OPINIóN
Instituciones

El “entre” la justicia y la política

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Justicia | cedoc/shutterstock

Existe un sentido común en el que la relación entre justicia y política posee una connotación negativa. Se trata de un binomio que, cuando se encuentra, produce en el lenguaje un significado emotivo peyorativo.

Sin embargo, un simple ejercicio de detección da cuenta de que es imposible concebir a la justicia fuera de la política, extirparla de ese terreno y ubicarla en la ficción de lo aséptico, de lo absolutamente neutral. Ahora bien, la propia afirmación que sostiene la vigencia de vínculos entre justicia y política implica que se trata de dos nociones diferentes, es decir, que designan campos distintos y se refieren/constituyen ciertas porciones de la realidad.

En ese marco, el desafío es pensar, precisamente, el “entre” la justicia y la política, y digo “entre” porque ello alude a un espacio, un intersticio, una abertura. En ese “entre” la justicia y la política es donde entiendo oportuno ubicar a gran parte de las discusiones de nuestro tiempo, como la persecución penal, la demanda de seguridad y, sobre todo, la narcocriminalidad.

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En Democracia y consenso, Raúl Alfonsín detectaba una primera gran ruptura en las concepciones tradicionales de política y democracia, pues la técnica reemplazaba a la política y, consecuentemente, la tecnocracia a la democracia. Es decir, le preocupaba la desaparición del contenido moral de estos conceptos tan caros para nuestras realidades.

Sin embargo, hoy la inquietud de Alfonsín adquiere un valor singular, porque debe ser resignificada a la luz de nuevos fenómenos que afligen, lesionan, aquellos elementos constitutivos de las nociones fundantes del sistema democrático.

Después de la Guerra Fría, el crimen organizado sufrió una transformación de sus características en virtud de que se fortalecieron las formas de organización en red, lo que supuso un traspaso de poder hacia actores no estatales con capacidad de establecerse en tramas formadas por múltiples estructuras, a lo que contribuyó la revolución tecnológica, sobre todo en términos de acceso a la información y a la comunicación. El crimen organizado desde la década de los 90 registró como clave del éxito la flexibilidad y la versatilidad y, desde luego, encontró en el proceso de globalización y en la versión neoliberal de los Estados un terreno fértil.

En América Latina, la narcocriminalidad se convirtió en la principal amenaza para la seguridad, abonada por una merma en la autoridad estatal, así como por las graves falencias en la gobernanza y en la gobernabilidad. A lo que debe adicionarse, como un factor nada despreciable, los altos índices de pobreza e inaccesibilidad a los derechos en general, que se traducen en escenarios de ausencia estatal. Se abrió un vacío a ser llenado. Y, cuando eso ocurre, cuando la política des-ocupa un sitio, la demanda de ocupación es satisfecha por otros.

Perseguir los delitos comprendidos dentro del espectro de la narcocriminalidad requiere, ante todo, volver al “entre” la justicia y la política. Devolverle a la política lo que es de la política y a la justicia lo que es de la justicia –o volver a reflexionar acerca de sus dominios semánticos–.

Digámoslo con Freud: lo que se pierde en las palabras se pierde en las cosas, en los hechos. De tal modo, hay un primer gran paso que dar, y es traer a la narrativa de la política una nueva ética, que se haga cargo de eliminar complicidades, y de posicionarse en la búsqueda de los sitios perdidos. Y, también, es urgente promover una gramática de la justicia anclada en la transparencia, la igualdad, el efectivo acceso, la rendición de cuentas.

En Tiempo presente, Beatriz Sarlo se pregunta: “¿Qué forma tiene la falta?”. Debe haber algo que nos permita pensar en los contornos del vacío, de la deuda. ¿Qué forma tiene ese “entre” la justicia y la política?

Es una deuda, una demanda, con nuevos matices, pero razones viejas. Una sociedad no se sostiene solo en sus instituciones, sino en la capacidad de que estas generen expectativas de tiempo, de tiempo vivible, de tiempo digno. La política y la justicia quizá deban tener esa forma. Quizás esa sea la forma de lo que nos falta y también la forma de lo que podemos lograr.

* Profesor e Investigador de la Facultad de Derecho de la UNR.