DOMINGO
vulnerabilidades

Filosofía de la vergüenza

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| Cedoc

Una vez expulsados del paraíso terrenal, Adán y Eva sintieron, por vez primera, vergüenza. ¿Qué verdad les había sido revelada por la serpiente? ¿Por qué debieron entretejer hojas de higuera con el fin de cubrir sus sexos? ¿Por qué Dios censuraría su sexualidad cuando los órganos reproductores eran obra del Artífice de la Creación y, en cuanto tales, “vio Dios que eran buenos”? ¿Qué simboliza esa mirada divina condenatoria del pecado original, mirada que, tal vez por su omnipresencia, encarna todas las miradas? ¿Y qué dice de nosotros, creadores del mito de la inocencia originaria?

Desde el relato del Génesis, se instaura la vergüenza en el mundo. Ni el animal ni el ángel podrían ser sus víctimas, porque es la condición humana la que se juega en esas reacciones a una reprobación hipotética o real. 

Pese a su proximidad semántica, pudor y vergüenza se diferencian en que no intervienen en el mismo momento ni surten los mismos efectos: mientras que el pudor precede a la mala conducta o a la infamia, la vergüenza nace después de la mala conducta o la infamia. Por ser un signo que preanuncia la vergüenza, el pudor puede impedir la aparición de esta última: al intervenir en el acto, evita en un mismo gesto el escándalo objetivo y la vergüenza, que es su sanción subjetiva.

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Y en cuanto a la potencia de sus efectos, mientras que el pudor es una inhibición pasajera y volátil, la vergüenza es un sentimiento tan poderoso que logra paralizarnos. 

Interrogarnos por los albores de la vergüenza humana, confrontando este sentimiento ancestral con la consagración actual de la obscenidad, nos invita a ensayar una reescritura de la pérdida adánica desde un nuevo lugar: desde la cultura del exhibicionismo de la cual hoy parecemos cautivos y desde la cultura política de la cual hoy estamos, en efecto, cautivos. (…)

Una vez instaurado en el mundo el sometimiento humano a la mirada –divina o humana, propia o ajena–, se gestaron diversas interpretaciones en conflicto sobre el sentido y fin de esa sombra amenazadora que se cierne con la vergüenza.

Unos la concibieron como el sentimiento que nos invade cuando somos descubiertos por otros en conductas ya reprobables, ya de mal gusto, porque lo cierto es que la posibilidad de ser blanco del ridículo, de un trato descalificador o del ostracismo social nos preocupa. Si somos vulnerables a las críticas de los demás, nos medimos según criterios que no necesariamente compartimos, pero que nos importan porque nos importa el qué dirán. Es claro que esta posición, moralmente endeble, levantó una polvareda feroz: si la vergüenza depende de la mirada ajena, entonces ese sentimiento carece de todo valor moral, pues nos limitamos a obedecer las convenciones sociales que no elegimos personal y auténticamente. Porque, de ser así, sentirse avergonzado implica reducir la moralidad a lo que la gente espera de nosotros: qué imagen ofrecemos, cómo somos percibidos, de cuán buena o mala opinión somos merecedores. 

Para dejar a salvo la moralidad, otros pensaron que la vergüenza es una señal de alerta de que, con determinada conducta, dejamos de ser agentes morales autónomos, con un proyecto de vida orientado al ideal que aspiramos a alcanzar. 

Estas interpretaciones contrapuestas se condensarían en una disyuntiva: o dependemos de la mirada ajena o somos agentes morales autónomos y, por lo tanto, indiferentes a la opinión de los otros.

Adoptar una u otra actitud no es moralmente trivial. Si dependemos de la mirada ajena, entonces pagamos el costo de ser arrastrados por mandatos de los cuales no somos autores (porque como somos vulnerables a las críticas, seguimos normas morales que nos son impuestas). Por el contrario, si establecemos nuestros propios criterios morales, entonces somos autónomos (y somos invulnerables a las críticas ajenas, porque seguimos normas morales que nos fijamos a nosotros mismos). Pero, de ser así, la pregunta del millón parece ser si acaso es posible sustraerse de la mirada ajena.

Este debate filosófico en torno a bochornos y papelones –por cierto, las más de las veces tan padecidos como silenciados– es un desafío en cuya exploración bien vale aventurarnos. (…)

El filósofo existencialista Jean-Paul Sartre afirmó que sentimos vergüenza ante la mirada de los otros toda vez que somos descubiertos in fraganti en situaciones en las cuales, una vez empantanados, pensamos menos en nosotros mismos que en cómo somos vistos por los demás. Con el fin de ilustrar esas vivencias tan peculiares asociadas al poder de la mirada, en un memorable pasaje de El ser y la nada, el filósofo imagina un episodio embarazoso que se despliega en dos actos. 

En el primero, doblegado por los celos, por interés o por vicio, “estoy mirando por el agujero de la cerradura”. En ese agujero negro por el que observo y en el que me pierdo –continúa Sartre–, me reduzco a ser un “puro sujeto espectador, absorbido por el espectáculo”. En el segundo acto de este drama, “escucho pasos en el pasillo: me miran”. El ruido inesperado denuncia una mirada intempestiva y, en su preludio, anónima. Y esa mirada me alerta de la presencia de un Otro ignorante de los sueños y las pesadillas que me impulsaron a un gesto que reconozco, en mi fuero íntimo, como degradante. Eclipsado como el sujeto que soy, y reducido a “lo que el otro ve de mí”, convertido en objeto y cosificado en lo más abyecto y despreciable, no me queda, entonces, sino admitir que soy como el prójimo me ve: vulgar, intrusivo. Y siento vergüenza de lo que soy, sentimiento que reconozco solo a partir de esa mirada extraña de la que se pueden esperar reacciones imprevisibles: complicidad, comprensión, pero también reprobación o censura. 

Una vez acorralado y a merced del Otro, tengo conciencia de mí mismo como un ser descentrado, estrellado por ese Otro que amenaza con quitarme todo poder sobre lo que creo que soy.

*Autora de La vergüenza. La derrota narcisista. Indie libros (fragmento).