miércoles 07 de diciembre de 2022
OPINIóN ECONOMISTA DE LA SEMANA

Lo que ni la política (ni el Mundial) puede ocultar

12-11-2022 05:00

La crisis económica de la Argentina no es el resultado de la crisis política. Si lo fuese, sería lógico que este gobierno (y una buena parte de la clase política) se empeñe en sostener que hay que arreglar la política para poder arreglar la economía. Tal diagnóstico llevó a Sergio Massa al Ministerio de Economía. Craso error. Los problemas económicos de la Argentina no se arreglan con más política, sino con más economía y de la buena. Margarita Barrientos acaba de ponerlo en blanco y negro con una claridad pasmosa: el hambre no se resuelve con una mesa de políticos que hablan pelotudeces (sic).   

Aun corriendo el riesgo de sonar repetitivo, vale la pena entonces volver a remarcar que no hay viabilidad política sin viabilidad económica. Y que no hace falta ser un avezado observador para darse cuenta de eso. Todos los días la política gira al son de las manifestaciones de la crisis económica y de lo que habría que hacer, y de la dosis de audacia que habría que tener, para superarla. No es que la política no importe. Pero no se puede hablar de consenso, ni de gobernabilidad en abstracto. Ambos se deben construir en torno a un programa económico en concreto. Con un modelo de país que sirva de norte y con objetivos y medidas concretas y no simples enunciaciones o lineamientos generales.    

Los desafíos de la macro no dan ninguna tregua

Lamentablemente, no podemos esperar nada de eso en un futuro inmediato. El Gobierno de Alberto Fernández nunca mostró un compromiso inquebrantable con resolver los problemas económicos de los argentinos. Ni con consenso, ni sin él. De lo único que se ocupa la gestión es de postergar y, con ello, incrementar el peso de los problemas. Y no sólo genera bombas que deberá desarmar el próximo gobierno (tal como lo señala la oposición); lo sorprendente es que arma algunas que deberá desarmar el mismo gobierno. La concentración de vencimientos de la deuda en pesos durante la primera mitad de 2023 implica tener que refinanciar un billón de pesos mensuales, y hasta un 30% más en el entorno de las PASO (con julio con vencimientos superiores a AR $1,8 billones). Y esa concentración surgió del diseño del canje que realizó el ministro Massa en agosto y noviembre.

El éxito pírrico del dólar soja fue otro mecanismo para comprar tranquilidad a corto plazo, pero comprometiendo seriamente el mediano plazo. Sobre todo ante una sequía que pinta para ser una de las peores de nuestra historia y que amenaza con reducir fuertemente el flujo de dólares de los próximos meses. Porque atención, la sequía ya estaba entre nosotros cuando se tomó la decisión de devaluar el peso transitoriamente para los productores sojeros.   

Y, como si esto fuera poco, ambas medidas tuvieron como víctima al balance del BCRA. El cual tiene cada vez más títulos públicos en su activo y cada vez más pasivos remunerados (Leliq) como contrapartida. Y no hace falta que miremos la reservas netas para mostrar la debilidad del balance de la autoridad monetaria. A fines de octubre, las reservas brutas se ubicaron US$ 1.000 millones por debajo de las de inicio del año. O sea que los aportes extraordinarios del FMI y el dólar soja no alcanzaron para recomponer su stock; sólo evitaron que la escasez fuera aún más evidente, asfixiante y condicionante.

Dolarizar, la idea que siempre vuelve

Por su parte, en el mismo período, los pasivos remunerados del BCRA (las Leliq) crecieron nada menos que AR$ 4,2 billones, un incremento del 90% en diez meses, y van camino a más que duplicarse en el año. Tal crecimiento hizo que hoy las Leliq ya superen al pasivo no remunerado (la base monetaria) algo inusual en el mundo, pero que ya se dio en la Argentina de fines de los años 80. Se trata de un deterioro formidable del balance, del cual alertábamos desde esta columna el mes pasado y que no es por cierto algo recomendable dadas las expectativas de devaluación y la aceleración inflacionaria actuales.   

Es probable que el Gobierno crea que el humor social se mueve más al ritmo de la cotización del dólar que del ritmo de la actividad; también es probable que crea que la inflación tiene como principal determinante lo que le pasa al tipo de cambio. Y que anclarlo es una efectiva política antiinflacionaria. Pero la opción de restringir al extremo el acceso al mercado oficial de cambios, para evitar quedarse sin reservas y verse obligado a devaluar, tiene consecuencias no triviales sobre muchas empresas que necesitan importar para poder mantener su producción. Sergio Massa sostiene que no hay de qué preocuparse y que habrán todos los dólares que hagan falta para mantener la economía funcionando sin problemas. Según el ministro, gracias al fuerte crecimiento de las exportaciones.

Sin embargo, los datos no avalan tal optimismo. La balanza comercial ha venido mostrando una notoria debilidad. Si bien es cierto que una parte significativa de la reducción del superávit comercial proviene del déficit energético (el saldo comercial de los primeros nueve meses pasó de US$ 12.300 millones a US$ 2.600 millones, mientras que el balance energético se deterioró en unos US$ 4.500 millones), las cantidades exportadas no muestran ningún dinamismo (las cantidades exportadas lejos de aumentar, mostraban a septiembre una caída del -3,2%). Si es que aumentaron lo hicieron gracias al aumento de los precios de los productos que exporta la Argentina, los cuales aumentaron en promedio un 18,9% en los primeros tres trimestres del año. Si a esta debilidad le sumamos el panorama climático muy poco alentador, no parece lógico compartir el optimismo del ministro en materia de flujo de divisas.     

En síntesis, la política económica actual no logra revertir la dinámica de crisis, la sequía promete agravar la falta de divisas y no hay instrumentos para aliviar el balance del BCRA, sin correr riesgos de gatillar una aceleración de esas dinámicas de crisis. Poner la política sobre la economía, atacar los problemas de a uno y postergar lo inevitable, se va quedando sin resto. No importa quién lleve las riendas si ponemos el carro delante del caballo.

 

*Economista. Director de [email protected] Económicas.