y pronto entendió que estaba pasando algo que nuestra entrevista no iba a poder abarcar, algo que dispararía un proceso que luego sería irreversible, donde se pondrían en juego cosas importantes y definitorias para el país. Conocedora de los recovecos de la política y de la economía argentinas, Susana dejó que me excusara, con la promesa de volvernos a ver en cuanto hubiese más visibilidad. La que no teníamos en esa tarde-noche incierta.

Salí de la sede de la UIA a las seis de la tarde. Empezaría una serie frenética de reuniones con funcionarios, empresarios, dirigentes sindicales y sociales en pos de seguir buscando una salida viable a una crisis que se venía acumulando desde hacía años. Nada impidió que al día siguiente, sábado 1º de diciembre, Cavallo anunciara el inicio de las restricciones bancarias que terminarían sellando la suerte de su gestión y la del presidente De la Rúa. La corrida contra los depósitos había sido imparable. Cuando el ministro habló a las nueve de la noche de ese sábado –que inauguró oficialmente el diciembre más dramático de la historia reciente del país– para anunciar que se limitaría “transitoriamente, por 90 días” la extracción de efectivo a 250 pesos/dólares por semana, tuvo que admitir que el miedo de los depositantes era “muchas veces justificado”. 

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El corralito fue apenas el último manotazo de ahogado de un gobierno que había perdido el crédito público desde mucho antes: cuando su vicepresidente, Carlos “Chacho” Álvarez, renunció por sospechas de sobornos en el Senado que presidía; desde que su segundo ministro de Economía, Ricardo López Murphy, duró dos semanas y tuvo que irse porque su propia coalición rechazaba el plan de ajuste que proponía; desde que el presidente convocó a Cavallo, uno de sus rivales en la elección de 1999, para salvar un modelo económico en coma; desde que la sociedad había manifestado su bronca en la elección legislativa de octubre de 2001 (casi la mitad del padrón –diez millones de personas– votó en blanco, no concurrió a votar o anuló su voto), preludio de lo que vendría: “Que se vayan todos y que no quede ni uno solo”. Era, además, un gobierno que no tenía red: el modelo económico que había sostenido y defendido no podía frenar una corrida que llegó a ver la salida de hasta US$ 1.000 millones diarios porque no tenía, como tiene cualquier país normal del mundo, un prestamista de última instancia.

Mientras eso se maceraba, un grupo de personas íbamos contra la corriente de desintegración colectiva en la que se había convertido la Argentina. Tratábamos de imaginar y colaborar con la generación de la salida que necesitaba el país. El proceso hasta ese momento había sido largo y representativo de un mal que padece nuestro país desde hace décadas: la incapacidad de adelantarse a las crisis, de anticipar acontecimientos que parecen cantados, pero negamos hasta que la realidad nos golpea con virulencia en las narices. Aquel diciembre que empezaba el 30 de noviembre y terminaría el 1° de enero, con la asunción del gobierno de Eduardo Duhalde, fue la llamarada más potente de un incendio que se venía propagando desde hacía meses, desde hacía años, y que no logramos apagar a tiempo. ¿Por qué no pudimos?

El consenso habla de que sufrimos una extraña negación general; una suerte de patología que nos impidió ver que estábamos en el Titanic y que íbamos directo al iceberg a toda velocidad. Es una explicación fácil y cómoda, que reafirmaría una supuesta endeblez de los argentinos para darnos cuenta de lo que nos aqueja. Sobre todo, es una explicación ingenua, que oculta la trama de intereses que se esconden detrás de la intención de que la Argentina no sea un país desarrollado. Esos intereses a veces son explícitos y estructurados; otras son espontáneos, actos reflejo de coyunturas que permiten a algunos sectores tener ganancias jugosas a costa del freno (o la destrucción) de un proyecto nacional de desarrollo con inclusión.

En el fragor de la crisis, muchas veces, los actores perdemos de vista el sentido estratégico de lo que está en juego en cada uno de nuestros actos, desde el más pequeño hasta el más grande. Mantenerlo requiere un sentido de colectivo muy consolidado, una dinámica de grupo, con lazos de confianza entre actores de múltiples sectores, que defiendan los intereses que representan pero a su vez empaticen con la visión del otro, para construir una mirada general sobre un proyecto de país que sea mutuamente beneficioso.

El diciembre que empezó en esa tarde de noviembre encontró a un grupo que había consolidado esos lazos de confianza durante los años previos y había puesto en común sus convicciones específicas para encarar una crisis que se aceleraba. La dinámica de la crisis era impredecible y nada garantizaba un resultado favorable a los intereses nacionales. Pero sí es seguro que de no haber existido ese conjunto de dirigentes de lo que entonces llamábamos el “núcleo nacional” con una mirada común, aun con nuestras diferencias, los acontecimientos habrían tomado otro curso, estructuralmente más nocivo para el país. Volví a encontrarme con Susana Viau una semana más tarde, de nuevo en la UIA, para completar la entrevista trunca. Para entonces, la tragedia bancaria de la crisis estaba desatada y la dinámica inmediata era impredecible. Ahí le planteé con claridad lo que me parecía que era la pelea de fondo y que se iba a jugar de lleno ese mes y los que siguieron: la batalla contra la dolarización. Más allá del corralito y esa coyuntura caliente, “lo más preocupante es que aquí se vaya a la dolarización”, le dije. “Solo un país que no tiene claro su destino puede hablar de entregar su moneda”.

Esa lucha iba a ser sin cuartel, lo sabíamos. Por eso advertí, al final de la entrevista, ante la pregunta sobre qué pasaría si nuestro intento de concertación fracasaba, algo que la periodista vio como el título perfecto para lo que vendría: “Si no hay concertación, la Argentina entrará en un período de crisis y entonces tendremos que estar más unidos que nunca. De esto no se sale sin coraje, no se sale sin audacia. De esto no se sale con pechos fríos”.

Viau escribió que nos movíamos con “una energía casi simétrica a la que despliega, del lado opuesto, el ministro de Economía (Cavallo) y que a De Mendiguren lo hacen moverse como pez en el agua en la crisis”.

El FMI nos suelta la mano

En esos días, como era usual en aquellos tiempos, estaba en el país una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI). Su misión era revisar el estado de la economía argentina y recomendar (o no) la aprobación ese mismo mes de un desembolso de US$ 1.264 millones que la Argentina necesitaba para no caer en default. El anuncio de Cavallo del sábado a la noche había dejado muy claro el verdadero estado de la economía –no había mucho más que revisar–. A la mañana siguiente, me contactó la delegación del Fondo para reunirse urgentemente con las autoridades de la Unión Industrial Argentina (UIA). El lunes 3 de diciembre, primer día hábil del corralito, hicimos la reunión en la sede de la UIA, pero decidimos que no fuese solo un encuentro de empresarios, sino que los enviados del Fondo se vieran cara a cara con el núcleo de los actores del campo nacional. Estaban los sindicatos de las dos CGT, los bancos nacionales encabezados por Eduardo Escasany, sectores del campo agrupados en CRA, la Cámara de la Construcción; hasta Enrique Olivera, que era entonces presidente de Abappra, la asociación de bancos públicos y privados nacionales.

A cargo de la misión del FMI estaba John Thornton, un señor inglés que difícilmente perdía sus estribos pero que ese día había dejado de lado gran parte de la delicadeza diplomática que caracterizaba a su personalidad y era parte de su rol. Nosotros habíamos preparado una presentación en la misma línea de la que habíamos exhibido en Washington ante el Banco Mundial unos meses antes, para destacar el potencial productivo del país y nuestra mirada estructural sobre la economía argentina. Esos conceptos tenían el apoyo de todo el grupo y serían la base del programa económico que tendríamos que acelerar unos días después, cuando la desintegración política y el riesgo de vacío iban a llegar a límites insostenibles. Thornton escuchó con educación pero con cierta impaciencia visible, y al final de mi exposición transmitió lo que había venido a decir: la convertibilidad se había terminado y el país ya estaba en default. Era una desagradable primicia que unos días después confirmaría oficialmente el Fondo, pero que nos dejaba como grupo en una situación incómoda e incierta.

Fuera de la UIA había una marea de periodistas esperando definiciones. Ese día miles de personas habían inundado los bancos intentando sacar sus ahorros, que ahora estaban disponibles solo de a 250 pesos/dólares por semana. El país estaba sumido en una incertidumbre creciente, buscando respuestas que nadie podía dar. Sobre todo, porque pocos hacían las preguntas correctas. El FMI tenía una de esas respuestas, pero a una pregunta de cortísimo plazo: si la Argentina podría mantener en respirador artificial al modelo que estaba carcomiendo su economía.

Thornton nos acababa de decir que no habría más asistencia y que la Argentina tenía que encarar de una vez por todas el problema de competitividad que padecía. “Aun si les mandáramos esos fondos, no les servirían para nada”, nos espetó el funcionario. Cuando dijo eso, la primera mirada con la que me crucé fue la de Olivera, con quien compartía en esos días el Directorio del Banco Nación y que tenía una relación muy cercana con el presidente De la Rúa. Todos quedamos helados al escuchar lo que estábamos escuchando.

No es que eso hubiese sido ninguna novedad para nosotros, a esa altura del partido. Pero sí era novedoso que lo dijese el enviado del Fondo Monetario, que había sostenido y financiado la convertibilidad hasta mucho tiempo después de que se probara que no tenía destino. Thornton se había quedado en el país con un pequeño staff técnico luego de que su jefe, el economista chileno Tomás Reichman, se volviera raudo a Washington a informar sobre los nuevos acontecimientos y el derrotero en el que había entrado el país. Dicen que cuando se despidió de De la Rúa estaba muy preocupado, porque conocía las opciones que enfrentaba el país. La última misión de Thornton era informarnos a nosotros, los actores de la economía real, que el organismo le había soltado la mano a la Argentina. Meses después, esa decisión estratégica se complementaría con salvatajes a las economías que más se podrían ver afectadas por la debacle argentina: Brasil y Uruguay recibieron ayudas extraordinarias por US$ 30 mil millones y US$ 1.500 millones, respectivamente, para que contuvieran cualquier efecto contagio.

Cuando entendimos que la misión de Thornton era simplemente informar un hecho consumado, la reunión tomó otro rumbo. Algo fastidiado, pero siempre rápido de reflejos, Armando Cavalieri le espetó al emisario: “Ahora, si usted dice que tenemos que devaluar, ¿por qué no sale y se lo dice a los periodistas así la gente sabe que quieren eso?”. Thornton apenas se inmutó y en su respuesta volvió a la calma de profesor de inglés: “Yo no digo que tengan que devaluar, yo digo que tienen un problema de competitividad tremendo y les quedan dos caminos: o modifican el tipo de cambio o intentan un proceso de deflación. Pero no cualquier deflación, una deflación que les lleve entre tres y tres años y medio. Si piensan que tienen la espalda política y social para hacerlo, adelante”.

Thornton, previsiblemente, no dijo en público lo que nos dijo en privado. Dos días después, con Thornton recién aterrizado en Washington, el vocero del Fondo, Thomas Dawson, anunció que el organismo seguía trabajando con el país pero que, aunque el programa económico del gobierno “no está cumpliendo con las metas que se pusieron las autoridades en términos fiscales”, no era el momento “de discutir el tema (del tipo de cambio) u otras cuestiones esotéricas”. Mientras Dawson hablaba, Cavallo iba a Ezeiza a tomarse un último avión a Washington en busca de un improbable cambio de posición del organismo que tanto lo había cobijado y que ahora lo dejaba a la intemperie. Pero antes el ministro tenía una última carta y estaba dispuesto a todo para jugarla.

El sentido de la crisis: administrar la decadencia o enfrentar el cambio

El 9 de diciembre armamos una cena en mi casa en San Isidro con el titular del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias. Luego de nuestro viaje a Washington unos meses antes, en el que presentamos nuestra visión sobre el caso argentino, Iglesias no solo había hecho y pedido que los organismos financieros multilaterales realizaran un mea culpa sobre la situación del país, sino que me había pedido que, en el futuro, cuando viajara a Buenos Aires, yo también le armara una agenda para ver una Argentina diferente a la que siempre le armaban los economistas ligados a los sectores financieros del país.

“Yo tendría que sacar una foto de esta mesa, volver a Washington y mostrar que es posible un consenso político en torno a un plan sustentable en este país”, dijo Iglesias al ver la concurrencia. Armamos el encuentro para que fuese lo más diverso posible, que quedara claro para todos que queríamos hacer un aporte constructivo ante la crisis que estaba sufriendo el país, pero al mismo tiempo mostrar un núcleo que tenía coincidencias de fondo sobre el destino de la Argentina y creía en la necesidad de diálogo. Había oficialismo y oposición, empresarios y trabajadores, industriales y banqueros. Por parte del gobierno, el jefe de Gabinete Chrystian Colombo y el presidente del Banco Nación Enrique Olivera, que además era íntimo amigo del presidente De la Rúa y titular de Abappra, la asociación de bancos públicos y privados argentinos; Ricardo Gutiérrez, presidente del Banco Provincia y persona de confianza del ministro Cavallo; Remes Lenicov, diputado y economista de cabecera de Duhalde; Eduardo Escasany, presidente del Galicia y titular de Adeba, la asociación de bancos argentinos; Héctor Daer y Hugo Moyano, los líderes de las dos CGT; Eduardo Baglietto, titular de la Cámara de la Construcción y persona de Techint; Manuel Cabanellas, presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA); y por la UIA Federico Nicholson, Héctor Massuh y yo, como presidente. Durante esa cena, Iglesias nos dijo que un plan sustentable para la economía argentina podría contar con el apoyo de Washington y así liberar los fondos que estaban pendientes del Blindaje que se había anunciado con el FMI y otros organismos un año antes. Y también que el tema de la pesificación se estaba estudiando en el BID con José Luis Machinea. A partir de esa conversación, a todos nos quedó la certeza de que si el país tenía un plan sustentable, tendría apoyo externo. Así lo consideramos cuando presentamos nuestro plan de salida de la convertibilidad.

Pero además nos enteramos de que el gobierno de De la Rúa se había comprometido con el FMI a dar de baja los planes de competitividad, como parte de otro conjunto de medidas que tenía que cumplir para que se liberara la asistencia. En el mundo económico internacional, Iglesias era el que mejor había entendido la naturaleza de la crisis que estaba atravesando el país –y el aporte que nosotros queríamos hacer–. Le dijimos claramente que no entendíamos cómo algo que se había presentado como clave para recuperar la economía del país unos pocos meses antes ahora se podía descartar sin mayores explicaciones. Por supuesto, el resto de las condiciones que ponía el Fondo eran incumplibles porque requerían acuerdos políticos para un rumbo del que nadie estaba convencido. La noticia era mala pero ordenaba algunas cosas. Por un lado, como publicó un diario, se terminaba la ilusión de “un Cavallo productivista” que muchos habían alimentado durante esos meses, guiados por la ilusión y la esperanza ciega más que por la realidad. Por el otro, nos permitía volver a unir fuerzas en el seno del Núcleo Nacional en torno al programa alternativo, que volviera a poner el foco en la producción y el trabajo, y nos alejara de la dolarización.

A partir de allí, todos los acontecimientos se sucedieron con mucha velocidad y con un final incierto. Muchas veces me pregunté qué hicimos bien y qué mal, o qué podríamos haber hecho todos de manera diferente para evitar lo que pasó. Ninguna respuesta me resulta del todo satisfactoria.

Por un lado, como intento analizar en el capítulo próximo, las posiciones estaban muy claras y eran irreductibles, tanto en términos concretos de los intereses coyunturales que se defendían como de la visión de futuro que teníamos. Para los ganadores del modelo de la convertibilidad, los beneficios que defendían con uñas y dientes eran enormes y su capacidad de fuego era poderosa luego de más de una década de acumulación.

Nosotros, los industriales, por el contrario, nos estábamos jugando la vida, no solo en términos individuales o sectoriales. Nos habíamos dado cuenta varios años antes de que nuestro futuro dependía del modelo económico que adoptara el país, por eso habíamos decidido participar de la vida pública con vehemencia, convicciones y de cara a la sociedad. La ecuación era simple, y no es muy diferente veinte años después de aquella crisis: no hay país desarrollado del tamaño de la Argentina que no sea un país industrial. El Proyecto Nacional tiene que ser un proyecto de industrialización, el único modelo que levanta el nivel de vida general de la población. Por eso entendíamos entonces –y entendemos ahora– que no estábamos simplemente defendiendo a nuestras empresas, sino que estábamos luchando por algo más importante, más grande y que nos excedía. Aun sabiendo que nuestra posición llevaba las de perder por las fuerzas relativas de cada grupo, no claudicamos en la pelea y utilizamos las pocas armas que teníamos a mano: nuestra experiencia y nuestras convicciones. Nadie puede decir que no fuimos consecuentes con lo que veníamos planteando hace años: el país estaba cavando su propia fosa económica. Y cada mes que pasaba se volvía más profunda, así como se tornaba imposible salir de ese pozo.

Habíamos hecho todo lo posible para que las autoridades electas, tanto del gobierno de Menem como del de De la Rúa, vieran que el camino que había tomado el país nos llevaba indefectiblemente al fracaso. Habíamos acumulado poder y persuadido a mucha gente, tanto dentro de la gremial empresarial como del sindicalismo, a los diferentes sectores de la política, a la dirigencia social, a la Iglesia, habíamos llevado nuestro caso a los organismos financieros internacionales, cuyo peso incidía fuertemente en el destino del país. Tanto en el seno del establishment económico y político como de cara a la sociedad, habíamos intentado avisar que estábamos yendo hacia una calle sin salida para el proyecto nacional.

Pero más allá de todo lo que habíamos hecho en la previa a ese diciembre que cambió el curso de nuestra historia, la discusión pública argentina seguía desarrollándose por otro carril, diferente a ese debate que, desde nuestro punto de vista, era crucial para el futuro del país. Las urgencias de un país en shock, sumadas a años de un autoconvencimiento corrosivo de que solo teníamos un camino posible, el pensamiento único, limitaba la posibilidad de pensar no solo creativamente sino con el simple sentido común. En esas condiciones, la política había dejado de ser el arte de lo posible, se había convertido en un reflejo automatizado, empeñado en intentar sostener algo que ya no existía ni podía existir. Había elegido administrar la decadencia sobre enfrentar con valentía el cambio que hacía falta. La sociedad reaccionó como pudo en esos días trágicos de diciembre de 2001, agobiada por una recesión que llevaba casi tres años y mirando a una dirigencia que no ofrecía más respuestas que marchar hacia delante a pesar de la evidencia del precipicio. Nadie puede culpar a los argentinos y las argentinas por no haber avisado, por no haber mandado mensajes claros sobre el malestar general. La elección de medio término, la de octubre de 2001, había sido contundente: la mitad de las personas no fue a votar o votó en blanco o, aún más explícito, anuló su voto intencionalmente, poniendo en la urna una foto de Bin Laden o Clemente, o una feta de salame o cualquier otra cosa como rechazo a la “clase” política. El rechazo era resultado de la frustración y de la falta de respuestas, de una hoja de ruta de salida, de un horizonte medianamente esperanzador.

Las imágenes del 19 y 20 de diciembre eran evitables. Como conjunto, la dirigencia puso a la sociedad en una olla a presión y que se destapara era cuestión de tiempo. El grito para “que se vayan todos” de esos días fue la manifestación callejera de la bronca en la elección legislativa de apenas unas semanas atrás. Como nos había ocurrido en el pasado y como nos volvería a pasar en el futuro, no supimos anticiparnos a la crisis a pesar de que la crisis era evidente para todos.

Pero mientras el agujero negro del vacío político, de la bronca, del desconcierto, predominaba en una sociedad que se había politizado a pasos acelerados, la disputa de fondo sobre cómo sería la salida estaba lejos de ser resuelta. Nosotros (y yo específicamente a partir de ese momento), que habíamos puesto como nadie nuestras ideas arriba de la mesa, no sabíamos en ese momento qué papel tendríamos que jugar ni qué implicancias tendría, tanto para el futuro del país como para nuestras propias vidas. Pero antes de ir para delante, tenemos que retroceder. Porque diciembre fue el atardecer de una época agitada de orfebrería, de construcción y de trabajo colectivo que había empezado varios años antes.

 

☛ Título 2001/2021

☛ Autor José Ignacio De Mendiguren

☛ Editorial Sudamericana
 

Datos sobre el autor 

Abogado, escribano, empresario, dirigente industrial y político.

Presidió dos veces la UIA, fue diputado nacional, ministro de Producción, director del Banco Nación y hoy preside el Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE).

Después de una larga actividad industrial, hoy participa de la actividad agrícola y ganadera, especializado en la cría de caballos de cuarto de milla.