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OPINIóN / La columna de la UB
martes 18 septiembre, 2018

La universidad del siglo XXI

La importancia de darle un rol preponderante al capital humano para posibilitar el avance de las naciones.

Alieto Guadagni

Universidad Foto: Shutterstock

Las naciones que avanzan y reducen la pobreza, mejorando al mismo tiempo la equidad en la distribución del ingreso, lo hacen siempre fortaleciendo el proceso de acumulación de capital. Pero en una visión integral del proceso de desarrollo, el capital es algo más importante que la mera acumulación de bienes materiales, como maquinas, fabricas, puertos, rutas, oleoductos, trenes, centrales eléctricas, minas y pozos petroleros. En este siglo XXI, el capital humano es más importante que ese capital físico. Pues bien, este capital humano es aportado esencialmente por la educación.

Este siglo XXI es el de la ciencia y la tecnología. Los avances son cada vez más acelerados, por ejemplo en el área de la robotización de los procesos industriales, de la comercialización y los servicios. Año tras año se destruyen cada vez más empleos no calificados y aumenta la demanda por más recursos laborales de alta preparación. Esto significa que el nivel educativo de un país es esencial para determinar el ritmo de crecimiento del futuro nivel de vida de su población. El avance económico de una nación hoy no depende principalmente de la existencia de abundantes recursos naturales, sino de la calificación de su fuerza laboral.

El siglo XIX fue el de la escuela primaria, mientras que el XX fue el siglo de la escuela secundaria. Ahora vivimos en el siglo de la universidad. En este siglo del conocimiento, las personas capacitadas y sus ideas aportan no sólo a su desarrollo profesional, sino también a la riqueza de las naciones. La universidad es más importante que nunca.

En este siglo XXI, el capital humano es más importante que ese capital físico. Pues bien, este capital humano es aportado esencialmente por la educación.

Nuestra universidad enfrenta tres desafíos: calidad, deserción e inclusión social. Nos estamos quedando rezagados en América latina, ya que Brasil, Chile, Colombia y México vienen avanzando en su graduación universitaria a un ritmo superior al nuestro. Si tenemos en cuenta el tamaño de las poblaciones, matriculamos más estudiantes universitarios que esos países, lo que permitiría suponer que también deberíamos tener más graduados. Pero no es así, sino todo lo contrario. Este rezago viene acentuándose en los últimos años. Por ejemplo, Brasil incrementó su graduación en el período 2003-2016 más del doble que nosotros.

Esta diferencia en el avance en la graduación nos está diciendo que nuestro ritmo de acumulación de capital humano calificado es insuficiente. En ello incide negativamente que nuestra deserción universitaria sea muy alta. Esta deserción es muy inferior en Chile, México, Brasil y México, donde más de la mitad de los ingresantes concluyen su carrera universitaria. Mientras tanto, entre nosotros apenas la concluyen 3 de cada 10 estudiantes. Nuestra elevada deserción está vinculada con el hecho de que, después de un año de haber estado en la universidad estatal, 51 de cada 100 alumnos no aprueba más de una sola materia, y en las privadas esta cifra corresponde a 31 de cada 100 alumnos. Además, hay universidades en las que este crítico indicador supera el 70 por ciento.

Nuestra universidad enfrenta importantes carencias: tiene pocos graduados por la alta deserción estudiantil; tiene pocos graduados en las carreras científicas y tecnológicas esenciales en el mundo globalizado, y son pocos los pobres que completan los estudios a pesar de la gratuidad.

El avance económico de una nación hoy no depende principalmente de la existencia de abundantes recursos naturales, sino de la calificación de su fuerza laboral.

Por esa razón, hay que apuntar a cuatro objetivos en el futuro: disminuir la deserción universitaria; promover una mayor calidad en los conocimientos de nuestros graduados; facilitar el acceso de jóvenes humildes, y estimular la graduación en las nuevas carreras científicas y tecnológicas.

*El autor es director del Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano


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