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OPINIóN / opinión
martes 30 junio, 2020

El circulo rojo también juega

Hoy la política tiene muchas dudas y ni hablar de los empresarios. El círculo rojo no es “el gran jurado”, es un jurado.

El presidente Alberto Fernández Foto: CEDOC

De entrada se sabía que la iba a tener difícil, y con la pandemia entró en un viaje a la dimensión desconocida. Iba a tener que administrar dos tensiones: la política –derivada de la matriz del Frente de Todos– y la económica –por la herencia económica de Macri. Ahora se le agregaron las derivaciones de la cuarentena, terreno desconocido para todo el planeta. De modo que tiene un triple desafío, porque por lo que se ve en el mundo el COVID19 afloja pero no desaparece.

En estas últimas semanas el presidente anda respondiendo a los debates de la cuarentena, el avance del cristinismo, el “Vicentíngate”, la negociación con los fondos de inversión y el desastre socioeconómico. En todos está cuestionado, y en ninguno tiene un éxito tan definitorio que acalle las críticas. En compensación, su aprobación de gestión ronda el 65%, que es una excelente foto, pero una película complicada si se observa la caída en el último mes.

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Alberto necesita un logro indiscutible para consolidar legitimidad política frente a todos los actores de peso. Donde más cerca podría estar de un resultado positivo es en la negociación externa, para lo cual quedan 25 días. En el resto está en veremos. Por este “veremos” se entiende por qué el presidente se aferra a la cuarentena estricta en el AMBA: es un terreno en el cual lleva una ventaja –medida en muertos y stress sobre el sistema sanitario– y no quiere abandonar ese trofeo que tiene al alcance de la mano.

¿Cuál es la dinámica política que hoy lo complica al presidente, más allá de los problemas reales? Por un lado, el cristinismo cree que Alberto quiere quedar bien con todo el mundo y considera que eso es inaceptable, por estrategia y por ideología. En segundo lugar, los gobernadores “pejotistas” piensan que éste no es un gobierno verdaderamente peronista por sus idas y venidas, sumadas al déficit de gestión. En tercer término, los empresarios que dudan entre tensar o apaciguar frente a un barco que no queda claro a dónde va. En cuarto lugar, la principal oposición que no termina de “sacarle la ficha” al presidente, y oscila con las misma duda que los empresarios.

Todos estos actores, a los que se pueden sumar los intendentes del GBA, los movimientos sociales, los sindicalistas y los formadores de opinión, entre otros, van confluyendo en una sensación parecida: ¿qué quiere hacer Alberto? Porque depende de lo que quiera, valdrá la pena ayudarlo o no a que gane autonomía frente a Cristina. Y si no, que se cueza en su propia salsa.

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Los actores aludidos son miembros del denominado círculo rojo. Parafraseando a la frase sobre las brujas, “yo no creo que exista, pero que lo hay, lo hay”. Durante la fase macrista se creyó que sus opiniones no importaban, ya que los ciudadanos del siglo XXI, empoderados por las nuevas tecnologías, habían roto las cadenas que los ligaban a las élites, desarrollando sus propios criterios. Es cierto que estamos frente a las sociedades más horizontales de la historia, pero es una horizontalidad relativa. Si el gobierno de turno no ostenta solidez política, la calle termina absorbiendo algo de lo que el círculo rojo masculla.

Pues en estas últimas semanas es difícil encontrar a alguien en la política –sea oficialista u opositor– que no crea que la maniobra con Vicentín fue una especie de “Cancha Rayada”, absolutamente innecesaria en el medio de este berenjenal. El círculo rojo hoy luce preocupado, no por poseer mucha más información que la calle, sino por simple ejercicio anticipatorio. Dicho esto, vale la pena aclarar que dicho círculo se puede equivocar, proyectar desastres sociales que no ocurren, o intuir caídas políticas que las urnas desmienten. Si no, más que elite serían el oráculo de Delfos.

Hoy la política tiene muchas dudas y ni hablar de los empresarios. El círculo rojo no es “el gran jurado”, es un jurado. Pero como decía un colega brasileño: con el voto del comisario, del empresario y del cura no se gana una elección; pero sin el voto de ellos seguro se pierde.

 

CF/FeL


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