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ELOBSERVADOR / sobre la entrevista de Fontevecchia a zizek
domingo 28 octubre, 2018

El anarquista hegeliano que cree que la izquierda no sabe gobernar

El 9 de septiembre pasado, PERFIL publicó una entrevista al pensador esloveno. A partir del reportaje, el autor reflexiona sobre cómo sus ideas interpelan tanto a la izquierda como la derecha de la política global.

por Tomás Abraham

Diálogo. Slavoj Zizek con Jorge Fontevecchia. Hablaron de los populismos, el avance de China, su discusión con el feminismo y el rol de las redes en la época actual. Foto: joze suhadolnik / ap

En su último libro The courage of hopelessness, (El coraje de la desesperanza, ed. 2017) Slavoj Zizek sostiene que la izquierda no tiene ninguna idea de cómo gobernar. Sobre esta incapacidad habla en términos generales, pero analiza con más detalle la crisis griega, y agrega que personajes tan apreciados por la militancia como Chávez o el subcomandante Marcos, son liberadores en la resistencia y déspotas latentes o manifiestos cuando acceden al poder.

Para él el verdadero coraje hoy en día reside en asumir esta carencia, y no soñar con alternativas sin contenido. Este tipo de ensoñaciones utópicas no son más que signos de cobardía teórica.  

Dice que solo cuando nos desesperamos y ya no sabemos qué hacer, cuando atravesamos el punto cero de la desesperanza, si demostramos que estamos a la altura de lo que exige ese tiempo vacío, recién entonces un cambio puede producirse.

Para un filósofo –el New York Review of Books que no lo aprecia en demasía como a ningún pensador francés o afrancesado, no lo llama así, lo califica de “social cientist”– que se identificó como comunista, leninista, estalinista, a contracorriente del pensamiento políticamente correcto, que en ningún momento cedió en sus deseos ni principios, que mantuvo su ideal revolucionario, de acuerdo a la consigna "a pesar de todo" de su colega Alain Badiou, esta postura implica una revisión.

Si la palabra "revisión" no es agradable, podemos decir que nos aporta una nueva reflexión, y una nueva posición.

Sin embargo, es difícil fijarle una posición a Slavoj Zizek porque es un esgrimista, entra y sale, dice una cosa y luego la otra, una vez lo positivo y después lo negativo, es la verdadera encarnación de lo que es en su versión un hegeliano en crudo y en directo.

No todos los hegelianos son así. Los hay como el erudito Alexandre Kojève que se deslumbró con el filósofo de Iena que predicaba un gobierno mundial en la era del Espíritu absoluto al mando de Napoleón, después de la Revolución Francesa, y que el filósofo ruso-francés transfirió a Stalin después de la Revolución Bolchevique. Tanto Napoleón como Stalin eran llamados primero por Hegel y luego por su intérprete Kojève a ser conductores de un gobierno planetario.

Otros ven en Hegel al filósofo que diagnostica el fin de la historia una vez que la humanidad ha agotado todas las fases de su desarrollo ético-político. Así lo afirma Francis Fukuyama, que considera que la democracia liberal en el encuadre de una economía de mercado, es la cima de la evolución después de la cual no hay más que repetición y monotonía.

Los marxistas tienen una larga relación con Hegel. Durante décadas se concebía al marxismo como un hegelianismo puesto sobre sus pies, aterrizado. A Hegel se le atribuía la dignidad de haberle aportado a Marx el pensamiento dialéctico y su visión de la conflictividad en la historia.  

Pero esta consideración fue puesta en tela de juicio por el marxismo de Louis Althusser para quien Hegel es un filósofo que en nombre de una dialéctica ascendente no hace más que retrasar un círculo para recuperar un punto de partida u origen como toda concepción mítico-especulativa, o como Althusser sostenía: ideológica. De la que Marx se separa con la ciencia de la historia o materialismo histórico.

Por su lado, en nombre de Nietzsche, Gilles Deleuze le atribuye a Hegel una falsa confrontación que con el nombre de “trabajo de lo negativo”  reconcilia los opuestos hacia una nueva unidad en desmedro de la potencia subversiva del pensamiento afirmativo a la vez que trágico.

Y, finalmente, Zizek.

¿Y si hay que matar para que la vida tenga algún valor? ¿Cuál es el problema? ¿Acaso es mejor que dominen el mundo los codiciosos y mediocres?

Un hegeliano anarquista es una novedad. Para él, el filósofo alemán construye un sistema atravesado por una tensión y una inestabilidad profunda que no solo impide toda reconciliación entre opuestos sino que la hace estallar (El espinoso sujeto,1999). Dice que Hegel solo se convirtió en Hegel cuando aceptó que no hay ningún Absoluto más allá o por encima de las oposiciones y contradicciones reflexivas de la finitud.

Para el filósofo esloveno, la lección básica de Hegel indica que el camino hacia la verdad no es el de descartar posiciones unilaterales para crear una unidad armoniosa de la vida, sino la de extremar las fuerzas enfrentadas para que cada instancia llegue al punto de revertirse en su opuesto.

Zizek convierte al sistema hegeliano en una máquina de guerra en el que “la primera negación es el acto criminal del sujeto contra la sustancia, luego, la negación de la negación, es la venganza de la sustancia” (ibd, pág. 86). Aquí lo que importa no es tanto los idas y vueltas entre sustancia y sujeto, o entre contradicción y síntesis, sino la atmósfera de “thriller” que le otorga Zizek.

Hay dos lumbreras que iluminan el pensamiento de Zizek: Hegel y Lacan. Con el primero da batalla, con el segundo se divierte. El primero lo autoriza en su voluntad de demolición, el otro con el sadismo del titiritero que juega con el candor de los hombres.

Inocentes los hombres que no son más que “momentos” del proceso de una historia que viven e ignoran, y tiernos a la vez cuando insisten en su pasión por no saber y en delegar la sapiencia en el Otro.

¿Quién es ese Otro supuesto saber? Zizek responde: Dios, el Partido, el Analista. Y añadimos: Hegel y Lacan.

Los dos hablan del corte, de la fisura y de la escisión del Sujeto. Para el filósofo alemán se trata del sujeto del conocimiento o de los bramidos internos de la razón especulativa, para el psicoanalista, del sujeto del deseo con sus tragicómicos extravíos.

Para Slavoj Zizek el verdadero desastre es lo que llama el "consenso liberal". No considera que Trump "constituya la amenaza de catástrofe de nuestros días".

El descubrimiento del Inconsciente mostró que la psique es un cepo. Zizek que admira a Lacan, difunde la chanza por la cual sostiene que Dios es el Inconsciente, por ser la mentira fundamental que proporciona la unidad fantasmática de las personas.

Cuanto más creemos escaparnos de nuestro destino más nos internamos. Es la historia de Edipo que huye hacia su perdición y del dólar en la Argentina, cuanto más caro más se compra. En ambos casos se desafía tanto la lógica elaborada por los dioses del Olimpo como por los popes de Wall Street.

Lo dice el mismo Zizek cuando nos da la imagen de un túnel oscuro por el que transitamos temerosos hasta que vemos una luz que al aumentar de tamaño anunciaría la ansiada y prometedora salida…¿Pero y ese ruido infernal? ¿De dónde viene esa luz que enceguece? Es el rugido del avance tumultuoso y enloquecido de los focos de una locomotora que se precipita en sentido contrario. El foco parece el mismo, su resultado no. Por algo es un fan de Hitchcok. Es una imagen que también le gusta a Elisa Carrió cuando nos alienta a no temerle a la oscuridad del presente, pero sin la prudencia del esloveno ni la inesperada peripecia del creador de Psicosis.

Por un lado el sujeto se rompe, por el otro es burlado. Citando a un supuesto álter ego, por lo menos tan filoso como él, menos sarcástico y más frontal, Christopher Hitchens, afirma que "engañar a las masas es lo único que mantiene cuerdas a las personas".

Pero en ambos casos, por el sujeto barrado y burlado, Zizek no puede renunciar a una tanatología. Entre la pulsión de muerte freudiana y la “noche del mundo” de Hegel (pesadilla sepulcral en la que salen a bailar los espectros), todo proceso integrador está asolado por un fantasma de desintegración. Además es un fan de las películas de David Lynch.

Una especie de “viva la muerte”, por la que si la humanidad aspira a llegar a la libertad, primero debe pasar por el Terror. Es la lección de las revoluciones (El sujeto espinoso, pág. 105).

¿Cuál es el problema? ¿Morir? ¿Acaso no vamos a morir de todos modos? ¿Es mejor una vida chata y una muerte natural que una vida con sentido y una muerte violenta?

¿Y si hay que matar para que la vida tenga algún valor? ¿Cuál es el problema? ¿Acaso es mejor que dominen el mundo los codiciosos mediocres que se apropian de las riquezas y que viven impunes bajo el paraguas de los derechos del hombre?

El miedo a la muerte es una obscenidad para Alain Badiou, para quien la Verdad y el Bien justifican el sacrificio de la propia vida y la matanza de la ajena. Ya lo dijo en otro de sus innumerables libros: si condenamos el costo en vidas de un proceso revolucionario, deberíamos excomulgar definitivamente a la Madre Naturaleza que se encarga de hacernos desaparecer metódicamente.

Pero ahora Zizek duda. Este asunto de la desesperanza tiene sus efectos. Es como un ansiolítico ante la impaciencia por aplicar la Verdad a quienes no quieren aceptarla. No está tan seguro de la necesidad de la gran fosa a la que deberían ser arrojados los reaccionarios. Ya hace años en otro libro: A propósito de Lenín (2004) se detiene en el arrepentimiento de Lenín ante su propia desesperanza que lo afligía por la situación posrrevolucionaria en la URSS y las dificultades que encontraba en el proyecto de construir la sociedad socialista.

Llegó a la conclusión de que no era posible consolidar la dictadura del proletariado en medio de un campesinado ignorante, semiasiático, con un enorme atraso cultural, que exigía una larga transición por un capitalismo estatal, una intensa labor educativa de las masas y una imposición paciente y gradual de las normas de la sociedad desarrollada (A propósito… pág. 18).

Stalin se encargaría mediante la colectivización forzada y la masacre de millones de campesinos recalcitrantes a darle la síntesis dialéctica al arrepentimiento de su antiguo jefe.

Los genocidios y las masacres del siglo pasado son para Badiou un efecto de lo que llama “la pasión  por lo real”, en otras palabras: en política hay que dar duro sin anestesia, aunque nos equivoquemos. Peter Sloterdijk, también en un libro reciente: What happened in the 20th Century?(2017), traduce el pensamiento consigna de Badiou en otros términos: “el Apocalipsis de lo real”.

El filósofo alemán, a quien Zizek designa como “mi amigo  liberal, conservador y anticomunista” (The courage… pág. 34) –en realidad es otro anarquizante, pero sin tanta voracidad por hematíes frescos– dice que el punto de arranque de esta pasión por lo real es el Marqués de Sade, para quien la decapitación del monarca libera las fuerzas naturales de su orden absoluto.

Citemos a Sloterdijk: “Todo extremista (radical en inglés) desde ese momento está autorizado a afirmar la siguiente máxima: puedes hacer lo que quieras siempre y cuando actualices un impulso de la naturaleza (la gran asesina). La posición realista significa en la actualidad la correspondencia y la subordinación del intelecto a un orden que nos es exterior; implica la puesta en movimiento de lo real y su intensificación de las causas que pretenden producir nuevos efectos. Crímenes aún no cometidos esperan a sus ejecutantes –como las revoluciones aún no producidas esperan a sus activistas. Aquello que el siglo XX reconoce como Gran Política –un término que proviene de Nietzsche– asume la forma del 'buen crimen' en gran escala, con Lenín y Stalin, como con Hitler y Mao Zedong. El hombre realista es el agente, el médium, y apóstol del poder que solo concreta su libertad expresiva una vez desinhibida. El revolucionario como el buen criminal” (pág. 66).

Decíamos que Zizek estaba cambiado,  ya no cree tanto en lo que dice Badiou. La idea de “acontecimiento” que el filósofo francés despliega hace años para subrayar la “diferencia” que produce un acto revolucionario en la política, le despierta serias dudas. La posición de Badiou de que es mejor arrasar con todo antes de someterse a lo que llama el desêtre (el sinser) de la abominable democracia liberal posmoderna del capitalismo global y de su universo hedonista y utilitario, por lo que es mejor un “desastre” (el lector debe apreciar el juego homofónico entre “désastre” y “désêtre)”, le hace decir a Zizek que "si un acontecimiento fascista es mejor que un no acontecimiento de la supervivencia capitalista; que es mejor un Trump catastrófico que el estado liberal-vegetativo, definidamente no es mi posición".

Nada más claro que su oposición al desastre general; aparentemente no considera que vegetar de un modo liberal es lo peor que le puede suceder a un ser humano, lo confirma en el extenso reportaje que le hizo Jorge Fontevecchia cuando dice que simpatiza con Europa porque le ofrece una "vida buena, segura y libre", a lo que agrega: por supuesto que prefiero la democracia.

Sin embargo, Zizek es barullero. Si no quiere una catástrofe “trumpista”, es porque no considera que Trump constituya la amenaza de catástrofe de nuestros días, para él, el verdadero desastre es lo que llama "el consenso liberal".

II

Veamos ahora por qué condena a la democracia liberal y al socialismo de estado por igual y por qué considera que la izquierda no encuentra una alternativa a estos dos fracasos.

Comencemos por presentar su diagnóstico por el que en estos últimos años el paraíso capitalista explotó en cuatro niveles: a) el fundamentalismo terrorista; b) las tensiones geopolíticas con y entre poderes no europeos (China y Rusia); c) el auge de los movimientos emancipatorios en Europa (España y Grecia); d) la ola de refugiados que atraviesan el muro entre “nosotros y ellos”.

Ante esta situación Zizek dice que la izquierda propone medidas de austeridad y multiculturalismo, y la derecha, distribución y xenofobia. Dos callejones sin salida a la vez que peligrosos.

Para él hay un choque no entre civilizaciones sino entre el capitalismo global y la democracia global. Pero la solución no reside en ponderar los valores de un Occidente ilustrado y liberal que no son más que una caricatura sino en reinventar al comunismo.

Es interesante el nuevo contenido de la palabra, ya que no se trata de la apropiación colectiva de los medios de producción y del capital, sino de lo que  denomina “los recursos colectivos comunes”, a saber: a) el capital inmaterial como el cognitivo, el lenguaje, la educación, los medios de comunicación, el dinero virtual; b) los bienes comunes de la naturaleza externa referidos al calentamiento global, a la polución, al derretimiento de los polos y a los niveles oceánicos; c) los bienes comunes de naturaleza interna como la herencia biogenética; d) bienes comunes de la humanidad en cuanto tal que conciernen al espacio social y político compartido frente al levantamiento de muros y políticas de apartheid.

La reinvención del comunismo exige esta batalla contra el confinamiento de los bienes comunes, tomando en cuenta, agrega, que en sentido estricto, solo al último de los apartados le correspondería el calificativo de comunista en tanto atañe a una cuestión  de Justicia.

Para llegar a un buen resultado hay que apuntar al blanco correcto. Esta vez está de acuerdo con Badiou en que el principal enemigo no es el capital sino la Democracia, el fetiche a derribar.

Tomemos en cuenta que en la reciente entrevista de PERFIL, Zizek dice que la China es un anticipo de los horrores que nos esperan, y que no deja de ser una lección por demás triste. Por lo que vivir en Europa no lo convence, ni Asia, y durante su estancia en nuestro país con lo que más se deleitó fue con el choripán.

¿Cuál es la solución para que “lo” común le pertenezca “al” común de los mortales?

Zizek no cree en las soluciones de Sloterdijk que como liberal y conservador pretende que haya un cambio de las políticas soberanas de la naciones en las que cada una arriesga todo por la supervivencia de su causa, a otra política de unidad lograda por negociaciones y compromisos moderados.

Tampoco se ilusiona con el desvarío de filósofos como Michael Hardt y Antonio Negri, que en nombre de Spinoza y Deleuze, aspiran a un gobierno de multitudes que imponen una ciudadanía global con un ingreso mínimo, una especie de intelecto general basado en la expropiación de una sociedad de conocimiento hoy en manos de la “netocracia (La revolución blanda, 2004, págs. 14 y ss).

Dice que un sujeto colectivo con derechos universales solo puede peticionar ante un poder Legislativo Universal de un Estado Universal. Con lo que por un lado se llega a la aporía del huevo y la gallina que ya conoció el Divino Jean Jacques en su Contrato Social.

Si ya estamos de acuerdo en ser representados en un organismo total, ¿para qué lo necesitamos? Para Zizek este tipo de ideas son propias de un histérico que provoca al amo con demandas imposibles.

Tampoco se deja seducir por las propuestas de Ernesto Laclau y su lógica de la equivalencia ni sus simuladores conceptuales fraguados en una semiótica algo grotesca para paladar de un resucitado Rabelais que ya se había deleitado con la escolástica medieval.

No hay solución política para Zizek. Y menos salida cultural. Ya en el reportaje de Fontevecchia amenazaba con hacer limpiar inodoros a quienes superaran un tiempo máximo de tuiteo.

Zizek no cree en el significante vacío que encarna en el ejemplo de hace unos años del subcomandante Marcos,

Pedir un Grexit le parece iniciar una aventura sin retorno. ¿Qué quiere esa izquierda? Un default, la nacionalización de los bancos, el control de los capitales, una moneda paralela, libertad de emisión, es decir, señala Zizek, una nueva versión del socialismo de estado.

Y se pregunta: ¿cuáles serían los efectos de esta política en una economía totalmente integrada a Europa Occidental, dependiendo de importaciones de comida, insumos industriales y medicamentos? ¿En qué zona podría situarse? ¿En la de Bielorrusia y Cuba?

Reconoce que la situación política griega y su derrumbe económico no solo se deben a una confabulación neoliberal sino a un Estado inflado y clientelista con dos millones de empleados públicos y una corrupción sistémica avalada durante años ésta vez sí, por los poderes de la gran Europa.

No hay solución política para Zizek. Y menos salida cultural. Ya en el reportaje de Fontevecchia amenazaba con hacer limpiar inodoros a quienes superaran un tiempo máximo de tuiteo.

La guerra de los géneros le parece un sinfondo que inventa un mundo de relaciones amorfo y deserotizado en nombre de un  nuevo humanismo asexuado. La Lgbtia, es decir el conjunto lésbico-gay-bisexual-transexual-intersexual-asexual y arromántico, es parte de una sociedad de consumo en el que se lanza la consigna de inventarse a sí mismo.

El neologismo de Lacan, “latusa”, que designa un objeto inútil y divertido, le sirve a Zizek para decir por un lado que es cierto lo que dice el psicoanalista francés cuando afirma que “no hay relación sexual”, ya que no somos animales definidos por un nudo instintivo. Hacemos el amor con prótesis y un café de por medio.

No se ilusiona con el desvarío de algunos filósofos que en nombre de Spinoza y Deleuze aspiran a un gobierno de multitudes que imponen a una ciudadanía global

Y que tendemos a ya no tener sexo con personas sino con celulares y drones.

Para Zizek, el capitalismo posmoderno ya no vende productos sino experiencias. Experiencias de vida como las sexuales, gastronómicas, comunicacionales, culturales, estilos.  Como decía Foucault, agrega el filósofo esloveno, se trata de hacer de nuestra vida una obra de arte.

Pero mientras el autor de El uso de los placeres y El cuidado de sí tenía el proyecto de analizar un modo de ejercicio de la libertad en la Antigüedad que lo diferenciaba de la obediencia monástica del cristianismo y de las normas disciplinarias de la modernidad, en nuestros tiempos, para Zizek, compramos un cuerpo bien modelado en los gimnasios, nos iluminamos espiritualmente con la meditación trascendental, en ciencia con productos orgánicos, adquiriendo notoriedad por frecuentar ciertos restaurantes.

A no dudar, Zizek repudia los esnobismos. Ya lo hizo en Organs without bodies (2004) más dedicado a los deleuzianos que al mismo Deleuze, a quien de todos modos tilda de ideólogo del capitalismo tardío y a Foucault de ser portavoz de la ideología dominante –cuarenta años después de Sartre que lo calificaba de tecnócrata burgués–.

Pero eran otros tiempos, antes de esta conversión de Zizek. Ahora, ante la esterilidad de la izquierda, solo desea irse del escenario como lo hizo Lenin que ante el desconcierto sobre “¿qué hacer?”, se retiró a cuarteles de invierno para leer La lógica de Hegel.

Estima que lo peor que puede hacerse es una acción irreflexiva, “a crazy act”, y ya hace casi quince años decía que la única manera para echar los cimientos para un cambio verdadero y radical es retraernos de la compulsión de actuar, y dedicarnos a “no hacer nada” –revirtiendo la famosa tesis de Marx para quien los filósofos debían renunciar a comprender el mundo para transformarlo– y así abrir un espacio para un tipo diferente de actividad.

Como lo decía en el reportaje de PERFIL: learn, learn, learn! No es una mala lección la de estimular el estudio. Es lo que hacemos cuando leemos los libros de este filósofo barullero que combina, como pocos, actualidad y filosofía, y que en su última entrega reinstala el pensamiento inicial de nuestra afición: solo sé que nada sé.

* Escritor y filósofo.


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