domingo 04 de diciembre de 2022
DOMINGO Ser musulmán

Recuerdos latentes

20-11-2022 02:31

El hecho de haber sido criada en un hogar musulmán no debería ser más que un distante recuerdo, pues rompí con aquel mundo en 2004. Pero resulta que aquel mundo traumático en el que nací me ha definido. Está en mis huesos. Corre por mis venas. No puedo escapar de él. Pensé que podría. Empezaría de cero, podría redefinirme y vivir mi vida según mis propios términos.

Pero me he dado cuenta de que no puedo huir de mi propio ser. No tengo control sobre las mismísimas conexiones que realiza mi mente ni sobre las reacciones viscerales de mi cuerpo, y no puedo reconstruirme. Por momentos, sí creo que tal vez he superado todo y que seré capaz de vivir una vida “normal”. Pero tan pronto como bajo la guardia, siempre hay algún recuerdo latente que asoma su horrible cabeza.

El suelo en el que crecí, el agua que me nutrió, todo eso estuvo envenenado de engaño, miedo, mentiras, traición, ira, tristeza y mucho maltrato. Por fuera, puedo parecer un árbol sano, pero la verdad está oculta en mis raíces. Me las ingenio para embaucar a todos a mi alrededor. Hay amigos que conozco desde hace años y que desconocen por completo mi historia. Me dicen cosas como: “¡Pero si te ves tan normal!”, “¿cómo puede ser que no te  hayas convertido en un tiro al aire?”, “¡nunca lo habría imaginado!”.

Ni siquiera mi marido logra conciliar los relatos de aquella niña, cuya vida es tan ajena a la suya, con la imagen de la mujer de la que se enamoró. Nos conocimos pocos años después de que yo cortara vínculos con mi familia, y estaba lejos de haber sanado, pero había aprendido a tragarme la pena. No había salida. Nadie lo entendería. Sabía que a la gente la incomodaba hablar del islam, así que directamente dejé todo eso de lado.

Varios años habían pasado de mi ruptura con la religión cuando me topé un día con la página de Facebook de Bill Maher, donde leí que un grupo de ex musulmanes estaba comentando la reacción de Ben Affleck ante las críticas de Sam Harris al islam. Sus gritos de “bruto y racista” hoy son legendarios, casi un cliché. Yo ni siquiera había oído el término ex musulmán antes de ese episodio. No tenía idea de que había otros como yo.

Guardaba mis sórdidos secretos para mí. Mi vida no es políticamente correcta. No encajo en la narrativa preferida. La historia de mi vida es una verdad incómoda, y la gente prefiere sus cómodas mentiras. Pero aquella reacción de mis pares ante la diatriba de Ben Affleck provocó mis ganas de tomar partido. (...)

Los musulmanes están obligados a observar los cinco pilares del islam: profesión de fe, cinco rezos diarios, limosna, ayuno durante Ramadán y peregrinación a La Meca. Repetir los patrones rítmicos y gemir hipnóticamente palabras foráneas durante esas cinco plegarias diarias nos mantiene para siempre bajo control. No hay tiempo para apartarse de la buena senda si el próximo rezo es siempre inminente. No hay tiempo para que el cemento se descascare antes de que se le aplique una nueva capa.

Las oraciones son repetitivas hasta el tedio. No hay margen para la más mínima variación. Cada gesto ceremonial y cada palabra son específicos y metódicos, despojando a la umma (comunidad de musulmanes) de toda individualidad. Haz la cola, sigue la manada, no te distraigas. Durante el hajj, la sagrada peregrinación a La Meca, todos los hajjis (peregrinos) son literalmente desprovistos de sus ropas propias y visten unos simples atuendos blancos.

Los preparativos para rezar son tan reiterativos como las mismas oraciones. El primer paso es un ritual de ablución llamado wudu, y cada paso de wudu debe repetirse tres veces: lavarse las manos tres veces, enjuagarse la boca tres veces, sonarse la nariz tres veces, lavarse la cara tres veces, limpiarse los brazos desde la muñeca hasta el codo tres veces, higienizar los oídos tres veces, lavarse los pies tres veces.

En mi caso, como mis piernas eran demasiado cortas para alzar los pies e introducirlos en el lavamanos, debía colocarme sobre la mesada para efectuar el último paso. Después del wudu, estábamos listos para rezar, pero si entretanto uno orinaba, defecaba o despedía un gas, había que realizar todo el ritual otra vez. Luego seguían los rezos, los cuales traían aparejadas sus propias minucias ritualistas. Había que estar orientado en una dirección específica: hacia la Kaaba, en La Meca, Arabia Saudita. Los varones no debían lucir nada específico para la ocasión, pero las mujeres sí debían cubrir cada ápice de sus cuerpos, excepto rostro y manos.

Yo odiaba ponerme calcetines, pero Alá no aceptaba las plegarias de ninguna mujer que estuviera descalza. Mi hermano comenzaba con la adhan, la llamada a la oración. (...)

Luego nos formábamos: los varones adelante y las chicas atrás. En la mezquita a la que concurríamos, los hombres ingresaban por la puerta principal, mientras que las mujeres lo hacían a través de una entrada trasera, justo afuera de la cocina, cerca de los contenedores de basura.

*Autora de Sin velo, Editorial Libros del Zorzal (fragmento).

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