jueves 11 de agosto de 2022
DOMINGO LIBRO

El nuevo orden global

La guerra Ucrania-Rusia y las relaciones de poder.

26-06-2022 00:36

Con la invasión de Ucrania por las tropas rusas en febrero de 2022 el mundo entró en una nueva etapa de una transición global que se venía gestando desde finales del siglo pasado y que se consolidó y reforzó bajo el impacto de la pandemia global. Sin haber superado aún el impacto de la pandemia del covid 19, una conjunto de procesos globales como la crisis del multilateralismo y de los mecanismos de gobernanza global; la reconfiguración de las relaciones de poder que ordenan el mundo y que deberían contribuir a la paz y a la estabilidad mundial combinados con una serie de procesos geoeconómicos que marcan también un viraje y una transición de la globalización económica de décadas anteriores, contribuyeron a que la guerra en Ucrania se convirtiera en un punto de inflexión en la transición hacia un nuevo orden mundial. (...)

La invasión concitó la atención mundial que se focalizó en el escenario europeo como potencial epicentro de la confrontación entre Occidente – encabezado por los EE.UU, la OTAN y la UE, y los nuevos actores del Asia-Pacifico. Las reacciones diplomáticas y las sanciones económicas occidentales, y las condenas a Rusia en el seno de la ONU y de sus diversas instancias, mostraron que, sin embargo, no existía un repudio unánime de la comunidad internacional a las violaciones del derecho internacional y del derecho humanitario perpetradas por el Kremlin. En el Consejo de Seguridad de la ONU, China, India y los Emiratos Árabes se abstuvieron de la condena. La mayoritaria votación a favor de la misma en el ámbito de la Asamblea General evidenció también la posición de un número de países que estuvieron en desacuerdo o se abstuvieron. Lo mismo sucedió con la expulsión de Rusia del Consejo de Derechos Humanos de la ONU la semana pasada, cuando China, junto a otros 23 países, votó en contra de la resolución y 58 países se abstuvieron. 

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La Cumbre de la Democracia convocada por Biden en la segunda semana de diciembre de 2021 pareció establecer un parteaguas – algo desdibujado y confuso – entre las democracias y los países no democráticos del planeta y, especialmente, del espacio euroasiático. Rusia y China expresaron conjuntamente su rechazo por ser excluidas de la invitación, junto con otros países como Turquía. Algunos, como Pakistán, fueron invitados, pero cancelaron su participación. Otros, con dudosas credenciales democráticas, participaron sin objeciones. Pero, en esencia, la Cumbre respondió a un claro propósito de la administración Biden: recomponer el sistema de alianzas de los Estados Unidos en torno a valores compartidos y aislar a los países que no comulgan con esos valores en el marco de la confrontación con China y Rusia, identificados como principales amenazas a la seguridad estadounidense. 

Con ambas potencias – en dos escenarios diferentes – la escalada de tensiones ha ido in crecendo. Taiwán – invitado a la Cumbre – es el foco de un conflicto entre China y los Estados Unidos que afecta al Indo-Pacífico, dónde se concentra la mitad de la población mundial, siete de las mayores economías del planeta y un dinamismo geoeconómico que ha desplazado al tradicional centro gravitacional del Atlántico.  Ucrania – también invitada a la Cumbre – constituye otro foco de tensión, esta vez entre Rusia, por un lado, y los Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea (altamente dependiente del gas ruso), por otro. A raíz de esta tensión, gran parte de la agenda de la reunión bilateral virtual entre Putin y Biden que antecedió a la Cumbre se focalizó en la situación ucraniana y en la búsqueda de acuerdos que posibilitaran des-escalar una potencial confrontación.

Sin embargo, precedida por una visita personal de Putin a India, el 15 de diciembre - una semana después de la Cumbre - se desarrolló una reunión virtual de Xi Jinping y el mandatario ruso, reforzando una creciente coordinación política en el marco de la convergencia estratégica de ambas naciones. Más allá del rechazo a la Cumbre, esta reunión mostró una evidente sintonía expresada en el apoyo de Beijing a las demandas de seguridad planteadas por Moscú frente a los EE.UU y la OTAN. Por otra parte, en la reunión se abordó la creación conjunta de una estructura financiera para operaciones comerciales que no pueda ser influenciada por terceros países, en especial por la amenaza occidental de expulsar a Rusia del SWIFT utilizado como parte de las operaciones bancarias en el sistema internacional. Otros temas relevantes de la agenda de la reunión abordaron la “armonización” de la Franja y la Ruta (BRI) con la Unión Económica Euroasiática; la próxima presidencia de China en los BRICS y una reunión del grupo RIC (Rusia, India, China), y el relevante rol que ha adquirido la Organización de Cooperación de Shanghái en la construcción de un entramado institucional en Eurasia, especialmente luego de la retirada estadounidense de Afganistán. De ese entramado forman parte las exrepúblicas soviéticas del Asia Central – que no fueron invitadas a la Cumbre -, Irán, India, Pakistán y Mongolia. Sin embargo, Eurasia - que alberga cuatro de las siete potencias con capacidades nucleares y dónde se ha configurado un mercado de 28 países con una población de más de 410 millones de personas – se ha convertido – independientemente de los modelos políticos en vigencia - en un foco de atracción para diversas economías desde Vietnam a la India.

“Aislado el continente” tituló en una ocasión un periódico británico al caer una densa bruma sobre el canal de la Mancha. Eurasia - pese a las exclusiones de la Cumbre de Biden – no parece estar aislada y más bien se convierte en un epicentro geoeconómico y geoestratégico fundamental en un complejo – y diverso - mundo en transición.

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Para China, la invasión rusa de Ucrania plantea, sin embargo, una serie de retos que un analista caracteriza con el dilema de “estar sentado en dos sillas”. Por un lado, el proceso de convergencia estratégica y de cooperación entre China y Rusia iniciado a finales de la década del noventa del siglo pasado y refrendado “firmemente” en el encuentro entre Putin y Xi en febrero de este año en Beijing, alinea y compromete a China con un socio que comienza a perder su capital político a nivel internacional pero que es crucial en todo alineamiento antioccidental, tanto en Eurasia como a nivel global. Por otra parte, en una coyuntura dónde la economía china ha dejado de avanzar con el ímpetu de años anteriores y atraviesa dificultades, la interdependencia económica con Occidente en general y con los Estados Unidos y la Unión Europea en particular se vuelve crucial para una pronta recuperación. La amenaza de Biden de aplicar sanciones económicas similares a las aplicadas en Rusia en el caso de que China asista militarmente a Moscú tienen un peso gravitatorio importante en las decisiones chinas, pero también renueva las percepciones centenarias de agravio frente a Occidente en el marco de la disputa geoestratégica, económica y tecnológica con Washington. A su vez, Beijing y Bruselas han mostrado claros desacuerdos en materia de derechos humanos y prácticas económicas y la cumbre UE-China de este mes, terminó sin avances significativos, ya que el Acuerdo Integral sobre Inversiones previsto no se concretó. Ahora, la invasión rusa de Ucrania podría amenazar la posibilidad de cualquier cooperación futura.

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El mundo vive un proceso de transición hacia un nuevo orden global cuyas características no terminan de perfilarse. La incertidumbre y la amenaza de crecientes tensiones y turbulencias que afecten la estabilidad del sistema internacional impulsan la búsqueda de marcos interpretativos y de narrativas que generalmente abrevan en las experiencias del pasado, poniendo en un segundo plano amenazas, riesgos y procesos contemporáneos más complejos como la pandemia global, el cambio climático, guerras cuyos alcances pueden ser impredecibles y los derroteros posibles de la globalización. La transición se desarrolla en un entorno internacional cambiante dónde la globalización ha introducido nuevos actores y ha engendrado nuevas narrativas para promover y legitimar sus intereses y reafirmar sus identidades. Junto al desplazamiento del dinamismo geoeconómico mundial del Atlántico al Asia-Pacífico, avanza una reconfiguración global de las relaciones y balances de poder y la geopolítica retorna como marco interpretativo para analizar estos procesos. Se reactivan, en consecuencia, las visiones que combinan la geopolítica y la geoeconomía y resurge la importancia de las regiones como actores internacionales anclados en las zonas de influencia de algunos de los principales protagonistas.

En este marco, una visión esquemática pero aparentemente funcional para explicar los alcances globales de la actual disputa geoestratégica entre Estados Unidos y la República Popular China consiste en ubicarlos en un marco conceptual familiar, aunque históricamente perimido: la Guerra Fría entre Estados Unidos y la URSS, esta vez en función de una nueva bipolaridad entre China y los Estados Unidos. El tema de una “nueva” Guerra Fría, - pese a las características distintivas de la actual disputa sinoestadounidense en términos de comercio, tecnología, capacidad militar y proyección global en el marco de un mundo globalizado, en contraste con la confrontación eminentemente ideológica y militar entre el bloque soviético y Occidente en la segunda mitad del siglo XX – ha dado pie a un extenso debate y a una abundante literatura. En esencia, el debate se focaliza en el grado en que la bipolaridad que impone la “nueva Guerra Fría” se constituye en un eje articulador de un orden mundial emergente y condiciona la dinámica internacional de los próximos años. 

Sin embargo, el debate entre académicos, decisores políticos y funcionarios con sus implicaciones en la política internacional – y los alcances de la disputa – no se limitan al ámbito de los dos principales protagonistas y alcanza a otras regiones qué pese a su limitada relevancia estratégica actual en el sistema internacional, son proclives a narrativas e interpretaciones revisionistas para poder comprender y para poder ubicarse en un complejo mundo en transformación. América Latina y el Caribe (ALC) es una de ellas.

Las repercusiones de la Guerra Fría en ALC dejaron una huella indeleble, más aún en una coyuntura en dónde efectivamente persistía el peso de la Doctrina Monroe y la región era percibida como el “patio trasero” de los Estados Unidos. A más de treinta años del colapso de la URSS y del fin de la Guerra Fría en ALC – al igual que en ciertos sectores estadounidenses –pervive el recurso de la etiqueta fácil para fenómenos complejos y muchos analistas y decisores políticos se inscriben rápidamente en el debate acerca de una “nueva Guerra Fría” – esta vez entre Estados Unidos y China – para explicar las reverberaciones de las tensiones y disputas en un mundo en transición. A partir de una visión predominantemente bipolar de este mundo y de percibir la competencia entre estas dos potencias como una transición hegemónica, se tiende a localizar a la región en medio de la disputa sinoestadounidense como eje ordenador de su futuro sin analizar las nuevas complejidades del sistema internacional. De allí la proliferación de debates y posiciones referidas a equidistancias, no alineamientos y grados de autonomía – estratégica o no tanto - de los países latinoamericanos, que se desarrollan en la actualidad. Indudablemente el auge y la creciente presencia de China en la región en las últimas dos décadas contrasta con la ausencia y los vacíos geopolíticos que ha dejado Estados Unidos en el hemisferio a partir de la reorientación de sus prioridades estratégicas desde septiembre de 2001.

La “negligencia estratégica” de Estados Unidos en la región se acentúo luego del fracaso de ALCA (Área de libre comercio de las Américas) en 2005 al priorizar la lucha contra el terrorismo con foco en el Medio Oriente a costa de su presencia en el hemisferio. Con la probable salvedad de su área vecina más cercana – México, Centroamérica y el Caribe – que mantuvo una relativa importancia para Washington, especialmente en relación con los temas migratorios y al control del narcotráfico. Pero los espacios vacíos que Washington fue dejando en América Latina, tanto en términos de interés estratégico como de temas económicos fueron progresivamente ocupados por la expansión de la presencia de China, especialmente en América del Sur - donde Beijing no sólo desplazó a Estados Unidos como principal socio comercial e inversor, sino también como un influyente actor en el ámbito diplomático con una sostenida estrategia de “poder blando” y con una progresiva marginación de la presencia diplomática de Taiwán. Sin embargo, China no sólo ha fortalecido su proyección e influencia en América del Sur, sino que también ha desplegado recientemente una creciente presencia en Centroamérica – desde Costa Rica y Panamá hasta Nicaragua, El Salvador y eventualmente Honduras – el “patio” más cercano a los Estados Unidos. El Foro China-CELAC, la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda  (BRI) como una extensión “natural” y vertical de la proyección china originalmente centrada en Eurasia, junto con un creciente intercambio comercial y abundantes inversiones y préstamos ha dado pie a que veinte países de la región ya se hayan adherido al BRI, ocho países sudamericanos hayan solicitado ingreso al Banco Asiático de Inversión e Infraestructura (AIIB) y las economías mayores hayan optado por asociarse estratégicamente con China. Si bien la llegada de Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos, estuvo acompañada de una promesa de una mayor presencia estadounidense en la región, lo cierto es que sólo recientemente se ha ido impulsado una estrategia de asistencia y de inversión (BBW3) que intenta contrarrestar la influencia china y que recién comienza a tomar vuelo en torno a la aprobación del COMPETE Act en el Congreso.

En este marco, pese a su irrelevancia estratégica, parecería que el impacto de la bipolaridad global marcada por la disputa sinoestadounidense es también un eje organizador de las opciones que se les presentan a los países de ALC en sus vinculaciones externas – incluyendo el campo tecnológico -, especialmente en el contexto del impacto del deterioro de sus economías y los retrocesos en los procesos de integración regional y subregional durante y después de la pandemia. En este sentido, una reciente revisión bibliográfica del período 2010-2020 publicada en enero de 2022 y realizada en el marco de un proyecto conjunto de CLALS de American University y del think tank regional CRIES, muestra una tendencia a enfatizar la relación triangular ALC-China-Estados Unidos en los análisis y, en algunos casos, a plantear, por una serie de razones estructurales, un desplazamiento de la dependencia económica y eventualmente geopolítica de la región hacia un más marcado vínculo centro-periferia con China.  

Sin embargo, como señalamos juntamente con Wolf Grabendorff en un volumen colectivo que tuvimos ocasión de compilar, son muchos los actores extrarregionales que “redescubren” la región, ampliando el campo de oportunidades para los países latinoamericanos y caribeños y encubriendo procesos más complejos y diversificados. La interrogante clave es si en el proceso de transición del orden global nos enfrentamos a un mundo bipolar o multipolar o a una compleja combinación de ambos, definiendo oportunidades y opciones distintivas para la región.

Rusia está de retorno en la región particularmente en Cuba, Nicaragua y Venezuela – lo que se ha hecho visible durante la reciente crisis de Ucrania – no sólo desde un punto de vista geoestratégico sino también como un potencial inversor y socio comercial, como se hace evidente en el caso de Brasil  (independientemente de su filiación política el presidente Bolsonaro se ha mantenido en el grupo BRICS y visitó Moscú poco antes del inicio de la guerra en Ucrania) y de Argentina, cuyo presidente visitó Moscú y Beijing (también a poco más de un mes de desencadenarse la guerra) y luego de lograr el apoyo de Washington para una renegociación de su deuda con el FMI se adhirió a la BRI. Algunos de los países de la Unión Europea – embarcada en la construcción de una “autonomía estratégica” - siguen siendo socios importantes de la región pese a las rémoras y a las reticencias mutuas en el avance de un acuerdo UE-Mercosur. De una manera menos visible y estridente, Japón continúa siendo uno de los inversores más importantes en América del Sur y la India se suma como un socio comercial de creciente volumen en toda ALC. Sin mencionar a Irán, cuya presencia e involucramiento en la región – tanto en Venezuela como Nicaragua - ha provocado un sinnúmero de reacciones, particularmente en torno a situaciones como los atentados a la Embajada de Israel y la AMIA y el asesinato del fiscal Nisman en Argentina.

La presencia de estos actores a diferentes niveles y en distintas dimensiones en las relaciones internacionales y su vinculación con la dinámica geoeconómica y geopolítica de la región ofrece un amplio espectro de oportunidades económicas, diplomáticas y tecnológicas en un mundo multipolar – o multiflex como apunta Acharya - para la misma, que va más allá de las opciones binarias.

Sin duda, la exacerbación y profundización de la disputa estratégica entre China y Estados Unidos forzará mayores alineamientos y compromisos por parte de la región, pero en el marco de una compleja transición del orden mundial y de la globalización se abren nuevas oportunidades para mantener un equilibrio y una diversificación de las relaciones de ALC, pese a su actual fragmentación y a su momentánea incapacidad de actuar colectivamente frente a un entorno internacional policéntrico y cambiante. La guerra en Ucrania, no obstante, desencadenará – como ya se ha visto – mayores presiones para definir alineamientos de la región en el proceso de transición global. El impacto de las sanciones económicas a Rusia reverberará en la economía global, pero afectará dramáticamente las economías latinoamericanas. Navegar en estas aguas de la transición requerirá, sin duda, de una brújula que permita orientarse en múltiples direcciones sin tomar cómo únicos puntos cardinales a los protagonistas de una aparente “nueva Guerra Fría”. 

En este contexto, China ha mantenido una posición ambigua frente a Rusia sin romper sus vínculos con Ucrania: por una parte, apela a la necesidad de la paz y del diálogo para resolver la crisis en el marco de su concepción de una “comunidad de destino compartido” de la humanidad, pero por otra ha mantenido un apoyo tácito a Moscú y ha desplegado internamente una política comunicacional fuertemente prorrusa. De hecho, Beijing se muestra relativamente neutral en el ámbito externo y claramente prorruso en el ámbito doméstico – una política difícil de rectificar - a juzgar por la información que difunde y promueve dentro de sus fronteras.

Por otra parte, la invasión rusa pone en evidencia que la guerra de Ucrania no es sólo una crisis europea y que se extiende al espacio eurasiático en tanto Europa y Asia no constituyen escenarios separados y sin conexión. De hecho, la percepción de que la invasión de Ucrania deja el mundo cada vez más dividido en dos bloques se acentúa y redefine las posiciones y estrategias de los Estados Unidos y de 

China en su principal campo de confrontación: el Indo-Pacífico. En este sentido, Beijing ha dejado claro no sólo que rechaza la ampliación de la OTAN, sino que también plantea que las sanciones económicas internacionales son ilegales, mientras sigue cuidadosamente el desarrollo de la situación ucraniana como un simulacro de lo que podría suceder con Taiwán.

El mensaje antioccidental de Beijing convive con su defensa de la neutralidad, pero la OTAN considera a China un “desafío a la seguridad” global y recluta socios en el Asia-Pacífico para frustrar la alianza entre Beijing y Moscú, en el marco de una convergencia estratégica sino-rusa que no se asume como una alianza militar pero que es importante para China.

 

☛ Título: Guerra y transición global

☛ Autor: Andrés Serbin

☛ Editorial: Areté Grupo editor. CRIES
 

Datos sobre el autor 

Andrés Serbin es licenciado en Antropología y doctor en Ciencias Políticas

Desde 1998 es presidente Ejecutivo de la Coordinadora Regional de Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES)

Es profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela

Investigador emérito del Conicyt de ese país. Presidente emérito y fundador del Instituto Venezolano de Estudios Sociales y Políticos (INVESP) y director de la Especialización en Eurasia y Rusia de la Universidad Católica Argentina.