En la Argentina, el cáncer sigue siendo una de las principales causas de muerte en mujeres. No porque falten tratamientos o conocimiento médico, sino porque para miles de ellas el diagnóstico llega tarde. Y cuando eso ocurre, las oportunidades se reducen drásticamente. Esta realidad no es azarosa: está atravesada por desigualdades territoriales, económicas y de género que condicionan el acceso oportuno a la salud y profundizan una mortalidad que, en muchos casos, podría evitarse.
Según datos de la Dirección Nacional del Cáncer, cada año se diagnostican alrededor de 22 mil nuevos casos de cáncer en mujeres. El de mama es el más frecuente, seguido por el cáncer de cuello uterino y el colorrectal. En conjunto, estas enfermedades representan cerca del 18% de las muertes femeninas en el país. Sin embargo, el impacto no es homogéneo. Vivir en contextos de vulnerabilidad incrementa las probabilidades de llegar tarde al sistema de salud, incluso cuando los síntomas ya están presentes.
La detección temprana es un factor decisivo para mejorar la sobrevida, pero para muchas mujeres sigue siendo un privilegio. Turnos que demoran meses, centros de diagnóstico alejados, dificultades de traslado, falta de información clara y tiempos de espera prolongados conforman un entramado de barreras que desalienta o directamente impide los chequeos de rutina. Estas barreras no solo son estructurales: también se inscriben en la vida cotidiana.
A esto se suma una dimensión muchas veces invisibilizada: la sobrecarga de cuidados. Las mujeres continúan siendo las principales responsables del cuidado de niñas y niños, personas mayores o familiares con enfermedades crónicas. En ese esquema, su propia salud suele quedar relegada. Estudios realizados en el Área Metropolitana de Buenos Aires muestran que una proporción significativa de mujeres de menores ingresos posterga controles oncológicos por responsabilidades familiares, lo que incrementa notablemente la probabilidad de recibir un diagnóstico en etapas avanzadas.
Las consecuencias son conocidas: tratamientos más invasivos, mayor impacto emocional y económico, y menores tasas de sobrevida. Mientras que el cáncer de mama detectado a tiempo tiene una sobrevida cercana al 90%, ese porcentaje cae abruptamente cuando el diagnóstico es tardío.
Frente a este escenario, la sensibilización y la educación en salud no son complementos, sino herramientas centrales. Desde mi trabajo en Pro Mujer, organización que desde hace 35 años lidera el avance hacia la igualdad de género en América Latina, veo a diario cómo el acceso a información clara y oportuna puede marcar la diferencia. A través de iniciativas de acompañamiento comunitario y digital, como el siguiente chat educativo gratuito chatbots de orientación en salud, se busca reducir barreras de información, facilitar el seguimiento de estudios y promover decisiones tempranas sobre controles y consultas médicas. Son herramientas que, aunque menos visibles que la infraestructura sanitaria, resultan decisivas para que más mujeres lleguen a tiempo al sistema de salud.
Garantizar el derecho a la salud exige mirar más allá de los hospitales y reconocer las condiciones reales en las que viven las mujeres.
El cáncer no espera. Y mientras el diagnóstico siga llegando tarde para quienes enfrentan más obstáculos, estaremos frente a una desigualdad profunda, persistente y evitable. Visibilizar estas brechas es un paso imprescindible para empezar a cerrarlas.
*Gerente Global de Servicios de Salud de la organización Pro Mujer.