miércoles 10 de agosto de 2022
ELOBSERVADOR cien años del fin de la primera guerra mundial

Nacimiento real del siglo XX, el más violento de la historia

La “guerra para poner fin a todas las guerras” provocó millones de muertes y, al brutalizar la política, abrió paso al nazismo y al fascismo, que amenazan con volver.

10-11-2018 00:33

Mañana se cumplen cien años del final de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), un acontecimiento que, como ha señalado el historiador Eric Hobsbawm, marca el punto de inicio del siglo XX, el más violento de la historia. También puede afirmarse que este conflicto armado, en que tomaron parte activa las principales potencias europeas y los Estados Unidos, posee una profunda importancia para la historia de la guerra como fenómeno social. En efecto, poco tiempo después de iniciadas las hostilidades, tanto para los ejércitos como para las autoridades políticas y la población quedó claro que este enfrentamiento se diferenciaba cualitativamente de aquellos otros que habían tenido lugar previamente. Por su parte, en las últimas décadas, las ciencias sociales no hicieron más que confirmar y profundizar este aspecto a través de diversos estudios especializados. Entonces, ¿por qué la Primera Guerra Mundial significó un punto de inflexión en la historia de los fenómenos bélicos?

Formas. Para empezar a reflexionar sobre las novedades introducidas por la Gran Guerra y marcar los contrastes, nos parece interesante destacar brevemente las formas que adoptaron los enfrentamientos armados en la Edad Moderna. En este sentido, desde el siglo XVII la guerra se había caracterizado por ser territorial, estatal y nacional: era un enfrentamiento interestatal en el que las fuerzas militares rivales se medían en el campo de batalla. Esto significa que existía una declaración formal de guerra y que el momento del combate abierto, de las operaciones sobre el terreno para lograr una o varias victorias decisivas, eran elementos que formaban parte de este imaginario bélico.

A su vez, existía una clara diferencia entre el tiempo de paz y el tiempo de guerra, y lo propio se daba entre el no combatiente y los efectivos militares. En relación con esto, las reglas y normas codificadas desde mediados del siglo XVII prohibían atacar a los civiles, sus aldeas y ciudades, y condenaban las atrocidades y matanzas indiscriminadas.

 Paralelamente, entre los combatientes se buscó limitar al máximo el poder de destrucción, estableciendo principios para el enfrentamiento y el tratamiento de los prisioneros de guerra, prohibiéndose también las ejecuciones masivas, la reducción a la servidumbre y los maltratos.

Dentro de este paradigma, la enemistad entre los adversarios también habilitaba un terreno de reconocimiento mutuo, por lo que el enfrentamiento poseía un objetivo acotado (generalmente, la obtención de un territorio) pero también tenía la perspectiva segura de finalizar con un acuerdo.

Todos estos principios, que en parte fueron puestos en cuestión durante las campañas de Napoleón Bonaparte, rápidamente fueron restablecidos con puño de hierro luego del Congreso de Viena, celebrado en 1815, garantizando cien años más de relativa estabilidad continental, solo interrumpida por algunas guerras acotadas como, por ejemplo, la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871).

Masividad. El estallido de la Gran Guerra en 1914 mandó al basurero de la historia una gran parte de los principios que habían regulado los conflictos armados hasta ese momento, transgrediendo varios puntos y dando lugar a fenómenos de violencia masiva nunca antes vistos. ¿Cuáles fueron sus características más importantes?

En primer lugar, puede mencionarse que la mayor parte del tiempo fue una guerra de trincheras con frentes fijos y poco movimiento de los ejércitos. En este sentido, el conflicto armado que, se pensaba, duraría unos pocos meses se convirtió en una guerra de desgaste que puso al límite la capacidad militar y la fortaleza interna de los países para poder sostener el enorme esfuerzo económico y humano requeridos.

En segundo lugar, se multiplicó la cantidad de muertes en relación con los enfrentamientos del pasado. En efecto, si antes las bajas en combate se contaban por miles, a partir de la Gran Guerra comenzaron a contabilizarse por cientos de miles y, al final, por millones. Así, las batallas se convirtieron en gigantescas carnicerías de varios meses en las que se producían altísimas cantidades de muertes de un lado y del otro, sin poderse establecer claramente un vencedor y un perdedor.

En tercer lugar, se produjo un cambio central: la población civil del país enemigo se convirtió en un objetivo militar, lo que derivó en el aumento exponencial de las muertes de los no combatientes.

En cuarto lugar, fue una guerra librada con tecnología de avanzada, propia de países capitalistas con un gran desarrollo industrial, que producía una altísima cantidad de muertes en poco tiempo: ametralladoras a repetición, bombas, gases tóxicos, etcétera, son solo algunos ejemplos de este nuevo tipo de armamento.

No obstante, las armas las manejan los hombres y una explicación del porqué de los altos niveles de violencia y muertes requiere la introducción de un último factor: el ideológico. En efecto, desde antes de la guerra y durante el enfrentamiento se les enseñaron a los soldados dos cosas: por un lado, a amar a la patria y a sacrificarse por ella y, por el otro, a odiar a los enemigos y a aniquilarlos. En este sentido, se forjó una cultura de guerra que le dio un sentido a la contienda y les otorgó a los soldados una motivación particular. De esta manera, la voluntad de sacrificio propio y la búsqueda del aniquilamiento del enemigo se convirtieron en las ideas centrales detrás de la acción armada.

Efectos. Junto al aterrador saldo de los millones de muertos, heridos y desplazados, entre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, para empezar, debe señalarse que esta no resolvió los motivos que llevaron a su inicio. Es decir, las causas de tensión entre las potencias mundiales –como los conflictos derivados del reparto del mercado mundial entre Francia e Inglaterra que excluían Alemania, por ejemplo– no se modificaron. Más aún, siguieron acrecentándose, constituyendo un elemento estructural fundamental para entender el estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

A su vez, ante la derrota, Alemania vio cómo su economía se derrumbaba bajo la presión de tener que pagar por los costos de la guerra establecidos a partir del Tratado de Versalles (1919). Por su parte, los vencedores le impusieron a Alemania una serie de condiciones consideradas humillantes, como la reducción de sus fuerzas armadas y la pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena, por citar solo dos casos.

Otro efecto fue que Estados Unidos surgió como una potencia a la altura de Francia e Inglaterra, mientras que en Rusia la guerra derivó en el derrumbe de la monarquía y el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas luego de la Revolución de Octubre, en 1917. Junto a esto, durante la guerra también se produjo el genocidio armenio, perpetrado por el Imperio Otomano.

A su vez, como lo ha señalado el historiador George Mosse, una consecuencia central de la guerra fue la brutalización de la sociedad europea. En este sentido, luego de cuatro años de combate y después de ser adoctrinados antes y durante la guerra para ejercer la violencia en altas dosis contra sus enemigos, los ex soldados que volvieron a la vida civil trasladaron aquella cultura de odio y violencia propia del conflicto bélico a la arena de la política interna.

Para finalizar, los orígenes sociales de los movimientos y partidos contrarrevolucionarios de extrema derecha, como el fascismo italiano o el nazismo alemán, están relacionados con este legado de la guerra. A cien años de haber concluido, el eco de los combates de este acontecimiento central y decisivo del siglo pasado nos sigue convocando para repensar no solo el pasado de conflictos y enfrentamientos armados, sino también el presente y el futuro de las guerras que actualmente están teniendo lugar en distintos rincones del mundo.

*Doctor en Historia (Idaes/Unsam/Conicet).

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