OPINIóN
Estado de ánimo y filosofía

A propósito de ‘Señas hacia lo abierto’, de Hugo Mujica

Una reflexión sobre el último libro de Hugo Mujica que, de apariencia extemporánea, ofrece herramientas para una filosofía de la espera en tiempos de hiperactividad al analizar a Martin Heidegger.

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Autor. Poeta y ensayista, con una vasta obra, aquí reflexiona sobre los “estados de ánimo” en la filosofía del pensador alemán”. | cedoc

¿Quién no oyó el llamado de la angustia durante años? ¿Nos encontramos en el largo trabajo del despertar? Paradójico, claro, ya que justo ahí donde pulsa la vulnerabilidad ese “trabajo” consiste, en parte, en entregarse, vulnerable, a la buena de… ¿Dios?, ¿la farmacología?, ¿las mil y una terapias? Para colmo, si nos descuidamos, la angustia se experimenta en nuestra época como un doble dolor: el propio del estado angustioso y la sensación de estar en falta. 

Heraclito dijo: “Incapaces de comprender tras escuchar, se asemejan a sordos; de ellos da testimonio el proverbio: aunque estén presentes, están ausentes”. Pero, conforme el grito se torna más fuerte, esa misma angustia nos toma sin devolvernos por ello la presencia (hoy se hablará de “presencialidad”, una tautología sintomática si las hay). Unas veces sobreviene el aburrimiento, otras la inmovilidad, cuando no la ansiosamente diagnosticada ansiedad. Es la época de clasificaciones que hablan de “trastornos de ansiedad”, “ataques de pánico”, “ansiedad crónica”, manifestaciones contemporáneas de la incomodidad existencial.

Lo más cotidiano es, al mismo tiempo, lo más denso, su velocidad no es más que una cara de toda detención posible, y el letargo de una pregunta cualquiera nos expone a la experiencia de una pregunta que surge inmediatamente ya dentro de la cadencia heideggeriana que ensaya Mujica: ¿cómo no abismarse? Si cedemos al vértigo de las palabras del libro, que quieren estar y se quieren fugar al mismo tiempo, “un nacerse en cada hora” parece la fórmula de un monje en el cenit de su serenidad o casi su contrario, por ejemplo, las últimas palabras del neurótico antes de estallar. Que el desnudo vaya más allá de la piel, que la apertura se confunda con la percepción misma, que la perplejidad no se distinga del tiempo: serenar o reventar, digamos. Sin embargo, el poeta que hay en el ensayista nos asiste: 

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“Así, abriéndonos, el asombro, su fuerza iniciadora, nos sostiene en el devenir…”

¿El asombro nos descentra y nos sostiene al mismo tiempo? La paradoja atraviesa, seña por seña, un libro escrito desde lo anímico (el páthos del asombro), antes que sobre “los estados de ánimo en la obra de Heidegger”. “Desde” es una preposición clave, una clave como algo mágico. Porque es ningún lugar y, al mismo tiempo, justo ahí (“Un ahí que no es localización, sino apertura, salida y acogida”). Desde la conmoción, cuando conmovido un cuerpo ya no es el que era (no está donde estaba), desde lo abierto, “cuando se abre al ser en la apertura que el ser le abre”, desde lo naciente cuando “todo nace de un instante, pero no una vez: cada instante” (como escribió Hugo en Lo naciente, 2007), desde de una vida que no era y, al mismo tiempo, nunca pudo dejar de ser… bastaba –como si fuera poco, cuando lo es todo– dejarla florecer.  

El ensayo poético de Mujica es una suerte de celebración de la ontología heideggeriana, aquella que afirma: “la esencia del hombre reside en su existencia”. Más allá de la recordada polémica con Sartre (“la existencia precede a la esencia”), quien de algún modo compartió maestro con Heidegger, se respira en el libro una suerte de existencialismo de la fragilidad, del ser expuesto. En ese sentido, “preontológico” no significa anterior al ser ni “un puro estar siendo”, sino disposición, apertura pre-conceptual. Es agudo el señalamiento, no solo por despejar confusiones desafortunadas, sino por enseñarnos, al mismo tiempo, la relativa importancia del concepto (de “dar voz a lo comprendido”) y la especificidad del lógos, mucho antes que su exaltación: la creación de una zona de inteligibilidad.

Extraño animal el que actúa para comprenderse, es decir, no para entender lo que es en su ‘verdad última’, sino para desplegarse misterio y, como parte del despliegue misterioso, comprenderse por el camino… El sentido no es obvio, ni la interpretación una comunicación efectiva, el primero es acontecimiento, con toda su opacidad y posibilidad a cuestas, y la segunda necesidad, con toda su inconclusión y suciedad a cuestas. De hecho, lo obvio es el punto de nuestra alienación, lo más alejado de la pregunta, de ese trance de ser que es la pregunta. Y la comunicación actual, comunicación social, es un nido de víboras, lo innecesario, no lo que excede la necesidad, sino lo que la agrede. Este libro, este regalo de Hugo, es, desde el punto de vista de este contagiado comentario, una pócima contraintuitiva para un tiempo que solo sabe calcular, que exige de cada gesto una muestra de rendimiento. Cálculo, por otra parte, que se cierne sobre un fondo de colapso de la razón como punta del iceberg del antropoceno. Si el libro fuera propuesta, se trataría del encuentro, del afectar y ser afectado, del don. “Fecundidad”, justo cuando ya nada parece nacer.

Le preguntaríamos si es éste el temple anímico que domina nuestra época, la stimmung que Heidegger entrevió críticamente. ¿Qué pasa cuando un animal proyectivo (al punto que si no proyecta se abisma) experimenta en carne viva la ausencia de horizonte? ¿Son el peligro y lo que salva de igual naturaleza? Problemas para los que Heidegger se valió del poeta (Hölderlin) y Mujica, entre el poema y el ensayo, prolonga. 

En una época que fomenta o deja crecer indolente nuevas terapias, diagnósticos y ‘técnicas de sí’ fundadas en principios de eficiencia para atacar el crónico e ineficiente dolor existencial o incluso negarlo, la pregunta por lo anímico resulta tan milenaria como urgente, tan legada por la tradición como reencontrada con asombro en tiempo presente. Lo anímico no mantiene una relación primera con la psiquis (campo de batalla del psicoanálisis y otras corrientes), ni mucho menos remite a un sentirse de tal o cual modo de acuerdo a una finalidad (“estar bien para”). Dice Mujica leyendo a Heidegger: “El temple de la disposición afectiva es el constitutivo existencial de la apertura del ser-ahí al mundo.” Es decir, que el temple anímico, justo lo que no pocas veces relacionamos con sensaciones coyunturales o con humores momentáneos, anuda la cifra misma de la existencia, que siempre se da como un modo de existir y como una posibilidad.

El ánimo colectivo y la pregunta por lo anímico en cada vida articulan problemas políticos, filosóficos y estéticos de primer orden. Es el campo de disputa de las nuevas disciplinas y técnicas de ayuda, de los dispositivos de captura del comportamiento para su orientación mercantil y, al mismo tiempo, la terra incognita, el lugar existencial ignorado, el punto donde el ser y la contingencia se cruzan trágica e infatigablemente. Se trata del ser-ahí como la posibilidad misma de ser afectado. “Desde el punto de vista ontológico fundamental, es necesario confiar el descubrimiento primario del mundo al mero estado de ánimo”. En lo aparentemente más pasajero, encuentra lo más arraigadamente connatural, en el estar afectados por lo que nos pasa es el mundo (todo lo que pasó, lo que está pasando) que se expresa. Farmacología, técnicas, terapias o incluso soluciones genéticas se usan para neutralizar, tapar, revertir, atacar; en el fondo, para salir de ahí. El libro Señas hacia lo abierto es, por el contrario, un llamado a quedarse ahí. No niega las mil y una formas de la cura, del paliativo o de la terapia, sino que las reinscribe en la densidad ontológica del desprestigiado “estado del sentimiento”, lo anímico al mismo nivel que el pensar y el querer (la razón y la voluntad).

La asimilación del estado anímico al sentimentalismo es una consecuencia (¿literaria?) de la captura psicologista del páthos, que lo aleja de esa posibilidad ínfima y fundamental de relacionarnos con lo abierto (“abrirnos originariamente, inicialmente, al mundo en que nos encontramos”). Nuevamente, lo obvio que nubla la capacidad de asombro, el sentimiento como una certeza sobre el sentir, justo ahí donde los estados de ánimo permiten conocer, seña tras seña, a partir de no saber lo que sentimos. En esa recuperación de un páthos del asombro nos dejamos afectar, nos dejamos alterar, quizás hasta el punto en que ya no somos “quienes” nos dejamos alterar, sino que aparecemos como lugar de un ser-ahí, trance que deja aparecer al mundo según un “temple fundamental” . Arriesga Mujica: “somos en y ese mismo encontrarnos…”.

El sentimiento o, más precisamente, el temple de ánimo no es la mueca del individuo, tallada por la repetición de la creencia en sí mismo (¡qué decir de esa engañifa que algunos llaman autoestima!), es, más bien, lo contrario, el modo específico en que “estamos siempre ya llevados más allá de nosotros mismos hacia el ente en su totalidad”. Una totalidad paradójica, agregamos, ya que sólo nos desplazamos desde lo singular, el modo de ser, el latido, la vibración vital. 

Entre las demoras que este ensayo trasunta se encuentra el aparentemente olvidado aburrimiento. ¿Será una más de las vertientes del olvido del Ser en Heidegger? A contrapelo de voluntarismos y de remedios apurados, la sentencia es descarnada, nos llama a entregarnos, a habitar ese estado anímico, a flotar en la espacialidad de plomo que construye para aprender a escuchar, antes que emprender: “No hacer, aprender, saber que todo nos revela, escuchar…”.

La angustia extrema el vínculo con la indeterminación, roza la experiencia de la nada, agujerea cualquier suelo con apenas una seña. ¿Acerca este problema a Heidegger al psicoanálisis? Entre la verdad amarga y la necesidad de un mínimo de fábula, la insignificancia amenaza como genio maligno o como asechanza. 

¿Se puede intentar construir una relación diferente con el mundo a partir de comprender que sólo somos posibilidad y devenir, sin calculo, sin expectativa? Ejercitar la espera, una actividad que parece desprenderse del llamamiento heideggeriano cuya posta recoge Mujica. “Sólo se nos pide no adueñarnos, abrir las manos, estar atentos, esperar…” El angustiado que en su despertar doloroso se pregunta por esa ‘relación diferente con el mundo’, si logró mantenerse al margen del imperativo del rendimiento, si se detuvo justo antes de la tentación conductual o del coaching ontológico con sus metas, si por una graciosa casualidad se salteó la expectativa, quizás se abra a su paso una posibilidad de experimentar la espera sin imagen, es decir, una posibilidad de la posibilidad de todo. “Ciertamente –cita Mujica a Heidegger– esta luminiscencia nunca podemos forzarla, pero sí podemos aguardarla”.

De apariencia extemporánea, el libro ofrece herramientas para una filosofía de la espera en tiempos de hiperactividad, en que la profetizada taquicardia metropolitana (al menos, desde el primer Martínez Estrada) se confunde con la normalidad. En la época de la comunicación a toda costa, en que hay más soportes técnicos para la comunicación y mensajes que cosas para decirnos, recupera la atención, la escucha y el silencio. 

La exigencia cambia de sentido, ya no superación individual ni societaria, sino superación ¿o desvío? respecto del repliegue del sujeto. El sujeto logocentrado que actúa en situaciones construidas como centradas a su vez en el sujeto, se muerde la cola en un círculo cada vez más pequeño y poco creíble e incluso poco conveniente. Y se pregunta Heidegger, una vez más recuperado por Mujica: “Pero ¿quién entre nosotros, hombres de hoy, querría imaginar que sus intentos de pensar pueden encontrar su lugar siguiendo la senda del silencio?”.

*Ensayista, docente, editor. 

**Músico, docente y compositor.