DOMINGO
ideas en pandemia

¿Lo mató el covid o la cuarentena?

1-11-2020-Logo Perfil
. | CEDOC PERFIL

No solo se contagian los microbios; también se contagian las ideas y las maneras de vivir que nos conducen a enfermedades, muchas veces graves, que no son “infecciosas”. Por eso solemos hablar de mensajes o de ideas que se vuelven virales. Junto con las epidemias “biológicas”, también hay epidemias psicológicas.

Mientras vivimos en el aislamiento que procura protegernos del covid-19, nos impregna hoy la idea de que todas las otras formas de morir, o de perder la alegría de vivir, constituyen un riesgo que podemos postergar (¿indefinidamente?) empujándolo afuera de nuestra urgencia actual.

Intentamos ignorar lo que sentimos. El confinamiento obligatorio determinado por la cuarentena, que conduce inevitablemente a una disminución de los contactos corporales con los seres afectivamente significativos del entorno, aumenta de manera progresivamente acelerada, en cada día que trascurre, los sentimientos de “soledad” que en mayor o menor medida nos habitan, disminuyendo nuestras ganas de vivir.

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La investigación psicoanalítica nos ha revelado que los síntomas del síndrome gripal constituyen, en nuestra conciencia, un retorno, “deformado”, de un sentimiento de desolación que se ha reprimido. También nos ha revelado que los trastornos respiratorios “ocultan” los conflictos que se sufren en la “atmósfera social” que se convive. Conmueve constatar que las medidas que se adoptan para luchar contra la enfermedad que se interpreta como un efecto que el coronavirus produce en algunas personas tienden a agravar, precisamente, mediante el aislamiento y la distancia social, esos conflictos reprimidos.

El conjunto de disposiciones gubernamentales que hoy constituyen en el mundo lo que denominamos cuarentena establecen que los ancianos constituimos, junto con aquellos que padecen enfermedades que disminuyen su vitalidad, una población en riesgo.

Dado que los ancianos habitamos una época de la vida dentro de la cual, según nos revela la estadística, nos moriremos en unos pocos años, y aunque alguna otra persona, joven y sana, puede morirse antes, es cierto que, en la medida en que aumenta lo que hemos vivido, nuestro “riesgo” de morir también aumenta. Pero, precisamente por eso, nuestra ancianidad determina que nuestro riesgo mayor ya no consista en la posibilidad de morirnos muy pronto, sino en el desperdicio de muchos meses de nuestros últimos años.

Un viejo proverbio sostiene que el que tiene un porqué para vivir soporta casi cualquier cómo. Se trata entonces de evitar que el aislamiento y la distancia social, que disminuyen el libre ejercicio de actividades corporales como la danza o el deporte, pero, sobre todo, el contacto personal, nos prive de ese porqué que sostiene la perduración de nuestra vida. Las puntas de los codos carecen de la exquisita sensibilidad que las manos comunican. Es inútil pretender que el home working, la vida interior, los afectos en la intimidad del hogar o los festejos por videoconferencia cumplan íntegramente con ese cometido. No es lo que observamos si prestamos atención a lo que ocurre.

No sucede así ni siquiera con los niños, pero donde se observa con mayor claridad es en los ancianos que, ya sea solos o en pareja, viven separados de sus hijos y sus nietos, sus hermanos, sus sobrinos, y también de sus amigos. (…)

Nos enfrentamos, una y otra vez, con que añorar el pasado no alcanza para proyectar un futuro. Y también con que el miedo de morir (o sufrir), envenenando el presente, tampoco nos alcanza para sostener las ganas de vivir cada día.

A la vida no se opone la muerte, que forma parte de ella, como el nacimiento. La “vitalidad” de la vida, que contemplamos en la curiosidad del niño, es evolución, diversidad y complejidad. A esa plenitud no se opone la muerte, que es “socia” de la vida, ya que, dándole “un tiempo”, le otorga un sentido. Se opone, como una vacuidad que representamos con la palabra “nada” (que se ha puesto de moda), la compulsión a la repetición, la rutina y la monotonía.

Cuando, encarnizados tercamente con lo que no podemos, abandonamos la delicia de lo que nuestro poder nos ofrece, solemos decirnos que esa vida “no es vida”, y suele acometernos el temor a morirnos “sin haber vivido”. Pero cuando la vida se “gasta” entretenida por el temor a la muerte, en ese desperdicio, ya se la ha perdido. Porque en ese intento, muchas veces absurdo, de evitar la muerte, nos escapamos de una plenitud de la vida que bien “vale la pena”. (…)

Un querido colega, Gustavo Chiozza, mi hijo, de manera lúcida y conmovedora escribió: “Falleció el mejor amigo del padre de una paciente”.

La historia (seguramente una de tantas) es esta: un hombre de más de 90 años, no muy bien de salud, limitado en sus movimientos por secuela de ACV, viudo desde hace unos años, vivía solo. Los hijos, muy pendientes de su salud, para cuidarlo no lo visitaban, pero le mandaban gente que lo asistiera. (…)

No obstante todos los recaudos, hará diez o quince días, se contagió covid. Lo internaron, solo y aislado, como mandan los protocolos. La familia no puede estar.

Ayer murió. Solo en la cama del sanatorio, con la máscara de oxígeno puesta, sin una mano que tome la suya. Sin que nadie lo haya tocado sin guantes en los últimos días de su vida.  (…)

La pregunta es: ¿lo mató el covid o lo mató la cuarentena? ¿La cuarentena (ese sacrificio que hacemos todos por el bien de nuestros mayores) sirvió para proteger su vida o solo sirvió para arruinar sus últimos días de vida? ¿La cuarentena sirvió para hacer su vida más larga (aunque, obviamente, peor) o para hacer su vida (además de peor) más corta? (…)

Pensar que la vida es solo cantidad no solo reduce la calidad... también reduce la cantidad. A lo peor sin cuarentena hubiera muerto en abril... posiblemente. Pero, sin cuarentena, hubiera muerto mejor, ¿no? También es posible pensar que hubiera muerto este año aun sin pandemia.

Comparto estas preguntas que me hago. La cuarentena (teóricamente) era para salvarlo a él, ¿no? Es decir, a la gente en su situación. ¿O me perdí de algo?

*Autor de La peste en la colmena, Libros del Zorzal (fragmento).