“De repente, el campo”, escribe el poeta argentino Oliverio Girondo. Y en otro poema, sobre el mismo tema, agrega: “En lo alto de esas cumbres agobiantes/hallaremos laderas y peñascos”. ¿Se habrán convertido estas notas de los sábados en informe sobre poesía? Nada de eso. Es que Girondo, nacido en 1891, muerto en 1967, figura clave en la vanguardia porteña de los años 20, sin saberlo, está escribiendo sobre el estado de los campos de juego del fútbol argentino, llenos de “laderas y peñascos”. O dicho de otro modo: los jugadores salen del vestuario, y de repente, el campo: pozos, arena tapando los pozos (como una cita al “debajo de los adoquines, ¡la playa!”, que se decía en el mayo del 68), tierra, pedregullo, yuyos, más pozos, pasto seco, matorrales… La mayoría de los campos de juego del fútbol argentino son un desastre. El de Racing está al borde de la clausura, hacía mucho que no se veía algo así (eso hace valorar mucho más el golazo que hizo Di María en ese páramo, gambeteando rivales, arena y pozos y poniéndola contra un palo, lejos del arquero). Que Racing que, probablemente, tenga el tercer presupuesto más alto del fútbol argentino, tenga su campo de juego en este estado ameritaría una fuerte explicación de Milito & compañía, que ganó las elecciones con el discursito del “salto de calidad”. Pero, además de Racing, están mal muchos otros campos de juego, empezando por Vélez que compite con Racing en el horror campestre. Pero también, aunque un poco menos, Banfield, Argentinos Juniors, la cancha de Mar del Plata, Lanús, Huracán y muchos, muchos más. Casi todos. Hasta River, que siempre es un billar, ahora está en estado regularcito. ¿Cómo es posible? Se supone que ahora, en verano, después de meses de vacaciones, los campos deberían estar relucientes, lisos, verdes. Si en la mejor época climática del año están así, ¿qué nos espera para el invierno? (o mejor dicho, para el otoño, porque en invierno se para el fútbol por ese torneo que se juega en Estados Unidos y alrededores). Ya de por sí, el campeonato argentino es rústico, con este estado de los campos de juego se convierte en aún peor.
Todo ocurre como si el fútbol argentino marchara a dos velocidades, o en dos zonas o grupos o aspectos. De un lado, una zona de elite: el fútbol de los campeones del mundo. La exportación de jugadores. El hipeprofesionalismo. Los espónsores. La guita, mucha guita, yendo y viniendo. Y del otro, una zona de país del tercer mundo, de la desidia, la corrupción y la falta de sentido común: un campeonato de treinta equipos, estadios sucios (aquí también Racing fue el peor: la primera fecha de local las plateas estaban totalmente roñosas, y además prueben ir al baño en cualquier cancha), poca frecuencia de medios de transporte públicos para llegar y salir de los estadios (no sería muy difícil un acuerdo entre la AFA y las empresas de colectivos para aumentar las frecuencias en los horarios de salida de la gente), un desastre organizativo. Dos fútbol en uno. Mientras vemos por tele cómo la rompe Enzo Fernández en el Chelsea, aquí, nosotros, sufrimos la vida cotidiana de nuestro fútbol.