miércoles 16 de junio de 2021
DOMINGO ELECCIONES DE VIDA
31-01-2021 05:04

La actitud física de ser soltero

31-01-2021 05:04

Hacia fines de 2019, una noticia conmovió al mundo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) –según han informado diferentes medios– incluyó a las personas que no forman una relación de pareja en el grupo de los “infértiles”. El fundamento de la decisión radica en la buena intención de ampliar derechos, esto es, que aquellas personas que no pueden procrear por motivos biológicos puedan acceder igualmente a la fertilización in vitro. No obstante, como suele ocurrir con las buenas intenciones, pueden producir un efecto sorpresivo.

En este caso, la conclusión que se desprende casi de manera literal a partir de la sanción es ¡afirmar que ser soltero es una discapacidad! Llegados a este punto, podríamos preguntarnos: ¿ese revés que expone la declaración de la OMS no impone pensar que puede haber algo sintomático en la soltería? Cuando digo “sintomático” no me refiero a algo patológico en sentido estricto, sino a un uso amplio de la palabra, es decir, como sinónimo de “conflictivo”. Un síntoma es un modo de resolver un conflicto y, a veces, hasta puede ser lo más sano que alguien hace en cierta circunstancia. Por ejemplo, así como una noche de fiebre intensa es parte –en algunos casos– del proceso del restablecimiento del cuerpo, un síntoma psíquico puede ser la mejor manera de atravesar un conflicto que, hasta ese momento, permanecía mudo. Esto vale tanto para fenómenos cotidianos de la vida de un niño, como cuando llama la atención de sus padres y les devuelve un mensaje que invierte su expectativa. (…) Pero también vale para la vida de todo adulto, como le ocurre a ese varón que se pone celoso cuando empieza a sentirse enamorado. (…) Si yo soy celoso, puedo alejarme de la mujer que amo para no sentirme así; puedo ponerme posesivo y arruinar la relación; y así muchas más reacciones que evidencian tratar mi síntoma como si fuera un problema. Ahora bien, si me decido a analizar mis celos, aprenderé seguramente a vivir el amor de una forma diferente, con menos dependencia y temor. No se trata, entonces, de que mi síntoma tenga que ser eliminado, sino de que lo atraviese para que lo más profundo de mi ser tenga otra chance de vivir. Seguramente no dejaré de ser celoso, pero sí podré evitar actuar mis celos –despejar las infinitas suposiciones a que me llevan, las malas intenciones que no puedo dejar de atribuir y otros condimentos que cualquier celoso conoce– para no dañar al otro ni echar a perder una relación por inseguridad. Volvamos a nuestro soltero.

En cierta ocasión, Jacques Lacan se refirió a la “ética del soltero” (a partir de un comentario al escritor Henri de Montherlant y su novela Los solteros): soltero no es quien no tiene pareja formal (marido o esposa), un soltero no es alguien a quien le falte la pareja, sino aquel que rechaza que su lazo con otro pueda ser el de una pareja. Ser soltero es más bien una actitud psíquica y, por lo tanto, alguien puede estar casado legalmente y portarse como un soltero –por ejemplo, cuando evita hablar de su pareja en público–, tanto como puede haber quien no tenga una relación regular ni conviva con otra persona, pero en sus encuentros ocasionales no se niegue a la interpelación del otro, al compromiso que puede implicar el vínculo amoroso cuando no se trata al otro como un mero instrumento de placer personal. Soltero, entonces, es quien no quiere saber nada de un lazo que lo comprometa con otro. (…) ¿No es el caso de aquellos varones que, hoy en día, dicen: “No busco nada serio”? Me interesa que Lacan habla de una “ética” para referirse al soltero, porque sin duda tiene que ver con una forma de posicionarse y de actuar. Ser soltero no es un estado civil, sino un modo de andar en la vida y de relacionarse con los demás. Por eso al principio califiqué de paradoja el resultado de la noticia de la OMS: no creo que los solteros sean discapacitados, sino que son personas que eligieron un modo de vida basado en desconocer el compromiso con el otro. Es claro que la OMS y yo no hablamos de las mismas personas, sino que tomo esa noticia para partir de un síntoma social: la dificultad para formar vínculos amorosos duraderos.

“El soltero es el que se hace el chocolate solo”, dijo también Lacan en el seminario “El reverso del psicoanálisis”, esta vez con una alusión al artista Marcel Duchamp. Sin duda, de acuerdo con la metáfora culinaria, podríamos sostener con ironía que quien logra cocinar para uno solo es una persona que está gravemente enferma (¡lo digo en chiste! Como contrapunto a lo que antes dije de que un síntoma no necesariamente es algo patológico).

Es que al cocinar para uno solo siempre corroboramos una especie de “falta de proporción”: o bien no es suficiente o, por lo general, queda un resto. Entonces, ¡conflicto! Hay diversas formas de tratar ese resto conflictivo, ya sea ponerlo en el freezer, guardarlo en un tupper como almuerzo para el día siguiente, comerlo sin ganas tan solo para que no quede o no tirarlo. Tan solo. Y muchas personas hoy dan cuenta del profundo malestar que les causa cenar en soledad, ya sea porque lo hacen mientras miran televisión o están en la computadora, o parados junto a la mesa o directamente de la olla. Sin duda la soltería tiene un costo muy grande: “Cuando sos joven podés coquetear con las ganas de quedarte sola, porque siempre hay alguien en alguna parte, para visitar, para que venga a visitarte, si no estás con pareja, están los amigos, pero con los años la soledad ya no hace compañía”, me dijo hace poco una mujer que rondaba los 40 años.

Ese resto conflictivo (“sobras” se lo llama a veces) que se produce en el momento de cocinar y comer instituye la hipótesis de que el ser humano puede estar abierto al encuentro con el otro en el más trivial de los actos. En efecto, nadie cocina para sí mismo y como resto obtiene una paella. Nadie hace una orgía gastronómica cuando está solo, sino que reserva ese resto que invita a un otro o, mejor dicho, que hace del otro un invitado. No por nada muchos encuentros amorosos se inician por la invitación a cenar.

*El fin de la masculinidad, Editorial Paidós (fragmento).

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