martes 04 de octubre de 2022
DOMINGO Mximo x Mximo

Radiografía del hijo de los presidentes K

En Fuerza propia, la complaciente biografía de Sandra Russo, se conoció el pensamiento de Máximo. Y en La Cámpora, la investigación de Laura Di Marco, se describe la historia personal del heredero del poder kirchnerista.

21-09-2014 05:39

Título. Fuerza propia. La Cámpora por dentro.

Autor. Sandra Russo.

Es el hijo de dos presidentes y conduce desde un principio el armado de La Cámpora. No habla con los medios. Su silencio ha dejado crecer los rumores sobre su persona; nueve de diez de esos rumores son insultantes. Dicen que se pasa todo el día pegado a la Play, que es vago, que dirige una organización que reparte cargos públicos como anzuelo, entre muchas otras cosas que muy de vez en cuando se desmienten. Máximo Kirchner explicará por qué no quiere perder tiempo en las desmentidas (…). Está muy flaco; un par de veces está a punto de encender un cigarrillo pero se conforma con tenerlo entre los dedos.

Su voz desliza un acento impreciso, que es sureño, del que surgen cada tanto palabras antiguas, como “purrete”. Este treintañero que ha crecido entre Néstor y Cristina hoy habla de Néstor y Cristina, no de papá y mamá, al menos en esta primera larga charla mantenida en enero de 2013, en Olivos, en la casa donde se aloja cuando viene a Buenos Aires. (…)

Desmentidas no, debates sí

¿Y cómo son las discusiones de La Cámpora? El cliché mediático no las registra. Ni las de La Cámpora ni las de ninguna otra organización kirchnerista. Ese será un eje sobre el que pivoteará Máximo: el cliché y el estigma que los grandes medios difunden sobre las organizaciones juveniles en general, y La Cámpora en particular, está impidiendo para la oposición la comprensión del presente político, en el que la politización de nuevos sectores, entre ellos los juveniles, son una clave.

—“Muchas veces se tiene la idea de que por pertenecer a una organización política se clausura el debate. Al contrario, se abre. Pero desde una posición. Y cuando uno toma una posición, sabe que esa posición tiene flancos débiles. Cada uno sabe el suyo. Lo tenemos todos. Pero bueno, tenés que pararte, defender tu punto de vista, escuchar y poder corregir o persuadir. Hoy hay muchas cosas en discusión que antes estaban bajas. Los sectores juveniles son el síntoma de una sociedad más amplia que tomó conciencia política. Y eso es fabuloso.  

Porque mirá: no importa la edad que tengas, lo importante es que te des cuenta de hasta qué punto podés vivir contento si al lado tuyo está todo mal (…).  

Qué es la política

—El escepticismo es la base de muchas cosas –dice Máximo, hablando de su generación, la que atraviesa esta historia, la de los de treinta y pico, precisamente los que tuvieron que sobreponerse al síntoma de su propia época–. (...).

El escepticismo fue también el principal obstáculo que salieron a enfrentar los primeros armadores de la estructura nacional de La Cámpora, allá por 2007, cuando recorrieron todo el país buscando JP silvestres o grupos de militantes con los que compartieran una sintonía. Y en lo primero que coincidían con los que iban sumando era en creer que se podía, que las cosas se podían cambiar si se articulaban y eran más. Ahora, seis años después, Máximo dice:

—En 2007 hicimos una elección muy buena, aunque creo que Cristina hubiese sacado más votos si no hubiese sido mujer, y además la esposa de Néstor. Pero ahí empezó otra historia. Ahí ya había un Néstor más suelto, ya liberado de la responsabilidad de gobernar, con más tiempo para hablar con los pibes. Ahí empezó a sentarse con ellos, ahí empezaron las charlas. Yo fui testigo de ese clima que se generó.

Fue muy bueno tenerlo. Los chicos a veces se lamentan, dicen que no tuvieron tiempo de aprovecharlo. Yo creo que sí lo aprovecharon, que entre los compañeros y él se dio lo que se tenía que dar. Y lo que empezó con los pibes siguió por otro lado, porque ahora en perspectiva uno ve que lo que se abrió no fue solamente La Cámpora ni los espacios juveniles, sino muchos espacios de participación política, y eso toca a toda la sociedad. Eso cambia la escena. A Néstor lo han criticado mucho porque tenía su plata, tenía su patrimonio. Lo han criticado tipos que tienen lo mismo o mucho más que Néstor, y que nunca en su vida le dedicaron una hora de su tiempo a la militancia. Tipos que se habían ido a sus casas a hacer la suya. Néstor siempre dio sus peleas. Como intendente, como gobernador, como presidente, y después. Fue siempre un militante, como Cristina.

Máximo dice que “uno”, y se refiere a él, podría haber hecho lo mismo que tantos hijos de dirigentes o de músicos o de personas conocidas: “Creerse que el apellido es una cuestión de nobleza. Lo que nosotros demostramos es que uno puede ser parte, pero para que uno sea parte tiene que haber otros también”. Así, su silencio mediático, tallado desde la infancia por una cuestión de discreción y concepción, se funde en la construcción política a la que se dedicó.

—Es fantástico que se haya generado esta situación en la que los jóvenes estamos defendiendo posiciones de gobierno, con la responsabilidad de gobierno; no es común, ni acá ni en ningún lado –dice–. Es una experiencia inesperada. La juventud siempre quiere cambiar algo. Y en la Argentina lo que encuentra es que las cosas pueden seguir cambiando no a través de un gobierno, sino de un proyecto colectivo. Si los jóvenes miran la política desde esa perspectiva, lo que encuentran en los otros partidos es que los quieren llevar al lugar del que venimos. Las juventudes de todos los partidos se van a terminar expresando, cada una a su manera. Los de treinta para arriba eso ya lo vivimos. Y los demás, qué ven. Los más pibes tienen las experiencias de sus padres. Muchos de ellos han crecido en familias con desocupación, y han mamado el alivio del puesto de trabajo. A uno le llama la atención, por ejemplo, que haya dirigentes jóvenes que crean que la política puede contaminar algo. Eso dijo Victoria Donda sobre el 8N. Es difícil de entender, viniendo de alguien que sufrió y debe seguir sufriendo una historia terrible. Por mí puede estar a favor del 8N, ése no es el tema. El tema es que desde la política se esté diciendo que la política contamina.

¿De qué política estamos hablando? La política en la que nosotros creemos no contamina nada. Somos una organización, nos mostramos como lo que somos, decimos lo que proponemos y lo que defendemos. No engañamos a nadie. Pero si vas a empezar a disimular lo que sos… Antes del 8N decían: “No digamos que estamos a favor de los milicos”, “evitemos las frases muy agresivas”.¿Qué es todo eso? En ese momento nosotros discutimos si salir o no, si confrontar o no. Nos parecía que había que hacerlo. Pero Cristina decidió que no.”

 

Título. La Cámpora.

Autora. Laura Di Marco.

Máximo fue un chico abandonado emocionalmente por ambos padres, que entonces estaban obsesionados con la política, el poder y el dinero. Se crió en compañía de la abuela paterna (María Ostoic) y de Rudy Ulloa, que es como su hermano mayor. Cuando nace Florencia, en cambio, a Cristina la agarra con más poder. Y más infraestructura. La toma en otra etapa de su vida. Entonces, sí, a Florencia se ha dedicado más. La iba a buscar al colegio, y esas cosas. Pero esa obsesión con la política de los padres lo dejó solo a Máximo, y yo creo que para él no debe haber sido gratis –describe Rafael Flores, un testigo privilegiado de aquellos años en los que frecuentaba a los Kirchner, hasta que se pasó a la oposición santacruceña y luego a la Alianza.

Su testimonio coincide con el del resto de las fuentes santacruceñas que conocen de cerca la historia.

Nació en La Plata el 16 de febrero de 1977. Debería haberse llamado Néstor por una tradición familiar, pero Cristina lo impidió y sólo negoció el segundo nombre: Carlos.

Máximo debió ser Néstor, pero no lo fue. Heredó, sí, de su padre el colegio “El Nacional”, como llaman al colegio República de Guatemala, donde también hizo la secundaria. Allí fue compañero de Santiago De Vido, hijo de Julio y de Aixa Flores, hija de Rafael.

No tuvo actividad política en la secundaria y no se destacó demasiado, ni para bien ni para mal. Su gran amigo de aquel momento era Daniel Roquel, hijo del intendente radical de Río Gallegos, Héctor Roquel. Pero años más tarde se pelearon por política. Sus compañeros de secundaria lo recuerdan como un “buen pibe”, a quien siempre pareció gustarle más pasar desapercibido que cualquier otra cosa. Tampoco brilló en los deportes –y esto sí lo heredó a Néstor–, tuvo que resignarse con ser arquero de handball, un juego popular en Santa Cruz.

Quiso estudiar periodismo deportivo, y vino a Buenos Aires para cursar en TEA, pero quedó libre por inasistencias. Intentó, más tarde, en la Facultad de Derecho, en La Plata, donde habían estudiado sus padres, pero no logró continuar.

Sin poder encontrar su lugar en el mundo, volvió entonces a su sitio de origen y se puso a trabajar en la inmobiliaria regenteada por el ex gobernador santacruceño Carlos Sancho y Osvaldo Sanfelice.

A partir de entonces, parece encontrar un rumbo gerenciando los negocios de sus padres. Sanfelice, al que también le dicen Bochi, como a Granero, es oriundo de Puerto Deseado, un pequeño pueblo santacruceño. Trabajó siempre en el Poder Judicial, y llegó a oficial de Justicia. Obsecuente, le llevaba chismes a Kirchner, y de ese modo se ganó su confianza. Vivía pegado al santacruceño hasta que obtuvo un cargo en la Dirección General de Rentas de Santa Cruz. Luego hizo muchísimo dinero adquiriendo propiedades. Investigaciones periodísticas lo han señalado más de una vez como uno de los testaferros de Kirchner.

Otra pista sobre Máximo hay que buscarla por el lado de la personalidad del padre. Con su muerte temprana y su afección cardíaca mucho se dijo sobre la personalidad de tipo A del ex presidente. Pero hay otra característica, de la que casi no se habló públicamente, pero siempre observan los amigos de su entorno, y que parece venir de larga data. Un trastorno, en verdad, que también es señalado por quienes fueron compañeros de Néstor y Cristina en los setenta, en La Plata, donde se crió la Presidenta y en la que Néstor vivió siete años mientras estudiaba y militaba.

Los setentistas comentan que el ex presidente tenía la personalidad típica de un adicto al juego.

Y Luis Majul, en El y Ella, parece confirmar esa estructura de personalidad con el testimonio de un médico, especialista en administración, que conoció la historia clínica del ex presidente. Según Majul, el médico lo describió así:

Néstor era un ludópata no diagnosticado. Tenía la típica personalidad del adicto al juego. Porque un jugador social puede ganar o perder, pero él tenía la base de su adicción en la adrenalina de jugar siempre a todo o nada. No tenía grises. Ni en la política, ni en la vida.

Ponía en juego su capital político y su salud, en una sola ficha.

Siguiendo la hipótesis de la adicción paterna, ¿cómo impacta esa enfermedad en sus hijos? ¿Qué características tienen el hijo o los hijos de un adicto al juego (de azar o político)? Los especialistas en el campo de las adicciones, que han estudiado la dinámica de las familias disfuncionales –aseguran que allí donde hay adicciones hay una familia disfuncional–, describen varios roles probables para sus hijos.

En La familia, el prestigioso experto norteamericano en adicciones John Bradshaw distingue seis roles posibles.

Un hijo puede encarnar más de un rol, o ir cambiando de uno a otro, con el tiempo, la edad o las circunstancias. Pero cuando asume uno, queda fijado allí.

Como en una obra de teatro, uno de esos papeles es el del “realizador” o “héroe”, ese que se destaca por sus logros, el perfecto, el que no se permite fallar. Otro papel es el “chico-problema”, que es el chivo expiatorio, a quien se culpa de todas las dificultades familiares.

También está el rol del “rebelde”, que desafía la autoridad de los padres. Además, el rol de la “mascota” o “bufón”, el “regalón” de los padres, que hace monerías para aliviar tensiones.

Y finalmente, el rol que Bradshaw llama “niño perdido”, ese hijo que prefiere quedar diluido, desdibujado, desentendido de las tensiones circundantes.Es discreto, callado, de bajo perfil, encerrado en su mundo. Sus necesidades suelen ser ignoradas o estar escondidas.

Con ese paradigma de guía, con la muerte de Kirchner Máximo parece haber pasado de “niño perdido” a “guardián”, el sexto rol: es el hijo que asume la custodia emocional o el cuidado afectivo de la familia. (...)

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