31 oct 2020
OPINIóN |A 35 años
sábado 19 septiembre, 2020

Vivencias del sismo más violento en la ciudad de México

Fue el 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 p.m. Al día siguiente, a las 7:38 p.m., un segundo temblor de 6.5 grados sacude a la ciudad.

Ana Lía Fernández y Ángel Cabaña*

Terremoto en la ciudad de México del año 1985 Foto: Cedoc Perfil
sábado 19 septiembre, 2020

El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 p.m. la ciudad de México sufre el sismo más violento de su historia, que alcanza los 7.5 grados de la escala Ritcher.

«La ciudad de México, Zona de Desastre; Miles de Víctimas», en el diario Excelsior.

Tengo la tristeza de decir que estoy en presencia de uno de los más grandes desastres que he visto en la historia de la Ciudad de México desde que nací en ella”, decía el locutor de televisión Jacobo Zabludovsky mientras recorría la ciudad.  

Lourdes Guerrero, en el programa “Hoy mismo” trataba de calmar al teleauditorio: “Está temblando. Está temblando un poquitito, pero no se asusten. Vamos a quedarnos... Le doy la hora. Siete de la mañana, dieci... ¡Ah, chihuahua!... Siete de la mañana, diecinueve minutos, cuarenta y dos segundos, tiempo del centro de México... Sigue temblando un poquitito, pero vamos a tomarlo con una gran tranquilidad. Vamos a esperar unos segundos para poder hablar...”

A 32 años de su terremoto más letal, México volvió a temblar

Numerosos edificios se derrumban en el primer momento: los hoteles Regis y Romano, la Secretaría de Marina, las oficinas de CONASUPO, el Multifamiliar Juárez, dos de Televisa en la colonia Doctores, la escuela secundaria Héroes de Chapultepec, las residencias para médicos del Hospital general, entre otros. Muchísimos más quedaron afectados. Los que mejor resisten el tremendo golpe son los más antiguos.

Al día siguiente, a las 7:38 p.m., un segundo temblor de 6.5 grados sacude a la ciudad. Aunque de menor intensidad, el nuevo sismo provoca mayor pavor entre la desolada población de la capital del país, que asiste impávida a la destrucción de viviendas, negocios, oficinas, el Metro, servicios de agua potable y electricidad, talleres de costura, muchos de ellos clandestinos, donde trabajaban menores de edad…

Llega el sismo y ante él no valen
las oraciones ni las súplicas.
Nace de adentro para destruir
todo lo que pusimos a su alcance.
Sube, se hace visible en su obra atroz.
El estrago es su única lengua.
Quiere ser venerado entre las ruinas.

Fragmento de Las Ruinas de México, poema incluido en el libro «Miro la tierra» (1987), de José Emilio Pacheco.

Daniel, el hermano de Ana Lía, su esposa Susana, y su hijo Robertito vivían en una de los barrios más afectados por el terremoto. Con el segundo temblor, tomaron unas pocas cosas, no quisieron bajar al garage a buscar su coche y se fueron caminando hasta nuestro departamento, ubicado a unas 20 cuadras, en el sur de la ciudad, donde organizamos un campamento en el cuarto de los chicos.

Pasamos 15 días juntos y desde allí nos comunicábamos con los padres de Ana Lía a través del único medio posible, que eran los desinteresados radioaficionados a los que les pasábamos las listas de los argentinos que conocíamos que estaban bien.

Ni bien tienen lugar estos catastróficos hechos la población se moviliza en cuerpos de socorro. A pesar de que no se contaba con normas, leyes, reglamentos, recomendaciones o protocolos para casos de emergencia o protección civil,  el Ejército y Armada Nacional, la policía, bomberos, socorristas, particulares, los medios de comunicación, colaboran en la salvación o la ayuda de las víctimas.

Marcos Efrén Zarimaña, de pequeña estatura y al que llaman “La pulga”, rescata en 6 días a 27 heridos atrapados por los derrumbes. Y como él, millares de personas anónimas, hombres y mujeres, adolescentes, jóvenes y mayores de distinta condición social, prestan importantes servicios para aliviar el dolor o la necesidad de la multitud de damnificados. Actitudes que supo reconocer el presidente de la Nación, Miguel de La Madrid Hurtado, en el mensaje a la nación televisado el 20 de septiembre de 1985.

También será recordable la ayuda internacional. En muchos embalajes de alimentos, ropas, medicinas, se podía leer: “MÉXICO, TE QUEREMOS”, “VALOR, MÉXICO”, “MÉXICO, ESTAMOS CONTIGO”.

 

Pasamos 15 días juntos y desde allí nos comunicábamos con los padres de Ana Lía a través del único medio posible, que eran los desinteresados radioaficionados a los que les pasábamos las listas de los argentinos que conocíamos que estaban bien.

Junto con estos mensajes y productos de primera necesidad, llegan sofisticados equipos técnicos, personal especializado en desastres urbanos, perros rastreadores que actuarán en las zonas más afectadas de una ciudad sumida en el dolor y las lágrimas, pero cuya población, espontáneamente, se comporta con admirable solidaridad.

La maldición del 19 de septiembre: los terremotos no estarían relacionados

En Plaza Garibaldi, durante largos días no se bebió tequila ni se escuchó cantar a los mariachis. Gravemente afectada, con innumerables muertos –aproximadamente 20 mil según algunas fuentes informativas-, daños materiales calculados en 8 mil millones de dólares, 250.000 personas sin quedaron sin casa y 900.000 que tuvieron que abandonar sus hogares, la capital de México, donde vive la quinta parte de los mexicanos, estaba de duelo.

Sin embargo, el país sabrá sobreponerse a tanta adversidad. Ocho meses después de la catástrofe, cuando todavía podían verse sus cicatrices, México fue sede del duodécimo Campeonato Mundial de Fútbol. La organización de este evento demandó grandes esfuerzos: se terminaron o acondicionaron estadios, se construyó un moderno centro de información para el periodismo.

Durante el mes de junio, 24 selecciones nacionales compitieron ante la presencia de miles de espectadores mexicanos y extranjeros. Luego de las penosas circunstancias que había vivido el país, cumplir exitosamente con las exigencias de anfitrión de este encuentro internacional era un signo de recuperación y de confianza en las propias fuerzas.

 

* Ana Lía Fernández, Doctora en Educación, Universidad del Salvador. Ángel Cabaña, Profesor y Licenciado en Historia.


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