martes 24 de mayo de 2022
OPINIóN opinión
05-03-2022 23:55

La guerra y la percepción de riesgo nuclear

05-03-2022 23:55

La condenable invasión a Ucrania por parte de Rusia ha puesto sobre la mesa nuevamente el tema de la energía nuclear, sus usos y sus riesgos. Y no es para menos: es la primera vez en la historia que un país con centrales nucleares operando es invadido por otro. Para decirlo en pocas palabras, a todos los riesgos externos con los que las centrales nucleares han aprendido a lidiar (terremotos, inundaciones, etc) se ha agregado otro, en este caso sin responsabilidad de la naturaleza: una invasión militar involucrando artillería pesada. La palabra “nuclear” debe haber sido una de las más mentadas en las redes estos días. 

De todos los temas sobre los que se me ha pedido opinión últimamente, voy a poner el foco en uno: ¿puede una central nuclear transformarse en un arma? Spoileemos el final: no, no puede. O, para ser precisos, es extremadamente difícil. 

Comencemos por los hechos. Las fuerzas rusas tomaron la central nuclear de Zaporiyia en un acto de agresión que incluyó el uso de artillería y produjo explosiones en algunos edificios fuera del reactor, sin que este haya sido comprometido. No es tan simple además que eso ocurra porque tiene una contención que lo protege contra ciertos impactos.

¿Es –sin embargo– posible romperla o fisurarla? Por supuesto que lo es, pero es extremadamente difícil de creer que los rusos hayan tomado la central para romper su contención y liberar material radiactivo con el objetivo de hacer daño, por dos motivos: en primer lugar, porque una central nuclear no es un arma, y atacarla para hacer daño implica generar un evento descontrolado que puede causar daño grave a los propios atacantes. Y en segundo lugar porque no tiene sentido hacerlo. Teniendo Rusia una variedad de armas de precisión y poder destructivo a su disposición (y habiendo mostrado que está dispuesta a usarlas) ¿para qué hacer el esfuerzo de destruir una central nuclear a cohetazos? 

Por lo tanto, y sin tener una bola de cristal que me permita adivinar el 100% de las intenciones de una persona tan impredecible como Vladimir Putin, intuyo que la razón es mucho más sencilla: controlar casi el 20% de la generación eléctrica de Ucrania, y –ahí sí– minar las capacidades de resistencia de sus fuerzas armadas y sus habitantes.  

Más allá de ello, vale un segundo interrogante. De producirse un accidente en el reactor, con fisura o colapso de la contención, ¿qué significa? Obviamente, sería gravísimo y sin dudas constituiría un crimen de guerra. Daños severos a un área de 30 km a la redonda, necesidad de evacuar población dentro de esa área y seguramente decenas de muertos civiles adicionales a los que la guerra ya ha provocado. Además de daños al ambiente de consecuencias y duración difíciles de mensurar. Pero no produciría una catástrofe continental fuera de las fronteras ucranianas. Es comprensible que la población europea sienta miedo, pero me permito decir que no está fundado en bases racionales.

Sin embargo, sería un error suponer por ello que el ataque ha sido trivial. En primer lugar, porque por más precisas que sean las armas, alguien puede cometer un error. Y segundo, porque con ese acto Rusia ha violado varios acuerdos que tiene firmados y a los que adhiere, que le impiden explícitamente atacar centrales nucleares. Menciono dos: la Convención de Ginebra y la Convención de Seguridad Nuclear. 

La energía nuclear es un recurso útil para combatir los efectos del calentamiento global. Es una industria que genera cientos de miles de empleos en todo el mundo, y una tecnología que, usada con fines pacíficos, ha servido para mejorar la vida de las personas en múltiples campos. Los daños producidos por acciones malevolentes no son responsabilidad de la tecnología, sino de quienes la (mal)usan para esos fines. A veces es bueno recordar que si alguien apuñala a otra persona y la asesina, el responsable no es el cuchillo.

*Ex subsecretario de Energía Nuclear de la Nación. Director del ProgENI de la UNTreF. Miembro de la Fundación Argentina Global.

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