Bajo el radar de los organismos de seguridad, pero sobre todo de las multinacionales de cerveza que piden pista en los eventos masivos, el fútbol argentino se prepara hoy para romper un tabú que lleva 28 años: el regreso de la venta de alcohol a las tribunas. O, para ser más exactos, a los bordes de ellas.
No se trata de una vuelta al descontrol de los años noventa. El “experimento River” –elaborado con la precisión quirúrgica del Excel que caracteriza a la dirigencia de este club desde hace más de una década– es una prueba piloto que habla más de la gentrificación del espectáculo deportivo que de una concesión al folclore y consumo popular. En un país donde la prohibición de 1998 intentó, infructuosamente, frenar una violencia que no residía en las botellas sino en las estructuras, esta apertura llega envuelta en papel de regalo corporativo.
El algoritmo de la sed
No habrá latas voladoras ni vasos derramados en la popular. El sistema funciona mediante RiverID: la compra es anticipada (hasta ocho horas antes), nominal y limitada a dos unidades por persona.
El mensaje es claro: si querés beber, tenemos que saber quién sos, dónde estás sentado y cuánto podés aguantar. Una cuestión de seguridad, o quizás estadística. Porque ya sabemos que en estos tiempos, la información sobre nuestros consumos no es solo una cuestión personal.
La “experiencia” queda restringida a los sectores vip, palcos 360 y el hospitality de las plateas San Martín y Belgrano. Segmentación de mercado.
Para los hinchas que ocupan esas partes del remodelado Monumental, la prohibición de beber alcohol terminó, pero el derecho a ese “privilegio” tiene un costo inalcanzable para el hincha promedio. Los abonos semestrales para estas ubicaciones preferenciales ya perforaron el techo del millón de pesos desde este año.
Para la dirigencia del flamante presidente Stefano Di Carlo, la novedad se lee como una alineación con los estándares del Mundial FIFA, la UEFA o la NFL. El Monumental, convertido en una meca del fútbol y el show, busca maximizar ingresos bajo un contrato de naming de 110 millones de dólares que incluye a marcas como Quilmes y Stella Artois.
Pero surgen preguntas. ¿Es posible pacificar el fútbol mediante el consumo controlado? ¿O estamos asistiendo a la creación de una “burbuja de confort” donde el alcohol está permitido solo para quienes pueden garantizar, con su billetera, un comportamiento civilizado? Mientras en las cabeceras el rigor de la requisa sigue siendo el mismo, en los palcos se brindará con la vista puesta en un horizonte de negocios.
Argentina era, hasta hoy, una anomalía en el mapa regional. Brasil y Uruguay ya han transitado el camino de la regulación, entendiendo que la prohibición total solo alimenta el mercado negro en las adyacencias. La Ciudad de Buenos Aires parece querer transformar la contravención en una vertical más de recaudación.
El partido ante Tigre será el termómetro. Si la prueba piloto funciona, es probable que el modelo se extienda. Por ahora, el fútbol recupera un sabor perdido, aunque para la mayoría de los 85 mil espectadores que estarán hoy en Núñez, el brindis seguirá siendo un dato que ni la interpele.