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ECONOMIA / Urgencias de la política
viernes 5 junio, 2020

Muchos mercados para una sola obsesión: el dólar

Se insiste en sostener que hay un tipo de cambio único cuando proliferan clases y subclases en función de ciertas variables. Toda la estrategia de mantener loteado el mercado cambiario apunta a contener la inflación con herramientas no monetarias.

Mundo Keynes. Cuando el capitalismo cruje, todos se acuerdan de él. Foto: Pablo Temes
viernes 5 junio, 2020

El espacio en el que interactúan la oferta y la demanda de divisas conserva aún la denominación oficial como Mercado único y libre de cambios (MULC), surgida en 2002 luego que otra nominalidad quedara desnudada ante la realidad: las leyes que originaron la convertibilidad, implosionaban luego de once años de plena vigencia.

Todavía, por ejemplo, no se pueden indexar los contratos de alquileres hasta que la nueva ley en el Congreso termine de aprobarse. Cualquiera que haya alquilado en este tiempo sabe que las previsiones inflacionarias se volcaban en precios fijos escalonados dentro del contrato. ¿Por qué entonces la insistencia en sostener que hay un tipo de cambio único cuando proliferan clases y subclases en función de determinadas variables?

Robert Potash (1921-2016) fue un historiador norteamericano de la Universidad de Harvard que encabezó una investigación sobre la influencia del Ejército en la política argentina hasta 1973, con un método que revolucionó la aproximación al estudio de temáticas contemporáneas en nuestro país. Justamente, uno de sus abordajes que explicaba la discrecionalidad para fijar políticas económicas durante la década de los 50, fue la utilización de múltiples tipos de cambio (una disposición administrativa-financiera) para favorecer o castigar a determinados sectores productivos.

La pelea Pagni-Verbitsky por los dólares de Macri y Cristina

Pero también, como era en el caso de los uniformados, acceder a un cambio preferencial para la importación de autos (aún no había terminales argentinas), por ejemplo. Como vemos, nada nuevo bajo el sol en esa pulsión por establecer precios y condiciones, pero luego desatender las consecuencias inevitables.

Fijar una franja para dividir sectores es pasar por alto el normal desenvolvimiento de la actividad económica. Evidentemente, establecer la existencia de un único tipo de cambio implica, justamente, mezclar la afluencia de oferentes y demandantes de dólares (o su equivalente en otras monedas) y visibilizar la diferencia de productividades y características de muchos sectores.

Es claro que, para determinados actores, un precio les genera rentabilidad y ese mismo a otros los deja fuera de juego. Desde hace décadas existe un debate si tales diferencias deben ser aceptadas, combatidas permanentemente o administradas para amortiguar dicha brecha y así converger en el mediano plazo a un estándar único.

El actual ministro de Economía, por ejemplo, es un defensor acérrimo de los sistemas de cambio múltiple, como los propuestos en un paper de 2017 en coautoría con Joseph Stiglitz y el colombiano José A. Ocampo (“Real exchange rate policies for economic development”). Allí, se profundiza la línea por la cual el tipo de cambio efectivo (es decir el “nominal”) más o menos los componentes impositivos o fiscales como herramienta clave para apalancar el desarrollo económico. Alterar el sistema actual, si hubiera interés, sería nadar contra la corriente, dadas las voces que más se escuchan en la Casa de Gobierno para poner a la Argentina de pie.

Como ocurrió en otros momentos, la polémica en torno al dólar surge cuando éste empieza a escasear. ¿Por qué?

Es que, dada la amplia gama de tipos de cambio, el precio más bajo posible es al que todos quieren acceder y por el que hay menos interés en liquidar. Recordemos que, en materia de comercio exterior, los exportadores tienen obligación de liquidar sus ventas en dicho mercado y se pesifican automáticamente. Por lo tanto, no tienen opción de derivarlo a los otros tramos del mercado en el que aumentarían considerablemente su rentabilidad.

Por el contrario, las quejas que muchos importadores están teniendo en estos días a propósito del brote de escasez de divisas, no es la prohibición sino el que se ven empujados a adquirirlos en el otro tramo del mercado.

Esta escala real tiene tantos valores como tipos de cambio menos las retenciones y más los reembolsos que pueda haber. Tomando, entonces un cierre de ayer del Banco Nación de $ 70,75 para la venta (importadores) y $65,75 para la compra (exportadores), algunos de los precios accesible serían:

  • Dólar soja (-33%)= $46

  • Dólar trigo/maíz (-12%)= $60,45

  • Dólar carne (-9%)= $62,50

  • Dólar girasol (-7%)= $63,90

  • Dólar aceite girasol (-5%)= $65,26

  • Dólar importación: $68,70

  • Dólar exportación: $68,90

  • Dólar compra BNA= $65,75

  • Dólar venta BNA: $70,75

  • Dólar solidario: $89,60

  • Dólar-auto: $93

  • Dólar MEP (bolsa) venta: $108,10

  • Dólar MEP (bolsa) compra: $108,30

  • Dólar contado con liquidación compra: $113

  • Dólar contado con liquidación venta: $114

  • Dólar informal (blue): $ 125

Además, la persona que importa en Argentina debe considerar la tasa de estadística (entre 0% y 0,5%), Impuesto a las ganancias del 6%, Ingresos Brutos (pueden ser del 3%), tasas de Aduana (Oficialización, de US$10,00 y de Digitalización de US$28), IVA (21% o 10,5%) y adicional del 20% para ciertos productos. También hay productos se eventualmente con prohibición de importar (azúcar), otros con sistemas de cuotas o ponderaciones cualitativas y también diferenciación por zona de origen, según acuerdos de libre comercio.

Por último, a esta amplísima escala de cotizaciones se agregaría otro dólar implícito que se alimentará de la demanda de importadores a medida que se extiende el cepo para acceder al dólar de importación “oficial” más barato. Un valor “mix” que se ubicaría entre el oficial y el contado con liquidación (hoy sería unos $90) y al cual, poco a poco, irían convergiendo la compra de servicios, bienes de consumo y ciertos insumos intermedios.

Administrar la brecha y las fronteras entre un tipo y otro, con el impacto en el stock de reservas que ello alienta, absorberá, también las energías del equipo económico.

Toda la estrategia de mantener loteado el mercado cambiario apunta a contener la inflación con herramientas no monetarias. El impacto sobre la producción, en contra a lo que el propio ministro decía cuando era un scholar de Columbia, será postergado por las urgencias de la política económica de corto plazo. Una vez más.


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