ELOBSERVADOR
Fingir ser soberano

La verdadera autonomía estratégica de Argentina

La captura de Nicolás Maduro demostró que, frente a una potencia militar global como los Estados Unidos, lo que un país mediano disponga militarmente es inútil.

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Make America Great Again (MAGA, Hacer a los EE.UU. grande de nuevo) no pasa por transformar a la Argentina en el Estado 51. Nuestro país no tiene ese tipo de riesgo a su soberanía. ¿Pero qué opción real podría haber tenido un presidente que no hubiera sido Milei frente a estas circunstancias? ¿Ir a los brazos de China? ¿Llevarse de bruces con los EE.UU. y con Trump en particular? ¿Seguir a Brasil en los Brics? ¿Era viable esto último sin terminar en un desastre político, económico y social en un muy corto tiempo? Contestar estas preguntas con honestidad intelectual y sin la influencia de la ideología propia es muy difícil. Es uno de los desafíos que tiene la elite política argentina y la academia vernácula dedicada a estos temas.

En Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney definió que “el poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”. Señaló también que “el orden basado en normas tiende a desaparecer” y que “los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias”. Bajo estas circunstancias destacó: “Los países tienden en gran medida a seguir la corriente para mantener buenas relaciones. Se adaptan. Evitan los conflictos. Esperan que este conformismo les garantice la seguridad”. Preguntándose luego cuáles eran las opciones disponibles en este momento de ruptura, no de transición, del orden internacional tal como lo conocíamos, con sus fallas y sus éxitos, antes de la guerra en Ucrania impulsada por Vladimir Putin y la nueva geopolítica de expansión territorial de Donald Trump.

Carney dijo además: “Las grandes potencias pueden permitirse actuar solas. El tamaño de su mercado, su capacidad militar y su poder les permiten imponer sus condiciones”. E indicó: “No es el caso de las potencias medias. Cuando negociamos solo a nivel bilateral con una potencia hegemónica, lo hacemos desde una posición de debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes”. “Eso no es soberanía. Es fingir ser soberano mientras se acepta la subordinación. En un mundo marcado por la rivalidad entre las grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía que tenga peso”, concluyó.

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Dadas estas palabras, frente a los EE.UU., con Javier Milei como presidente electo, Argentina optó por obtener favores, primero de Joe Biden y luego de Trump, en un contexto de debilidad propia, casi sin autonomía estratégica (en especial, en el ámbito financiero) pero, a diferencia de Canadá, protegida por su distancia de los EE.UU.

Por otro lado, la Estrategia de Seguridad Nacional 2025 de los EE.UU., publicada en diciembre pasado, refuerza la idea de que no había muchas opciones disponibles para la Argentina. Tal vez, algún matiz que hiciera menos evidente la subordinación, pero no mucho más que eso. Una simulación discursiva, probablemente. Nada más. La fragilidad económica del país no llevaba a otro camino que el adoptado. Más cuando, en este documento posterior a la toma de decisión, el hemisferio occidental se elevó como la máxima prioridad de los EE.UU. bajo una especie de nueva recreación de la Doctrina Monroe. Argentina no podía quedar en otro lado, a pesar de las relaciones construidas con China.

En palabras de la especialista Carlota García Encina, del Real Instituto Elcano, esta nueva estrategia fusionó “sin pudor un documento de seguridad nacional con propaganda de campaña”. Sigue: “Y eso puede tener consecuencias: desdibuja la frontera entre estrategia institucional y mensaje electoral, complica la evaluación de la fiabilidad de EE.UU. por parte de los aliados y aumenta la incertidumbre sobre la continuidad más allá de una persona”. Sin embargo, García Encina también considera que algunos cambios estructurales aquí definidos pueden sobrevivir a la administración Trump tales como “la presión para trasladar –que no repartir– cargas a los aliados, el escepticismo hacia las instituciones globales, una definición más estrecha de los intereses nacionales y la centralidad de los intereses económicos”, incluso con una administración demócrata.

Y he aquí un punto crucial para Argentina porque esta alianza con los EE.UU. ejecutada por Milei: ¿es transitoria o vino para quedarse? ¿Cuánto de consenso tiene entre la elite política argentina? Es un asunto, por ahora, también sin respuesta.

Las grandes cuestiones que hacen al país, como esta, no son abarcadas en profundidad por nadie. Hay una soledad en Milei al respecto ya que nadie con seriedad ha reflexionado y formado una postura sustentable desde el ámbito político argentino porque el poder político aquí se mueve sobre la coyuntura, sobre la conveniencia electoral, sin liderazgos basados en un interés nacional, con una matriz populista (incluido Javier Milei) para llegar al poder y conservarlo manipulando a la sociedad según los vaivenes de algunas ideas que puede apoyar la opinión pública mayoritaria de la población, en general poco instruida y con una educación degradada con el paso del tiempo, sustentada más en factores emocionales que racionales, lo que hace que el tratamiento de un tema vital como este no pueda ser ni siquiera abordado con la seriedad que se merece.

Además, el gobierno de Milei poco o nada hace para convencer y liderar un consenso. La alianza con los EE.UU. luce, por ahora, como una imposición del presidente argentino, dejándonos casi sin autonomía estratégica frente a ellos y a la comunidad internacional.

En este contexto, esta falta de autonomía no se disimula y además se la sobreactúa, tanto como pueda verse, desde los escudos institucionales similares a los de los organismos pares estadounidenses, hasta en las declaraciones institucionales presidenciales y las decisiones que se adoptan tratando de seguir al presidente Trump en sus políticas y decisiones.

Pero la realidad es que la Casa Rosada no es la Casa Blanca. La SIDE no es la CIA. El nuevo departamento de investigaciones de la Policía Federal Argentina no es el FBI. La nueva Agencia de Migraciones no es el ICE. La nueva Agencia Federal de Emergencias no es la FEMA. El alambre gallinero de 200 metros en Aguas Blancas (en la frontera con Bolivia) no es el muro fronterizo de los EE.UU. con México. El Ministerio de Justicia no es el Department of Justice. El Ministerio de Seguridad Nacional no es el Department of Homeland Security. El Ministerio de Defensa no es el Pentágono. La Cancillería no es el Department of State. El secretario de Asuntos Estratégicos no es el asesor de Seguridad Nacional de Trump. Y la Estrategia de Seguridad Nacional argentina no existe así como tampoco tenemos definidos los intereses nacionales que se persiguen institucionalmente, como tal sí lo tienen los EE.UU.

En este presente, Argentina no tiene política exterior. Se niega a tener una política de seguridad nacional y por ende no tiene una política de seguridad institucional, de defensa nacional ni de seguridad interior. Así funciona la gobernanza que tenemos.

Por otro lado, la captura de Nicolás Maduro demostró que, frente a una potencia militar global como los EE.UU., lo que un país mediano disponga militarmente es inútil y eso que Venezuela tenía aviones militares rusos Su-30, un sistema antiaéreo moderno y robusto con una combinación de misiles, mayoritariamente rusos, pero también franceses y suecos, y radares chinos, algunos de última generación; es decir, muchísimo más de lo que dispone Argentina.

También mostró que cuando se elige una alianza política y militar con China y Rusia no debe confiarse plenamente del apoyo concreto que estos países puedan dar cuando se lo necesita. No son rivales militares para los EE.UU. Al mismo tiempo, se probó que el único medio de defensa concreto que tuvo Venezuela fueron sus milicias y fuerzas paramilitares por su capacidad de llevar a cabo operaciones en el terreno haciendo muy costosa una invasión con una ocupación tal como ocurrió en Irak o en Afganistán.

Frente a este panorama, qué sentido tiene darles a las Fuerzas Armadas argentinas las armas que los militares piden para tener unas capacidades que a la postre serán inútiles. Entonces, vale preguntarse: ¿para qué pagar con dinero público lo que se dice querer si no sabemos qué utilidad efectiva para la defensa del país pueden tener? Y si desde el Board of Peace (que Milei aceptó integrar) se nos pidiera el envío de soldados argentinos a la guerra, ¿estamos preparados políticamente para tal cosa con una aprobación institucional del Congreso? ¿Soldados por deuda? ¿Es posible? ¿Es aceptable? ¿Es una opción para la política argentina? ¿Podría ser esta una justificación para el reame militar argentino?

Cuantas cuestiones tiene la elite política argentina (incluida La Libertad Avanza y su líder, Javier Milei) para reflexionar y generar un consenso para definir nuestros intereses nacionales y aquellas políticas necesarias para alcanzar una autonomía estratégica razonable para un país como el nuestro. No para los intereses de un partido político o de un futuro individuo candidato a presidente en 2027 para alcanzar el poder sin contenido, escapándole a la complejidad y sin saber qué hacer ni cómo hacer ese qué hacer en la dinámica que impone este mundo.

La sociedad y el país necesitan esta reflexión. Esperemos que este artículo sea un insumo de ayuda.

*Ingeniero, magíster en Defensa Nacional.