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Ser o ser visto

En Las musas aprenden a escribir. Reflexiones sobre oralidad y escritura desde la Antigüedad hasta el presente, Eric Havelock plantea que la introducción del alfabeto escrito en Grecia reconfiguró, entre otras cosas, la estructura del conocimiento, porque la captación meramente auditiva de la palabra pasa a ser visual, propiciando cambios de significado y posibilidades de trascendencia. En Sócrates y Platón, vemos como las formas orales del maestro sobreviven a través de la palabra del discípulo, quien, sin embargo, es un pensador eminentemente escrito. Hegel decía que “el aprender a leer y escribir una escritura alfabética debe ser considerado un medio de formación infinito, que nunca se apreciará lo bastante”. Con las nuevas tecnologías, oralidad y escritura delinean nuevas formas de representación del individuo, como parte de un suprarrelato de autoría múltiple. Las redes sociales ponen en marcha un sistema en el que las intearcciones se dan entre proyecciones mejoradas, solo viables en un marco que opone el control de la propia imagen y del sistema en sí, a las incidencias del azar. Pero ¿hasta qué punto se ejerce un control verdadero sobre la imagen editada de uno mismo? ¿Cuáles son sus alcances y qué se pierde en el camino? ¿Está realmente libre de azares el espacio neutro que supone la virtualidad?

Diamant Brut, de Agathe Riedinger, única ópera prima en la competencia oficial de la última edición de Cannes, habla de una chica de 19 años que vive en Fréjus, un pueblo que exuda los vahos de algún lugar de América Central o del Norte de África, sin nada del glamour asociado a buena parte del Sur de Francia. Liane, (Malou Khebizi) sigue el mismo manual de millones en el mundo, el del influencer. Pasó tres años en un reformatorio y al salir logró pagarse siliconas y rellenos faciales con su propia plata, algo que la enorgullece, aunque haya sido gracias trabajos precarios y odiosos. Entiende que para ser como Kim Kardashian, musa de su grupo de amigas, su representación de sí debe incluir boca inflada, filosas uñas hiperdecoradas, extensiones de pelo e implantes.

Es que la sempiterna coquetería femenina ya no se refleja en tocadores como los del cine de Douglas Sirk o en espejos lustrosos como los que amaban las irrepetibles heroínas de Rainer Werner Fassbinder, sino no en pantallas que disparan imágenes clonadas. Liane arma un relato de sí misma que no conecta con las mediaciones del pasado; la perpetuidad extática a la que aspiraban las brujas clásicas de Disney carece de tiene sentido porque todo muta constantemente. Su forma de leer el mundo y su alfabeto no prometen ni conciben la infinitud postulada por Hegel, sino el más puro y duro cortoplacismo.

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Riedinger acierta al mostrar cómo el radar de la belleza hegemónica cambió para sus mayores adherentes históricas, las mujeres, pero también para el resto, porque los modelos propuestos ya no vienen tanto de los humos de sofisticación y exclusividad de los centros de poder, como de los desbordes exhibicionistas de las periferias, alimentando, por lo demás, fantasías de celebridad en todas las clases sociales.

Las grandes marcas recogen inspiración de la calle y lo que antes se ocultaba, como tunearse los dientes o afinarse la mandíbula, es útil para mostrar que también se puede. Si, como todo el mundo, nos montamos sobre Benjamin y forzamos analogías, podemos llegar a creer que las búsquedas estéticas, menos interesadas en lo distinto o personal como en lo que responde a las representaciones más masivas, han hecho que lo singular, lo áureo, no corra más.

Liane no se conforma con adorar celebridades como las chicas de antes; pretende, como las de hoy, emularlas para ser adorada. Sus estrategias implican lograr canjear una cirugía estética por mostrar el proceso Instagram, improvisar un striptease frente a un grupo de tipos para juntar efectivo y hacer un casting para Gran Hermano. El soporte mediante el cual proyecta su doppelganger constituye la única deidad capaz de insuflar algo de espíritu. A cada rato, repite una frase que resume aquello que la película viene a decirnos sobre la confusión entre ser y ser visto –de apariencia irreversible– de esta época: “Cuando esté en la televisión me van a ver tal y como soy”. Pero contra la las apariencias, Liane no carece de singularidad. Algo único emerge de la conjunción entre sus circunstancias, su biografía y las elecciones que hace para pelear en la arena que se le ofrece.

Al final de la película, Riedinger parece sugerir que es los intersticios entre las personas y sus clones virtuales donde todavía hay alguna verdad y donde se puede encontrar la supervivencia, otra vez forzando analogía, que Sócrates encontró en su discípulo.