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DOMINGO / libro
domingo 6 octubre, 2019

Argentina, antes de Perón

El país liberal que terminó con el golpe del ‘43.

por María Saenz Quesada

La historiadora María Sáenz Quesada reconstruye la Argentina que desapareció tras el golpe militar de 1943, del que se produjo el surgimiento, la consolidación y la expansión del fenómeno político que cambiaría la historia para siempre. Foto: juan salatino
domingo 6 octubre, 2019

Todo libro de historia es consecuencia del cruce entre las preguntas del autor al pasado y la relación con el medio cultural en que vive. Si las preguntas giran solamente en torno de las obsesiones de quien investiga y escribe, la obra corre el riesgo de permanecer en los estantes de librerías y bibliotecas. De ahí la importancia de definir con acierto el objeto de la investigación, así como el método y la forma de presentar el resultado, para que se justifique una tarea larga y compleja. Conviene además que el tema en cuestión mantenga cierto peso en la actualidad, condición que lo habilitará también para ocupar el tiempo del lector. Que este encuentre atractiva y provechosa su lectura será el mejor galardón.

El año 1943, en que agonizó el régimen de los conservadores y un golpe militar anunció el advenimiento de la Nueva Argentina, reúne las condiciones citadas. Sin embargo, es uno de los temas que durante largo tiempo la historiografía argentina condenó en bloque, en parte por rechazo al fraude sistemático que sostuvo a los gobiernos de la Concordancia y en parte también por la solución militar aplicada. Si en su momento histórico la intervención de las fuerzas armadas generó esperanzas y rechazos, hoy no se ajusta al pensamiento políticamente correcto. No obstante, el peronismo nació en la revolución del 4 junio de 1943 y de ella heredó aspiraciones, ideas, conductas políticas y consignas. Debido a la ambigüedad del acontecimiento fue necesario separarlo del ocurrido el 17 de octubre de 1945, su afortunado heredero, aunque ambas fechas formen parte del proceso de instalación del país en  la posguerra mundial, que tuvo características propias y perduró en el tiempo.

En efecto, el cambio cultural ocurrido en los años 30, que se manifestó en el golpe de 1943, echó raíces profundas todavía visibles en los comportamientos políticos, en las decisiones eco­nómicas, en las creencias de muchos y en la visión que se tiene de la Argentina en el mundo. Entonces se desmoronó una clase gobernante y perdió validez el sistema político vigente, víctima de sus propias lacras. Todo sucedió en medio de un cataclismo mundial que impuso nuevos paradigmas, permitió que surgieran otros liderazgos y que se introdujera la idea de Estado benefactor, como forma de reparar los horrores de la guerra, el sufrimiento de los soldados y de la población civil (...).

La importancia de la República Argentina antes de la contienda bélica, su riqueza cultural y su potencial económico forman parte de esta mirada retrospectiva que incluye a las provincias en sus desarrollos y en sus conflictos con el poder central. También se explican los rasgos propios del régimen conservador, las durísimas internas partidarias y los elementos positivos de la administración de Ramón S. Castillo, que suscitaron expectativas y elogios de quienes lo derrocaron poco después. Asimismo se habla de los partidos de la oposición –radicales, socialistas y comunistas– , que intentaron alianzas, frentes y candidaturas para salir del pantano, con resultado negativo y en cierto modo dramático.

Actores principales de esta época son los sindicalistas, cuya larga lucha cambiará de enfoque con la llegada de los militares al poder; los nacionalistas, empecinados en destruir al liberalismo en el clima de época de los fascismos europeos; los católicos, que tuvieron un resurgimiento notable, y desde luego los militares, que oscilaron entre el profesionalismo y la conspiración para volcarse a la acción política directa en medio de tremendas luchas internas. Los ocho capítulos que van desde el 4 de junio de 1943 hasta el 4 de junio de 1944 tienen como punto central la reeducación de la sociedad para quitarle el “virus” del liberalismo, en lo que constituyó un avance del Estado sobre la conciencia individual, ejercicio que serviría a otros proyectos políticos. Las oscilaciones de la dictadura militar con respecto al problema internacional y la desinformación sobre el mundo del mañana unifican en una misma trama a conservadores y militares y los diferencian de los círculos liberales, radicales y demócratas, cuya perspectiva de la situación mundial era más realista.

El relato de este tramo de la historia argentina concluye en la gran exposición que celebró el Año II de la Revolución, en junio de 1944. El escenario estaba listo para la consagración de Juan Domingo Perón, a quien le bastaron algunos pasos más para desalojar a sus rivales, conseguir colaboradores eficaces, absorber y acomodar ideas, proyectos e iniciativas del más variado origen y, superado el escollo de la derrota del Eje en la guerra, dar comienzo a la Nueva Argentina.

¿Década infame? Creo que la condena en bloque a este período, por el fraude practicado y los negocios del poder, ya ha sido dejada de lado, aunque todavía resulte cómodo utilizarla.  

El relato de los sucesos del 4 de junio de 1943 incluye varias versiones, según sea el relator civil o militar, de izquierda o derecha, peronista o antiperonista, testigo directo o narrador. Dada la trascendencia posterior de lo que en principio era solo un cuartelazo, hay quienes afirman que fue obra exclusiva de Perón y de los oficiales del GOU; que estos eran germanófilos y neutralistas y que los movilizó la resistencia a la candidatura de Patrón Costas, supuesto aliadófilo; otros sostienen que comenzó por iniciativa de jefes de Campo de Mayo, simpatizantes de los Aliados y del radicalismo, con el objetivo de convocar comicios sin fraude.

Como síntesis quedó la idea de que el golpe del 4 de junio se concretó para impedir que el gobierno de la Concordancia manipulara nuevamente las elecciones presidenciales y que en ellas se eligiera al más rancio representante de la oligarquía argentina, el senador Robustiano Patrón Costas. Esa fue una de las razones, de ningún modo la única: el temor al avance del comunismo, de la mano del triunfo de los Aliados, constituyó el factor fundamental en los hechos que se narran aquí.

El 4 de junio era la fecha elegida por el oficialismo para que la Convención del Partido Demócrata Nacional proclamara la fórmula Patrón Costas-Iriondo con vistas a las elecciones presidenciales del mes de septiembre. El acto había sido cuidadosamente preparado por el presidente del partido, senador Suárez Lago. Estaba reservado el salón Príncipe Jorge en Sarmiento y Talcahuano; los asientos asignados y la nómina de oradores establecida.

Los rumores de conspiración no alcanzaron suficiente entidad para alarmar a las autoridades partidarias. Se sabía que el ministro de Guerra había perdido la confianza del presidente y sería reemplazado a la brevedad; que en los cuarteles se conspiraba, como siempre; que los radicales habían pedido ayuda a jefes militares para que estos convocaran a comicios limpios, y que los nacionalistas también apostaban a los militares para fundar un orden nuevo. Dadas las circunstancias, nada mejor que mostrarse sólidos ante la sociedad, supuso la cúpula del PDN.

El partido gobernante no era el único ajeno a la gravedad de los acontecimientos que se preparaban. Nada sabían los grupos nacionalistas de la decisión tomada en Campo de Mayo: la noche del 3 de junio, Sánchez Sorondo comía con unos amigos hasta que le llegó la noticia; Jauretche compartía mesa con los Irazusta, en el Adams, y Lezica asistía a una función en el Teatro Cervantes.

El golpe

En la madrugada del 4 de junio de 1943, un movimiento militar depuso al doctor Castillo. El diario La Nación publicó, en la tapa de su edición del día 5, la fotografía de los generales Arturo Rawson y Pedro Pablo Ramírez en el balcón de la Casa Rosada y narró el avance de la columna militar desde Campo de Mayo y el sangriento tiroteo frente a la Escuela de Mecánica de la Armada, único obstáculo en el recorrido que la llevó a Casa de Gobierno. Todo sucedió entre las cuatro de la madrugada y las primeras horas de la tarde.

El general Rawson, jefe del movimiento, entró en la Casa Rosada a las 14.30 y salió al balcón tres horas después; habló brevemente y, aunque no expresó nada en concreto, fue ovacionado; luego difundió dos proclamas, declaró disuelto el Congreso Nacional y la vigencia de ley marcial.

El incendio de colectivos y tranvías de la Corporación de Transporte en los alrededores de Plaza de Mayo fue obra de grupos iracundos, consignó la crónica de ese día, cuando el gobierno constitucional se derrumbó como un castillo de naipes, sin que nadie lo defendiera. La prensa, dada la vigencia del estado de sitio y la ley marcial, se manejó con prudencia. La radio oficial transmitió valses intercalados con comunicados.

El domingo 6 se anunció que había quedado constituido el nuevo gobierno; que el doctor Castillo había presentado la renuncia; que estaban reunidos los jefes de las misiones diplomáticas para definir un curso de acción, y que el nuevo gabinete juraría el lunes. Reinaba la calma en todo el país; en la embajada británica se realizó la recepción diplomática que estaba prevista, y los partidos de fútbol de primera división se jugaron sin inconvenientes.

Cuando todo parecía en orden, en la madrugada del lunes se dio a conocer la renuncia del general Rawson, dirigida a las fuerzas armadas de la Nación. No se había llegado a un acuerdo sobre la integración de su gabinete, explicaba el dimitente, quien a las 2.50 se retiró de la Casa Rosada. Trascartón, el general Ramírez asumió la presidencia provisional y el comando de las fuerzas armadas. La situación era “absolutamente normal”. Tras desmentir su renuncia, Ramírez juró el cargo y dirigió un mensaje al pueblo, que se había congregado en la plaza convocado por Queraltó, el jefe nacionalista. Era el 8 de junio.

La fotografía del acto de juramento muestra el Salón Blanco colmado de uniformes y de trajes civiles; en el fondo, debajo del busto de la República, sobresale la cabeza del coronel Juan Perón. Desde ese lugar, el coronel avanzaría hacia el centro del poder, en lo que constituiría la trama política de los meses siguientes.

Era el día 1.371 de la guerra. Se esperaba el desembarco aliado en la isla de Pantelleria, señal de que el segundo frente se establecería en el sur de Italia; implacable, la aviación aliada castigaba los puntos estratégicos del territorio ocupado por el Eje. Pocos días antes había sido brutalmente aplastada la sublevación del gueto de Varsovia.

La versión del GOU

La publicación interna del Grupo de Oficiales Unidos se jactó de la autoría de los acontecimientos: “Reunido el GOU en torno de la prestigiosa figura del entonces ministro de Guerra, general de división Pedro Pablo Ramírez, y teniendo en cuenta que él manifestó que no aspiraba al poder y menos respaldado por las fuerzas que le daba su situación de ministro de Guerra, buscó en el general de brigada D. Arturo Rawson el conductor de las fuerzas revolucionarias”.

Triunfante el movimiento, se le insistió a Ramírez en que aceptara el cargo de presidente, en la madrugada del 5 de junio. Afirmaban que esta era la única solución patriótica, debido al “desenfreno, la venalidad, el fraude, el peculado y la corrupción de las autoridades que gobernaban la Nación”. Para comprobar lo dicho se recomendaba la lectura de los libros de Villafañe, Torres y Scalabrini Ortiz. Como Rawson perseveró en considerarse jefe de la revolución, el boletín del GOU volvió sobre el tema: fue Ramírez el jefe; a su alrededor se agrupó el Ejército dentro de un plan bien ordenado y establecido. Rawson desconocía la situación y fue enterado de su misión por dos jefes que al efecto concurrieron a su domicilio. Debía ponerse al frente de las tropas de Campo de Mayo y marchar sobre Buenos Aires al amanecer.

Este relato fue cuestionado por otros testigos presenciales de los hechos, según los cuales en la revolución del 4 de junio confluyeron al menos dos corrientes golpistas. Esto explica las confusiones generadas por el golpe militar en los partidos políticos, las embajadas extranjeras y la prensa internacional.

El relato del coronel González

El entonces coronel Enrique P. González, miembro fundador del GOU, ofreció años más tarde su versión. González, que se desempeñaba como ayudante del ministro de Guerra, supo que Ramírez debía renunciar y que el decreto estaría a la firma de Castillo en la mañana del 4. El GOU tenía planes a mediano plazo para fortalecer el Ejército y eventualmente derrocar al gobierno. Sin la colaboración del ministro, esto resultaría difícil. Por eso, ante la dinámica de los acontecimientos, González buscó el jefe adecuado: el general Rawson, que siempre andaba en trámites conspirativos, era decidido, sereno y confiable para encabezar la sublevación. El 3 de junio almorzaron en el Tropezón. Allí lo invitó a incorporarse al movimiento. Rawson, que planificaba su propio golpe desde tiempo atrás, entendió, o quiso entender, que González se sumaba al suyo.

Ni González le contó a Rawson sobre la existencia del GOU, ni Rawson le habló de quienes conspiraban con él. En suma fue una comedia de enredos, en nombre del patriotismo y de la honestidad militar, para apoderarse del gobierno. La confluencia de la conspiración nacionalista con la de jefes algo más liberales hizo posible el triunfo.

La versión del teniente coronel Leopoldo R. Ornstein, publicada 57 años después de los hechos, es la última escrita por un protagonista militar de primera línea, que avanzó al frente de la Escuela de Caballería en la columna revolucionaria el 4 de junio. Este oficial describe lo ocurrido desde la perspectiva de los jefes de Campo de Mayo, que ignoraban la existencia del GOU y que solo objetaban aspectos puntuales del gobierno de Castillo. Dice que, una vez logrado el objetivo, ellos fueron desplazados en distintos procedimientos mientras los del GOU se encaramaban en el poder. Este relato, que narra la feroz lucha por el poder – y por los ascensos militares, en particular– , fue escrito en 1945, en momentos en que el general Avalos, ministro de Guerra, se enfrentó a Perón.

Según Ornstein, cuando Ramírez supo que tenía los días contados como ministro de Guerra, acudió en busca de ayuda a su amigo, el general Arturo Rawson, y le informó de las maniobras que se realizaban en la Casa Rosada para asegurar un nuevo fraude electoral. Rawson creyó de buena fe que no quedaba otro recurso que derrocar al gobierno para terminar con el régimen que hacía años privaba al pueblo de sus libertades cívicas. Ambos acordaron el procedimiento a seguir. Ornstein fue uno de los primeros en conversar con el coronel Elbio C. Anaya, jefe del acantonamiento de Campo de Mayo, quien de buena fe se plegó al movimiento y buscó adhesiones entre los demás jefes de la guarnición. Por su parte, Rawson invitó a Perón a su domicilio para pedirle su colaboración. Perón contestó que sin la venia de su superior, el general Farrell, no podía adoptar una resolución. Farrell se excusó a su vez: “Yo no puedo entrar en esto porque estoy ocupado con el asunto de mi divorcio. Además esta noche tengo un programa”, habría dicho.

En la noche del 3 de junio a las 21, reunidos los jefes convocados en la Escuela de Caballería de Campo de Mayo, Rawson bosquejó el plan: derrocar al gobierno como única solución viable, para reemplazarlo por una junta militar que asumiría provisoriamente la dirección del país. Requerido por los presentes, señaló que se cumplirían lealmente los pactos de Río de Janeiro, para lo cual se romperían de inmediato las relaciones con los países del Eje; que se devolverían al pueblo las libertades conculcadas, depurando los partidos políticos y asegurando comicios limpios, y que se llevaría a juicio a todos los complicados en los negociados últimamente denunciados.

Estuvieron presentes en la reunión el coronel Anaya, jefe del Acantonamiento; el coronel Avalos, director de la Escuela de Artillería; el coronel Emilio Ramírez, director de la Escuela de Suboficiales, y los tenientes coroneles Ornstein, director de la Escuela de Caballería; Héctor Nogués, de la Escuela Antiaérea; Imbert, de la Escuela de Comunicaciones; Carosella, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo; Rozas y Belgrano, subdirector de la Escuela de Infantería. Otros jefes se sumaron al grupo entre abrazos y aplausos, en un clima de camaradería militar.

A medianoche llegó de improviso el ministro Ramírez, porta­dor del mensaje del presidente. Castillo le había encomendado averiguar lo que pasaba y poner término a esta situación. En suma, les pedía una solución constitucional. Rawson respondió: “Dígale al presidente que no hay solución posible. La revolución está en marcha, y ya nada ni nadie la puede detener. Mañana estaremos en la Casa de Gobierno”. Esto dio pie a que Ramírez se explicara: “Desde mi posición de ministro no puedo, sin vulnerar principios fundamentales de ética, encabezar este movimiento”. Se comprometió a llevar la respuesta al presidente, a renunciar al cargo y a sumarse después. Por esta razón, el general Rawson asumió la dirección del movimiento.

La marcha de Campo de Mayo a Plaza de Mayo iniciada a las cuatro de la mañana del 4 de junio, en medio de una intensa niebla, eludió encuentros en El Palomar y en el Colegio Militar porque podían resultar sangrientos. El drama ocurrió a las diez, cuando la columna avanzaba por la actual Avenida del Liber­tador, entonces Blandengues, frente a la Escuela de Mecánica de la Armada. Hubo un intercambio de palabras entre el jefe de la ESMA, capitán de fragata Fidel Anadón, y el coronel Avalos, quien lo invitó a sumarse al movimiento. Como Anadón no aceptó, Avalos lo amenazó con tomar la escuela. La reacción no se hizo esperar, se produjo un tiroteo intenso que dejó muertos y heridos, y la columna siguió marchando.

Simultáneamente tenía lugar en el Círculo Militar una reu­nión de jefes, entre los cuales habían aparecido Farrell y Perón. Este último manifestó hallarse muy atareado en la redacción de proclamas; por eso, en la reunión de Campo de Mayo la noche an­terior, cuando se lo había buscado para que se contactara con la 1ª división de Ejército que se negaba a sumarse al golpe, “parecía que se lo hubiera tragado la tierra”.

La justificación del jefe de Policía

Acusado por el ex presidente de complicidad en su derrocamiento, el jefe de Policía de la Capital, general Domingo Martínez, relató paso a paso los hechos, en un documento escrito con la intención de deslindar responsabilidades y destacar su lealtad al gobierno caído. Martínez era uno de los generales en actividad conocidos como germanófilos. El cargo que ejercía era de la máxima confianza del presidente, manejaba su seguridad y la información de Estado, estaba encargado de transmitir al gobierno las actividades conspirativas y de vigilar atentamente los cuarteles.

Dijo que le habían llegado rumores de un grave malestar en el Ejército, como consecuencia de que se mantenía a dos ministros cuestionados (Culaciati y Amadeo y Videla), sumado esto a la renuncia de Corominas Segura a la Corporación de Transporte, la forma en que se resolvía el problema de la sucesión presidencial y el decreto de aumento del precio del azúcar, considerado favorable a la campaña del empresario azucarero Patrón Costas. Advirtió del malestar al presidente. Nada ocurrió.

El 2 de junio trascendió que Castillo le había pedido la renuncia a Ramírez y que en la guarnición de Campo de Mayo hubo actos de solidaridad con el ministro despedido, que abrían la posibilidad de un movimiento subversivo. Habló con el comandante de la 1ª División de Ejército, con asiento en Palermo, jefe leal que nada sabía. En el Ministerio de Guerra suponían que todo estaba tranquilo. Luego le llegó la información de que las tropas en Campo de Mayo se habían acuartelado y que los jefes estaban reunidos en la Escuela de Caballería. Martínez ordenó instalar un servicio secreto de informaciones y siguió minuto a minuto los sucesos durante el resto de la noche. Transmitió regularmente la información a la residencia presidencial de Olivos y al comandante de la 1ª División.

En Olivos, el presidente envió a buscar al general Ramírez, quien se manifestó sorprendido por los acontecimientos y se ofreció –o fue una orden– a ir personalmente a Campo de Mayo para informarse de la situación y convencer a los jefes de mantenerse leales al gobierno, si estaban realmente sublevados. Martínez supo que Ramírez había estado media hora allí, pero no sabía cómo se había desarrollado la reunión, y finalmente le avisaron que Rawson venía al frente de las tropas. No hubo preparativos de resistencia ni posibilidad de detener la columna de 7 mil hombres bien equipados. A las seis, cuando todas las tropas de la guarnición marchaban sobre Buenos Aires, Martínez recibió orden de presentarse al despacho presidencial. Al explicarle su visión del peligro, “el presidente, más tranquilo que nunca, me expresó sonriente que el pesimista era yo, por cuanto él tenía informes más exactos que los míos de que hasta ese momento de Campo de Mayo no había salido ni un solo soldado”.

Entonces, el ministro de Marina, almirante Fincati, avisó que el buque Drummond de la Armada estaba listo en el puerto para embarcar al presidente y a sus ministros, a la espera de la escuadra que ya iba navegando para Buenos Aires. Castillo contestó que permanecería en su despacho hasta último momento. Martínez lo apoyó. Fincati preguntó si pretendía que Castillo fuera asesinado a cañonazos.

El cuartelazo. Rawson Por entonces, la columna rebelde había llegado a la avenida General Paz. Rawson le habló personalmente a Martínez: “Te aconsejo digas a tus superiores que toda resistencia que se me haga será inútil y criminal y que mis propósitos no son derramar sangre inútilmente, sino organizar un gobierno de orden”. A las once de la mañana y sin disparar un tiro, Martínez entregó el Departamento de Policía. Ya sin mando, se fue a su casa, no probó bocado, se acostó extenuado, tomó somníferos y, cuando se despertó a la mañana siguiente, se anotició de que el general Rawson lo había convocado.

En el mismo despacho de la Casa Rosada donde horas antes lo había recibido Castillo, Rawson le ofreció el Ministerio de Relaciones Exteriores. Martínez quiso negarse, adujo su lealtad al presidente depuesto y adhesión a su obra de gobierno, Rawson insistió en nombre del deber del soldado. Aceptó. Hablaron de política internacional –aunque el informe calla en qué términos–. Horas más tarde supo que Rawson había renunciado.

La renuncia del presidente

Hasta aquí el relato del general Martínez, quien omite decir que el ministro de Guerra fue detenido por directiva de Castillo en un despacho de la Casa Rosada, una orden postrera antes de embarcarse. Los ministros acompañaron al presidente al Drummond en medio de la confusión y el apresuramiento. Desde el rastreador, a las 13, Castillo dirigió un telegrama a la Corte Suprema de Justicia para comunicarle que había trasladado la sede de su gobierno a la escuadra de río, donde “he izado la insignia de comandante en jefe ante la rebelión, que tendrá condigno castigo. Hago saber a ese Supremo Tribunal que desde aquí se resguarda la autoridad nacional para restablecer el orden”. Los jueces de la Corte acusaron recibo y se retiraron a su casa.

Esta primera actitud de resistir apoyado en la fuerza naval da idea de que Castillo y Fincati confiaban en la lealtad del arma. Pero pronto se enteraron de que el jefe de la Flota de Mar, vicealmirante Benito Sueyro, se había pasado al bando revolucionario. Tenía razones contundentes, ya que su hermano, el contraalmirante Sabá Sueyro, sería el vicepresidente de facto del gobierno militar.

Llegados a Colonia, algunos ministros desembarcaron para dejarle el espacio libre al presidente, cuya mala salud requería cuidados. Permanecieron junto a Castillo su hijo Horacio y los ministros Fincati y Culaciati. Esa noche, sin esperar a los demás pasajeros, el barco soltó amarras y enfiló al solitario puerto de Ensenada, adonde arribó al mediodía. Los esperaba el comandante del II Cuerpo de Ejército, que se había negado a colaborar en la represión del alzamiento. De allí fueron al Regimiento 7 de Infantería, donde Castillo saludó a la guarnición y conversó con los jefes. Le exigieron la dimisión y así lo hizo en texto dirigido al “Señor comandante de las Fuerzas Militares”. La renuncia era indeclinable.

“Al fin voy a poder descansar. Hace trece años que no tengo un día de descanso. Me sería difícil ya volver a la enseñanza, además tengo deseos de visitar mi provincia natal”, le habría confiado el ex mandatario al auditor de guerra, antiguo discípulo suyo.

Entre tanto, los ministros Ruiz Guiñazú, Amadeo y Videla, Acevedo, Rothe y Oría se dirigieron a la embajada argentina en Montevideo. Uno de ellos contó que el Drummond se alejó de Colonia sin esperarlos, quizás en respuesta a órdenes terminantes del gobierno militar. Regresaron a Buenos Aires. Reinaba incertidumbre sobre la suerte de Culaciati y Amadeo, los únicos sospechados de negocios del poder. Ambos quedaron detenidos en la Penitenciaría Nacional. Un rumor sostenía que Rawson tenía intención de fusilarlos. Al corresponsal estadounidense Ray Josephs, que le tenía un odio visceral a todo lo que rodeaba a Castillo, le pareció una buena noticia que recibieran el trato de presos comunes. No le importaba que quien más había desacreditado a Culaciati fuera José Luis Torres, un abierto simpatizante del Eje.

En el mismo momento se velaba a los muertos en el tiroteo frente a la ESMA entre escenas de dolor. No se informó cuántos habían caído. Según dijo el coronel González, en el ya citado informe, fueron setenta los muertos. Si es verdad, se trata de una cifra impresionante. La prensa del día sugiere que es una cantidad creíble; enfermeros que intervinieron contaron 25 cuerpos en la ESMA, pero también hubo numerosas víctimas civiles entre los pasajeros de dos colectivos atrapados en el incidente que fueron ametrallados.

Datos sobre la autora

María Sáenz Quesada nació en Buenos Aires.

Es historiadora, profesora, investigadora y escritora. Directora honoraria de la revista Todo es Historia, fundada por Félix Luna, colabora en los diarios La Nación, PERFIL y La Gaceta, y en la revista Para Ti, entre otros medios.

Es autora, entre otros títulos, de La República dividida, El Estado rebelde (Buenos Aires entre 1850/1860), Mujeres de Rosas, La Argentina. Historia del país y de su gente, Los estancieros y Mujeres, el largo camino.


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