lunes 21 de junio de 2021
DOMINGO LIBRO
06-06-2021 03:16

Nadie quiere ser refugiado

Crónicas de una herida silenciada.

06-06-2021 03:16

Guillermo y Reyna llegaron a la Argentina en 2010. Viven en una casa en Villa Domínico, que forma parte de una propiedad horizontal dividida en tres. No pagan alquiler porque la dueña se las cedió a cambio de que Reyna se ocupara de la limpieza de las tres unidades. El lugar era modesto y cálido a la vez, pequeño en sus dimensiones. Lo mejor en mucho tiempo como peregrinos por más de un país.

En Honduras, tuvieron una vida como cualquier otra, hasta que el devenir de los acontecimientos los puso en peligro y estuvieron muy cerca de no contarla. Aquel terror no se disipó del todo a juzgar por la emoción que se dibuja en sus rostros al dirigir su memoria hacia esos últimos tiempos. Y luego la huida.

— Yo salí unos días antes de cumplirse el año del golpe de Estado, pero ya llevaba tres meses en la clandestinidad, por todo Tegucigalpa. Me ocupaba de la seguridad en las marchas. Haber hecho el servicio militar y haber participado en la universidad en los grupos organizados, me permitió colaborar en la seguridad del Frente [Nacional de Resistencia Popular].

Guillermo y Reyna se conocieron en la militancia universitaria. Se cruzaron por primera vez en una toma cuando ambos seguían casados con otros, “aunque ya separados”, aclaró Guillermo. Reyna se sentó junto a él la tarde de nuestra reunión y apenas se levantaba para atender a alguno de sus hijos. Seguía su relato con atención, asentía e intervenía solo si lo consideraba necesario para reafirmar o corregir y nunca dejaba de sonreír, si bien la mueca parecía disfrazar una tristeza con varias capas. Ella, Guillermo y su primer hijo eran refugiados. El segundo, unos años menor, nació en la Argentina y lo llamaron Ernesto.

El corazón militante de Guillermo seguía en Honduras, a juzgar por la pasión con la que se refería a su país, de lo que pudo ser y de lo que resultó. Y aún luchaba contra la frustración de la distancia que lo hizo atravesar una profunda depresión. Aseguró que el golpe de Estado del 28 de junio de 2009 que derribó a José Manuel “Mel” Zelaya había sido, en verdad, una contrarrevolución del establishment local y de Estados Unidos, porque tenía el control del pueblo. Por eso la resistencia se planteó desde las calles y no desde las trincheras.

—Teníamos una línea de acción que era la lucha pacífica, luego del golpe. Y así la mantuvimos por 120 días, las protestas eran día a día. Hasta que llegó un momento en el que el núcleo empezó a ser perseguido y muchos compañeros terminaron asesinados. Cuando no aparecía un compa, decíamos dónde está, qué le pasó, y lo hallábamos muerto.

— Asesinatos que no se entendían, de la noche a la mañana, y luego aparecían en las noticias —acotó Reyna.

—Nuestro grupo tuvo que ser relevado porque ya nos tenían identificados. Yo me movía con mucha inteligencia, por cinco casas, nunca dormía dos noches seguidas en el mismo lugar, pero me di cuenta de que mi vida peligraba... la de ambos... la de todos.

Guillermo y Reyna compartían el código de no moverse juntos, para no atraer la atención sobre ella y el hijo de ambos. Mucho menos durante las jornadas de lucha. Y, sin embargo, un descuido casi les costó la vida. Quizás por el agotamiento y el estrés de su rutina marginal, una tarde de la movilización, luego de una plática con los dirigentes del gremio, Guillermo se aproximó a ella y le propuso irse juntos. A la distancia, pensaba que aquel deseo por sentir algo de normalidad, pudo ser fatal.

—Era hora pico, las 17.00, cuando la gente se vuelve de las oficinas. No venía ningún taxi y, de pronto, de otra calle, apareció uno, color blanco, y se paró frente a nosotros.

En Honduras, los taxis funcionan como pequeños colectivos a los que uno se sube a lo largo del recorrido, a cambio de una tarifa fija de once lempiras, y se baja donde mejor le quede. No es un servicio puerta a puerta, salvo que se pague por las plazas que se utilizan y las que no.

—Venía vacío, nos pareció raro —indicó Reyna—. Porque si viene vacío, hay que pagarle la tarifa completa, como si fuera un directo.

—Le dije: “¿Colectivo?”. “Sí”, me respondió. Nos subimos los dos y el auto arrancó —narró Guillermo —. Mucha gente le hacía señas por el camino para que frenara y lo extraño era que no se detenía. Entonces, le vi los ojos al conductor por el retrovisor y estaban vidriosos, parecía drogado. Subió el volumen de una canción estruendosa y ahí nomás le vi un radio. No existen los radiotaxis en Honduras.

Guillermo y Reyna intercambiaron miradas en el asiento trasero sin decir palabra. De pronto, en una esquina cualquiera, el auto se detuvo y dos hombres se montaron, uno junto al conductor y el otro al lado de Guillermo, que se corrió al centro del asiento. Años después, en su casa prestada de Villa Domínico, lo que más recordaba de aquel extraño pasajero no era su rostro, sino el tatuaje desprolijo de un águila en su brazo.

—En Honduras, los tatuajes mal hechos suelen ser el signo de los delincuentes y los escuadrones de la muerte suelen emplearlos para sus secuestros. —¡Nos llevan! —, pensé.

—¿Cómo escaparon? —les pregunté intrigado.

Guillermo sonrió y tomó su pequeño móvil de la mesa para escenificar la última parte de su relato.

— No bien arrancó el taxi, hice algo que nos salvó la vida. “Esperate que me está vibrando el teléfono”, le dije a ella. “¿Aló?”. Hice como que hablaba, inventé una historia. “¡Ah!, pero si me viste que me monté al taxi, ¿por qué no me seguiste? ¡Ah!, ¿me vienes siguiendo?”. —Tanto se involucra Guillermo en su anécdota que la representa con sus movimientos, gira su cuerpo hacia la cocina como si mirara por la luneta del taxi y, en lugar de las hornallas, se abriera una calle de Tegucigalpa—. “Ah, sí, ya te vi, ahí venís, ya te miré. Bueno, síguenos que nos bajamos más adelante”. Los tipos aceleraron, yo sostenía la conversación mientras cruzaban miradas. Entonces, se toparon con un semáforo, tres autos, uno por detrás. No tenían dónde ir. Recuerdo haber sacado 22 lempiras y le puse el dinero en la mano al conductor.

— Yo abrí por el lado de la calle, que no es lo usual. Uno tiene que esperar que salga la otra persona — completó Reyna.

Y saltaron a la calle para perderse entre la gente. Con el corazón todavía revolucionado, Guillermo se paró en seco unas cuadras después, miró a un lado, al otro, y sintió que un escalofrío le recorría la espalda en cuanto se orientó: a menos de dos cuadras, se levantaba La Alameda, un viejo centro de torturas, reciclado por una empresa de seguridad privada como base de operaciones. Según Guillermo, eran exmilitares los que manejaban ese campo en su país.

—Le dije a Reyna: “Mira, estuvimos a cuadras de la tortura y la muerte”. Porque primero te torturan, luego te matan, te despedazan y te meten en costales que tiran en la calle. Hoy ya no desaparecen a la gente en Honduras, hoy la tiran en la calle.

¿Qué significa ser refugiado para un refugiado? La pregunta daba vueltas en mi cabeza desde hacía mucho y no encontraba una sola respuesta, más bien tantas como veces la formulaba. Con el tiempo, uno desiste de la imposible pretensión de ponerse en su piel.

Nadie que no haya vivido lo que Guillermo y Reyna vivieron puede tener cabal dimensión de lo que implica, si bien escucharlos, tomar nota de sus vivencias, ayuda a comprender esa mezcla de dolor y esperanza con la que cargan. Guillermo prefería explicarlo como una metáfora.

—Es un lugar temporal mientras pasa la lluvia. Un alejamiento temporal de lo que más querés, de la gente a la que comúnmente saludás cuando te levantás, pero básicamente es un lugar donde vas a permanecer mientras todo pasa.

Reyna demoraba unos minutos más en escoger sus palabras y, al hacerlo, se esforzaba por preservar su voz intacta de todo quiebre.

— Para mí, es la parte más difícil de la vida que me ha tocado. Es intentar buscar un mundo diferente, mejor, para tratar de llevar una vida en la que pueda seguir con los sueños y con la forma como me criaron, y sin olvidar esas raíces, adaptarse a un nuevo lugar.

La Centroamérica de la cual escaparon conoce de éxodos. En los años ochenta, la espiral de asesinatos y desolación de las guerras civiles que desgarraron la región movilizaron a miles desde El Salvador, Honduras y Guatemala. La historia se repitió décadas después con los nietos de aquella generación que dejó atrás su patria, solo que ahora huían de una violencia diferente, pero del mismo desamparo.

—Salir a buscar refugio no es fácil, no es que te están esperando con casa. Es totalmente distinto. Nosotros somos la cara del exilio político de Honduras, luego, hay otro, el humanitario, el que se ve ahora. En la década del ochenta, Estados Unidos se vio desbordado de salvadoreños, hondureños y guatemaltecos, solo que su política migratoria era otra. En lo que respecta a Honduras, la pobreza no cambió mucho.

Mientras conversábamos aquella tarde lluviosa en Villa Domínico, un informe en la televisión repetía la última bravuconada del presidente de Estados Unidos Donald Trump contra los inmigrantes que se agolpaban en la frontera con México. Ya en 2015 los había llamado “criminales” y “violadores”, cuando se lanzó como precandidato republicano a la presidencia y, contra todos los pronósticos, ganó la primaria y venció luego en la elección, con un discurso rabioso que supo encantar los temores más oscuros de un sector de los norteamericanos. La primera vez que utilizó el español en la campaña presidencial fue para darles el mote de “bad hombres” (hombres malvados, delincuentes): “Tenemos algunos bad hombres aquí y los vamos a expulsar”, destacó en el tercer debate contra su contendiente demócrata, la senadora Hillary Clinton.

La Convención de Ginebra de 1951 definió como “refugiado” a cualquier persona que, “debido a un temor bien fundado de ser perseguido por razones de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un grupo social particular u opinión política, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país”. En otros términos, comprende a quienes deben huir porque el Estado, que debiera garantizarles su integridad, no puede hacerlo o, peor aún, se ha vuelto su predador, y requieren de otro Estado que asuma ese compromiso de amparo humanitario.

Refugiado y migrante no significan lo mismo. Utilizar un concepto u otro puede ser un error negligente, aunque la mayoría de las veces no es inocente. A Europa se la cuestionó mucho en el pico de la crisis del Mediterráneo por hablar de migrantes, en vez de refugiados, para explicar el fenómeno de miles y miles de personas que se lanzaban a cruzar las aguas desde el norte de África y desde Asia, y luego se adentraban en eternas caravanas a lo largo de su territorio.

“¿Se da preferencia al término ‘inmigrante’ con el objetivo de descargar a los Estados europeos de la responsabilidad internacional de proteger y acoger a los refugiados? —inquirió Yolanda Onghena, investigadora sénior asociada del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB)—. Tampoco son inocentes aquellos adjetivos como ‘ilegales’ y ‘clandestinos’ que criminalizan a la persona y no al hecho de entrar o permanecer de manera irregular en un país”.

Nada es inocente en la disputa semántica, porque las palabras desprenden subjetividades. Así lo entendió también la cadena catarí Al Jazeera cuando su productor ejecutivo Barry Malone reemplazó el término “crisis migratoria” por el de “crisis de refugiados”, alterando tanto la percepción de la emergencia como el costo político de los gobiernos en su disposición a dar respuesta o a eludirla. A la luz del derecho internacional, es potestad del Estado conceder refugio a quien lo solicite y como muchas veces ponderan criterios políticos, y no solo humanitarios, estandarizados como lo configuran los consensos internacionales, las injusticias se suceden. 

En la Argentina, como en otras partes del mundo, se les ha otorgado el estatus de refugiado a extranjeros por el impacto mediático de su catástrofe y se les ha negado a otros que provenían de países de la misma región y en situaciones igual de alarmantes. Lo que resulta aún más extravagante, se ha concedido el estatus y se ha rechazado a personas provenientes del mismo país y conflicto. Así sucedió con los sirios, en medio de la guerra que desgarró a su país desde 2011.

“Desconocer la terminología relacionada con un tema nos impide entenderlo adecuadamente y pone una barrera lingüística entre nosotros y la solución de los problemas”, puntualizó Unicef. Para derribar los muros de ideas preconcebidas, la agencia especializada en temas de infancia de las Naciones Unidas enumeró los múltiples conceptos que hacen a la protección humanitaria, porque en 2019 más de la mitad de los refugiados y solicitantes de refugio en el mundo eran menores. En su página web, ofrece un completo glosario sobre el tema, que arranca por el concepto de “asilo”, otro de los términos que suele prestar a confusión al hablar del derecho de marginados y desplazados.

¿Es lo mismo hablar de asilo y refugio? La explicación no es tan sencilla. En términos conceptuales, para el abogado costarricense Federico Martínez Monge, existe una vinculación intrínseca: “El asilo es, fundamentalmente, un estado de protección” y, como tal, encarna la piedra basal del refugio. Refiere a la totalidad de la protección que brinda el Estado a un extranjero perseguido y puede ser comprendido tanto como institución o como derecho, el de un Estado a otorgarlo y el de cualquier persona a solicitarlo. Ahora, hay una primera acepción en lo que a lo jurídico se refiere y allí cabría hacer una distinción no menor en el uso de las palabras. Para Estados Unidos, Canadá y Europa, “asilo” y “refugio” son sinónimos y los usan de modo indistinto porque se rigen solo por la Convención de 1951 y el protocolo de 1967.

En cambio, en Latinoamérica hubo convenciones regionales de asilo diplomático y político que precedieron el consenso internacional del estatuto de Ginebra y su protocolo, y siguen vigentes. La llamada Declaración de Cartagena de 1984 se basó en aquellos precedentes para construir una definición ampliada de lo que se considera un refugiado, a partir de las causales que pueden provocar su huida, como por ejemplo “circunstancias que estorben seriamente el orden público”. En 2019, y con la crisis escalando en Venezuela, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados apeló a esta acepción para solicitar a los gobiernos latinoamericanos una consideración más amplia del estatus.

Un año antes, el 30 de mayo de 2018, la Corte Interamericana de Derechos Humanos había emitido una opinión consultiva para aclarar esta disyuntiva de superposición de conceptos en Latinoamérica, a partir de una consulta de Ecuador. Refirmó que el derecho humano al asilo incluye, en esta región, todos los regímenes de protección que jurídicamente aluden a la misma finalidad de protección humanitaria, como el asilo territorial (o tradicional), el estatuto de refugiado y el asilo diplomático, cada uno con los derechos y deberes que le corresponden. El más comprensivo y de menor discrecionalidad, según los documentos que lo fundan, es el concepto de refugio.

¿Qué conductas impone a los Estados la cesión de asilo en calidad de refugiado? Citando a Martínez Monge nuevamente: “El derecho a salir del país de origen; el de no ser interceptado en la frontera; el de acceso al territorio del país de destino; de acceder al procedimiento de asilo; el de no sanción por ingreso o presencia ilegal; el de no extradición, devolución o expulsión y, por último, el derecho a ser integrado mediante soluciones duraderas”. 

En cada país varía la institución a cargo de evaluar las peticiones. Por caso, en la Argentina, es la Comisión Nacional para los Refugiados (Co.Na.Re.), dentro de la órbita de la Dirección Nacional de Migraciones del Ministerio del Interior de la Nación, la encargada de hacerlo. Concede o deniega el estatus de refugiado según lo establecido por la Ley Nacional 26165/2006, de Reconocimiento y Protección al Refugiado. En paralelo, no obstante, la Cancillería retiene el poder de otorgar una variante de “asilo diplomático” a cualquier persona que juzgue conveniente a través de sus embajadas en el extranjero.

En su naturaleza, el espíritu de solidaridad que comprende el instituto del asilo como derecho humano esencial interpela a toda la comunidad internacional, frente a lo cual las respuestas son discordantes. Lejos está de limitarse a los países que comparten fronteras en zonas en conflicto, aunque, por obvias razones, suelen ser los que actúan como bomberos ante los primeros signos del desastre por su cercanía y los que más fuerte acusan el impacto de cualquier drama humanitario.

Por último, un dato relevante no menor es que, en la Convención de 1951, nada inhibe al refugiado de formular declaraciones políticas por su estatus mismo, tan solo lo intima, respecto del país donde se encuentra, a “acatar sus leyes y reglamentos, así como las medidas adoptadas para el mantenimiento del orden público”. La duda surgió por el arribo a la Argentina del expresidente boliviano Evo Morales, luego de su salida del poder denunciando un golpe de Estado y una primera estancia en México.

El 12 de diciembre de 2019, dos días después del recambio presidencial, Morales aterrizó en Buenos Aires para dirigir la campaña política con la que el Movimiento al Socialismo pretendía retornar al poder en su país. Y su intensa agenda pública generó cierta incomodidad en determinados actores locales y, sobre todo, internacionales. Fue solo el corolario de un año en el que las crisis sacudieron a Latinoamérica en su conjunto, empezando por la prolongada y fatídica hecatombe de la República Bolivariana de Venezuela y las huellas que dejó por toda la región.

Nadie imaginaba entonces la pandemia que se avecinaba, las cadenas en las fronteras, el recrudecimiento de la intolerancia y el inevitable impacto de todo ello sobre el destino de los refugiados.

 

☛ Título Refugiados

☛ Autor  Mariano Beldyk

☛ Editorial Ediciones B
 

Datos sobre el autor 

Mariano Beldyk es licenciado en Ciencia Política especializado en Relaciones Internacionales (UBA) y técnico superior en Periodismo (TEA).

Actualmente, trabaja como subeditor de Política en el diario PERFIL y es columnista de política internacional en CNN Radio Argentina.

Es autor de los libros Escandalgate. El lado oscuro y ridículo de los políticos e ISIS en guerra. Cómo piensa. Por qué mata. Quién lo financia.

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