lunes 05 de diciembre de 2022
OPINIóN “Coreanos argentos”

El secreto de sus ojos

La operación de párpados es una costumbre instalada entre las mujeres coreanas que viven en la Argentina, algo que no implica una búsqueda de “occidentalización”. Una tendencia que provoca orgullos, pudores y prejuicios.

05-12-2021 01:14

De todos los trabajos a los que se dedican los coreanos de Buenos Aires, el más conocido es la confección y el comercio de ropa. Pero hay uno -aunque legal- de cuyos efectos muchos “coreanos argentos” no quieren hablar demasiado. Me enteré de casualidad, hace dos años, cuando soñaba con escribir un libro sobre ellos.

—Tenés que entrevistar a mi cuñada, que es oftalmóloga y se dedica a operar párpados— me dijo Alice Kong, una arquitecta coreano-argentina, cuando le pregunté a quién conocía en la comunidad que no se dedicara al negocio textil.

—¿Operar párpados?

—Es una cirugía estética que hace más grandes los ojos de los asiáticos, me aclaró la mujer como sopesando mi ignorancia, mientras me anotaba el nombre y teléfono de su pariente política: “Dra. Moon Young Sin”. Después de esa pista, empecé a pensar por qué ninguno de los más de veinte coreanos que había entrevistado para mi proyecto de libro me había siquiera sugerido el tema, si todos sabían de él. 

Una rápida búsqueda en Google sugiere que la blefaroplastia -así se llama ese tipo de operación de ojos- es un verdadero furor entre hombres y mujeres asiáticos en general, y en Corea del Sur en particular. “La cirugía estética sale del placard”, titulaba The New York Times a fines de 2011: la nota aseguraba que, en la capital del país, Seúl, el 25 % de las mujeres de entre 19 y 49 años admite haberse sometido a algún tipo de operación cosmética, incluida la blefaroplastia. El artículo también contabiliza 4000 clínicas de cirugía plástica en esa ciudad hipermoderna.

Muchas de ellas están en un opulento barrio del sur de Seúl, Gangnam, el mismo que lanzó al mundo Gangnam Style, la canción del coreano PSY, que desde 2012 cosechó más de 1800 millones de visitas en YouTube.

Ya tenía algo, el dato de la médica, pero también necesitaba hablar con sus pacientes kyopo (se pronuncia quiopó), o sea hijos de padres coreanos que nacieron fuera de Corea. Le pregunté a un contacto, Pablo Hong, si conocía jóvenes que se hubieran operado y quieran contarme detalles y razones. “Chicas conozco varias”, me contestó enseguida por Facebook. “Con los chicos va a ser difícil porque acá no le dan mucha importancia a eso”, completó.

Fue así que, casi involuntariamente, empecé a descubrir un pequeño mundo dentro del universo de -según estiman- los 25.000 coreanos que viven en la Argentina, sobre el que mantienen un cierto pudor. Un mundo chico, al que la fantasía de los argentinos suele identificar con un deseo de los “coreanos argentos” de que sus caras sean más parecidas a las nuestras. Pero no todo es tan blanco o negro.

En el nuevo barrio coreano de Flores, las veredas de la avenida Avellaneda se cubren de locales de ropa

Para entrevistar a la doctora Moon Young Sin, un mediodía de calor llegué hasta el centro del “nuevo barrio coreano” en Flores, donde las dos veredas de la avenida Avellaneda se cubren de locales de ropa. A dos cuadras, la calle Morón es un hervidero de compradores y rollos de tela que bajan de decenas de traffics. El consultorio está en la Morón Tower, un edificio de frente espejado que es una suerte de centro de negocios para los coreanos que viven en nuestro país. Tiene cuatro pisos de oficinas -con varias agencias de viajes- y una especie de patio central en la planta baja donde hay un bar y restorán que a esa hora emitía el aroma del bulgogui (asado marinado a la coreana). En la otra cuadra, una panadería árabe despachaba empanadas a sus mesitas en la vereda, mientras varios nenes con kipá volvían del colegio con sus madres. Buenos Aires Babel.

La médica, que para su trato con no coreanos se llama Rosa, llegó al país con sus padres y dos hermanos en 1984, a sus ocho años. Fue al Nacional Buenos Aires, se recibió en la UBA y enseguida entró en la residencia de Oftalmología en el Hospital Italiano, donde hoy tiene un puesto “de planta”. Además, tiene su propio y moderno consultorio en este edificio, donde, de cada diez pacientes que van a preguntarle por la blefaroplastia, ocho son mujeres jóvenes, de 17 a 35. Cada vez más adolescentes varones, con sus madres, van a verla.

Sin, melenita prolija y guardapolvo, me habla en castellano bien porteño, aunque cuando recibe a pacientes coreanos, sobre todo si son mayores, lo hace en hangugeo, el (para nosotros) gutural idioma de esa península asiática: “La mitad de los orientales, como es mi caso, me cuenta, nacemos sin ningún pliegue palpebral, que es la rayita que todos los occidentales sí tienen en el párpado superior. Y la otra mitad de los orientales nacen con un pliegue, pero más pegado a las pestañas que el de los occidentales. Todos los asiáticos tenemos el párpado superior más grueso, además de las diferencias anatómicas internas de los ojos”.

Y me explica. “Hay diferentes técnicas de blefaroplastia: una es pasar una sutura de nylon por el párpado; son unos hilitos, es reversible. Ni siquiera lleva bisturí: son tres puntos y una sutura. Es con anestesia local, tarda 20 minutos y el hilo no se ve porque va por debajo de la piel. Y la otra técnica es hacer una incisión en el párpado a lo ancho, sacar parte de grasa cuando tiene mucha, y hacer suturas internas y después externas. En ese caso, al sacar esos puntos queda una cicatriz que cuando tenés los ojos cerrados se ve”.

—¿Esta operación tiene algo que ver con la occidentalización de los coreanos, como dicen los medios?

—Algunos lo interpretan así, como que queremos dejar nuestros rasgos asiáticos, o que nos estamos rebelando y queremos volvernos occidentales. Pero no es así: esta operación se inventó en Japón en 1896. Algunos se la hacen porque las pestañas les entran en el ojo, pero en la mayoría es por estética. En realidad, hay un montón de tipos distintos de pliegue palpebral (significa “del párpado”) natural en los orientales, por eso cuando vienen a consultarme yo les tengo que preguntar de qué forma se lo quieren hacer: paralelo a la línea de las pestañas, con la parte interna más alta que la parte externa, más alto o más bajo.

—¿Y los pacientes no piden que les hagas el pliegue a la misma altura que el de un párpado occidental?

—No queda bien en la cara oriental un ojo occidental, es antiestético; a mí no me gusta. Tenemos diferencias anatómicas: la órbita, el hueso donde se aloja el globo ocular, es más pequeña, con un borde superior más aplanado. Por eso las facciones asiáticas son más “suaves”, si se quiere, mientras que la cara de los occidentales es más “3D”. Los orientales no tenemos mucha nariz, ¿viste?

Después de varias llamadas, pude contactar a una chica coreana que accedió a contarme sobre la operación. Como no quiso que su nombre real se publique, ni tampoco fotos, la llamo Carolina. Tiene poco más de 20 años, estudia Medicina y se operó hace un par de años en Seúl. “Si ves a todas las famosas de Corea, no hay ninguna que no tenga hechos los ojos. Hay gente que para los 15 les regalan a sus hijas hacerse los ojos y la nariz… Allá hay gente que al mediodía por ahí va y dice “Ya vengo”, y se va a hacer un ojo; es como que ni se la considera una cirugía plástica”, relata.

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—¿Por qué lo hiciste?

—Mi cirugía fue con el hilo, yo no me corté el párpado; me hicieron anestesia local. En realidad, yo no tenía muchas ganas de hacérmela, pero bueno, también está la influencia de tus padres, y de… qué sé yo. Me hice el pliegue, pero le dije al médico que me lo dejara lo más natural posible, lo más chiquito posible. Si la gente me ve, por ahí dice: “Ah, ni siquiera parece que lo tenés”, pero hay gente que se corta el párpado y se hace el pliegue mucho más grande, más arriba, y lo tiene, digamos, como ustedes (los occidentales), que se nota bien fuerte.

—¿Cómo fue cuando tu familia vio cómo te quedó?

—Yo se los mostré cuando se me bajó un poquito la inflamación; me acuerdo que hice una videollamada en Skype con mi vieja, y me dijo “¡Ay, sí te quedó lindo!”. Igual, a mi mamá, si yo le decía que no, era no; no es que me obligaba a algo así. Pero hay madres que realmente se ponen muy pesadas; es como que le están diciendo a su propia hija que es fea o que con esa cara no va a hacer nada en la vida, ¡no sé qué mensaje le estará dando! Yo primero a mi vieja le había dicho “No, ni ahí”, y ella me contestó “Bueno, pensalo”.

—¿Y tu viejo qué dijo?

—¿Mi papá? (se ríe). ¿Mi papá? Se rio tanto que… Es un hombre, mi papá. Fue como “¡¿Para qué te lo hacés?!”. Igual, él nació con los pliegues, como sus hermanos y mi abuela, que tenían todos. ¡Y yo salí del lado materno!

—¿Tus amigas argentinas qué te dijeron cuando te vieron después de la operación?

—Las argentinas no saben. Es impresionante, ¡porque no-se-dieron-cuenta! ¿Para qué les voy a decir si ni lo notaron?

Rita (tampoco es su nombre real), es también de origen coreano, fotógrafa de sociales y se operó en Buenos Aires, aunque no con Rosa Sin. Cuando nos sentamos en un bar en Flores, sobre Rivadavia, me contó: “La verdad es que yo no sabía nada de la cirugía, pero mi vieja como que me llevó, en 2009. Yo tenía 21 y no fue mi intención, pero bueno, lo hice. Primero porque yo no me había operado nada en la vida. Y segundo porque, si salía mal, lo primero que se ve en la cara son los ojos y ¿qué onda? El médico no me daba mucha confianza, pero dije: “Tengo que probar”. Entonces fui, y me hicieron anestesia general. Una vez que ya estaba todo listo, me dijo que me levantara y justo tenía un espejo enfrente mío. Vos te acordás de tu cara anterior y, tipo, me levanté y estaba hecha un Frankestein, porque tenía muchos moretones, muy violeta. Como que no era mi cara, y entonces me asusté. Ahí dije: “No…, me fue mal”. ¡Porque estaba muy hinchada! Y encima no podía ni llorar. A mí también me cortaron para abrir más el lagrimal, pero lo que tuve más hinchado eran los párpados. Para recuperar todo, todo, todo, fue un año: un mes no salí a la calle, por suerte en ese momento no laburaba. Después me fui a Corea, pero volví y todavía tenía hinchado. A los seis meses estaba un poquito mejor, y pasó un año y ahí se acomodó. Estuve redesesperada; incluso lo llamé al médico, y me dijo que era algo normal. Igual, ahora es cómodo, porque te maquillás y se nota. Antes, como tenía mucha grasa en los párpados, aunque me delineara no se notaba: abría o cerraba los ojos y era lo mismo».

—Cuando ves tus fotos de antes de la cirugía, ¿qué pensás?

—No soy yo (risas). Sí, porque es muy diferente; o sea te cambia la imagen.

—¿Te gusta más ahora?

—Eh…, sí, obvio. Más ahora.

*Periodista. Autor de Coreanos argentos. Cómo viven y qué piensan los jóvenes de la comunidad coreana en la Argentina.

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