Antes de saltar a la fama por el atentado a las Torres Gemelas, Osama bin Laden pudo tejer su telaraña en la Argentina. La historia empieza en algún refugio en Pakistán y termina en Chilecito, La Rioja.
El protagonista es Miguel Solanís, un empresario tucumano que quedó pegado como una mosca a la seda del ex líder de Al Qaeda muerto hace una semana. La acción transcurre a mediados de 2000, cuando un holding británico acusado de representar en las sombras al jefe terrorista se asoció con Solanís y con el traficante de armas sirio Monzer Al Kassar para explotar 19 minas de oro en Tucumán.
Al menos, esa fue la excusa de la sociedad, bautizada como Consolidated Mining Corporation. Hoy se sabe que el negocio en la Argentina había sido una pantalla de dos hombres señalados como testaferros de Bin Laden para comprarle armas a Al Kassar.