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OPINIóN / Conservación del Suelo
miércoles 10 julio, 2019

Por qué los argentinos no queremos nuestra tierra

Gran parte de los suelos de Argentina sufren un proceso de degradación que se traduce en una disminución de su capacidad de proveer bienes y servicios.

por Juan Carlos Travela

La situación mundial es efectivamente alarmante. Foto: Imagen de Sarah Richter en Pixabay.

Este 7 de julio se celebró el Día de la Conservación del Suelo, que había sido decretado por la Presidencia de la Nación en 1963, en honor al Dr. Hugh Hammond Bennet. Sin embargo, la situación crítica actual demuestra que un día solo no alcanza, y demanda manos (y políticas) a la obra.

“La historia de la humanidad puede ser interpretada, al menos en un alto grado, en términos del suelo y lo que le ha sucedido a éste como resultado del uso del hombre” sostenía el emblemático investigador norteamericano. Qué dirá la historia en función del estado del suelo en los próximos años no es difícil de imaginar. El llamado a la política es urgente.

La situación mundial es efectivamente alarmante. Según el Informe Planeta Vivo 2018 realizado por WWF, una de las mayores organizaciones conservacionistas independientes del mundo y fuente de información de numerosas publicaciones de Naciones Unidas, en la actualidad solo se encuentra sobre la superficie terrestre un 25% de tierra virgen, mientras se estima que para 2050 este valor alcance solo el 10%. A su vez, cerca del 20% del Amazonas, considerado el pulmón del mundo ha desaparecido en los últimos 50 años, mientras que el 87% de los humedales a nivel mundial ya se han perdido.

En nuestro territorio la situación no dista de la que se presenta en términos globales. El informe Estado del Ambiente 2017, última versión del informe anual que realiza el Estado argentino, afirma que gran parte de los suelos de Argentina sufre un proceso de degradación que se traduce en una disminución de su capacidad de proveer bienes y servicios. En relación a los suelos húmedos, sostiene, las causas son “el nuevo modelo productivo” que se traduce en una mayor agriculturización.

El 7 de julio se celebró el Día de la Conservación del Suelo, el cual fue decretado por la Presidencia de la Nación en 1963, en honor al Dr. Hugh Hammond Bennet

Este modelo al que se referencia en el informe, se inicia con la globalización de la revolución verde en el mundo, a partir de la década del 60,y es responsable de la expansión de la frontera agrícola y la adopción del monocultivo se soja transgénica como producto estrella en nuestro país. Una consulta a datos agroindustriales, también información pública del Estado, demuestra como desde la campaña 1969/1970 hasta la campaña 2017/2018, pasamos de un área sembrada con 29 cultivos de 22 millones de hectáreas a casi 39 millones de hectáreas con solo 18 cultivos. En este periodo la soja pasó de representar el 0,13% a alcanzar prácticamente la mitad de la superficie sembrada del país. La intensificación agrícola es una de las principales causas de degradación de los suelos.

¿Por qué es tan importante la conservación del suelo?

La biodiversidad del suelo es clave no solo para sostener la producción de alimentos y otros servicios ecosistémicos, sino también para desintoxicar suelos contaminados, inhibir enfermedades transmitidas por el suelo y contribuir a la calidad nutricional de los alimentos. Esta incluye microorganismos y fauna, desde aquella que solo se ve a través de microscopios hasta mamíferos, como los topos, por ejemplo. Estos organismos influyen en la estructura física y la composición química del suelo. Son esenciales para permitir y regular procesos ecosistémicos críticos, tales como el secuestro de carbono y la emisión de gases de invernadero, y la absorción de nutrientes de las plantas. Representan un almacén de posibles soluciones médicas, así como nuevos controles biológicos de patógenos y plagas.

Las actividades humanas tienen consecuencias importantes para la abundancia y la riqueza de los organismos del suelo, especialmente a través de impactos negativos causados por cambios en el uso de la tierra y la intensificación agrícola. Esta degradación genera la constante reducción de la capacidad del suelo de sustentar tanto la biodiversidad, como la calidad de los hábitats, el funcionamiento de los ecosistemas y las necesidades humanas. A su vez, su degradación es uno de los grandes contribuyentes al cambio climático global.

Como señala el Informe Planeta Vivo, las consecuencias de la degradación del suelo son tanto locales como globales. Por ejemplo, existe una interacción compleja entre degradación, pobreza, conflicto y migración humana.

La biodiversidad del suelo es clave no solo para sostener la producción de alimentos y otros servicios ecosistémicos, sino también para desintoxicar suelos contaminados

En este sentido, investigadores como Ramón Fogel Pedroso y Kaue Pessoa, sostienen que los cordones de las grandes ciudades y los asentamientos informales terminan siendo los lugares donde se radican vastas comunidades que son expulsadas de su territorio a partir de la expansión de la frontera agrícola.

Ahora, este problema acarrea implicancias políticas muy grandes. Si la sojización ha sido la peor enemiga de la salud de nuestro suelo, ¿qué impacto tiene esto para las actuales políticas de desarrollo?

Aquí está la encrucijada argentina, por un lado, es prioritario destinar recursos económicos a resolver las necesidades sociales urgentes, a la par de que se necesita también generar inversiones que den pie a esas transformaciones estructurales que nos permitan transitar hacia una alternativa al desarrollo que sea social y ecológicamente viable. Pero por el otro lado, también se necesitan divisas para afrontar las grandes obligaciones de deuda que posee nuestro país, producto de la fuerte política de endeudamiento tomada en los últimos años, que empeoró cualquier posibilidad de avanzar en alternativas al desarrollo.

Todo esto provoca una mayor presión sobre la economía argentina, en la que lamentablemente, el suelo es la principal fuente de riquezas y destinatario de todas estas presiones.

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Resumidamente, si tomamos una foto de las exportaciones del año 2017, según el INDEC, el principal complejo exportador es el de los oleaginosos, que representó el 31,7% de los 58.384 millones de dólares exportados. Por detrás, a lo lejos, se encuentran el complejo cerealero (13,1), el automotriz (10,8), el petrolero-petroquímico (5,0), entre otros de menor valor exportado. A su vez, el complejo sojero representó el 83,9% de las exportaciones de las oleaginosas, valor que representa el 26,6% del total de las exportaciones del país.

De todas maneras, no se trata solo de generar exportaciones, sino de generar saldos superavitarios, y de ello, la soja es la principal fuente. Esto se puede corroborar a partir de datos del Ministerio de Hacienda. Allí se observa que 9.757 millones de dólares generó la categoría “Residuos y desperdicios de las industrias alimentarias; alimentos preparados para animales” del nomenclador común del Mercosur a dos dígitos, dato que, verificado a partir de estadísticas de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), coincide con los 9,079 millones de dólares que generó de superávit la posición 2304.00.00 (Tortas y demás residuos sólidos de la extracción del aceite de soja (soya), incluso molidos o en "pellets").

En conclusión, este momento histórico nos demanda tomar decisiones, y estas decisiones implican establecer prioridades, que debemos discutir como sociedad. Si no hay un cambio rotundo en las prioridades nacionales, difícilmente se logre sostener la calidad del suelo, nada menos que el sustento de la vida, dado que este “camino” hacia el desarrollo, ha sido avalado en la Argentina tanto por los gobiernos progresistas como aquellos neoliberales.

Por último, mientras se continúen talando bosques para plantar soja, no hay día del suelo que alcance. En principio, desfinanciar por completo la ley de bosques, como se hizo en 2019, no ayuda para nada.


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