lunes 19 de abril del 2021
OPINIóN Opinión
08-01-2021 12:36

¿Por qué resulta imposible narrar la pandemia?

No hay imágenes ni testimonios de enfermos; tampoco un registro público de muertos por Covid-19. ¿Por qué la sociedad no muestra todo esto? ¿Qué está ocurriendo con lo real?

Omar Genovese
08-01-2021 12:36

Desde hace meses son notables ciertos rasgos comunes en la difusión mediática informativa y en la comunicación de los gobiernos en torno a la pandemia. El resultado: cayó algo así como un silencio sobre ciertos aspectos, cuasi omisiones, todo bajo una estela de pudor religioso, sin importar la deidad invocada o el texto sagrado que oficie como guía. Como si se tratara de otro tipo de padecimiento, podemos enumerar algunos síntomas:

-No circulan imágenes de enfermos. Ni internados en estado leve y menos casos graves.

-No hay testimonios de familiares o seres queridos de los muertos. Tampoco imágenes de los muertos.

-Tampoco existen testimonios de enfermos, ya individuales o grupos familiares. De quienes lo padecen o recuperados, ya que un gran número de enfermos realizó el proceso viral en su domicilio.

-Incluso, arguyendo por ley de protección de la información en Argentina, no existe un registro de muertos que se pueda consultar. ¿Cómo hace una persona para saber si murió un amigo o pariente si el mismo está alejado y en soledad?

-No existen, al menos enunciados por medio alguno, grupos de apoyo para sobrellevar el impacto psicológico, estrés emocional, o secuelas psiquiátricas que produce la enfermedad Covid.

-Tampoco aparecen críticas hacia las políticas de salud por ineficiencia, abandono o falta de recursos, menos aún por casos concretos.

¿Por qué la sociedad no muestra todo esto? ¿Qué está ocurriendo con lo real?

Releyendo la lista anterior -que desde ya está incompleta, es apenas una aproximación-, cualquiera puede oponer casos que trascendieron de manera mediática en el último año. Imágenes de los muertos en las calles de Guayaquil, reportajes fotográficos sobre las condiciones pandémicas de la población en la selva amazónica, testimonios individuales de algunos referentes “celebrities” sobre el proceso de la enfermedad, incluso algún presuroso libro digital como testimonio ejemplar. Pero la masividad en Argentina obra de manera anómala, no por ello menos llamativa: la información radicó en casos individuales, como la aparición del cuerpo de un desaparecido en un cangrejal, como la exclusión fronteriza de personas tratadas por los gobiernos provinciales casi como migrantes ilegales, incluyendo un ahogamiento en el río (volveremos sobre este punto y su tono).

Por el contrario, la muerte de un ícono que rompió todas las reglas de la física con la esfera, así como las referidas a la conducta individual, transgresor, ídolo surgido de la pobreza (que abunda sin pudor en estas tierras), provocó el desplazamiento masivo de cientos de miles de penitentes, en un homenaje que ofició de ceremonia ritual de un final: se acabó el confinamiento, el respeto a las normas, la prevención ante el contagio. Especie de consigna que circuló como un reguero entre la población que, casi como homenaje constante al dios numérico, cumple hasta el día de hoy. La escenografía contó, incluso, con la toma futbolística del Palacio de Invierno, con un Lenin al megáfono que, lejos de poner orden, confirmó el caótico desencuentro del muerto con sus pasionales admiradores. De esta manera, Maradona se convirtió en la sentencia final de una política (sustentada por toda la clase política, de municipios a provincias, del territorio autónomo ciudad hasta el Poder Ejecutivo) que no pudo evitar la suma de contagios en forma escalar ni los más de 43.482 muertos, y contando. Un solo hecho convocante modificó el tablero de prioridades en todo el país (léase: se acabó, ahora nos toca a nosotros, basta de límites). Esto pone en evidencia lo endeble de la autoridad, lo vacuo de su ascendencia sobre los habitantes.

Cabe aquí diferenciar entre lo indecible y la negación. La imposibilidad de transmisión de una experiencia está vinculada al dolor que oficia como imposición de la realidad ya imposible de modificar, como también del efecto de ese dolor físico que anula el recurso de las palabras hasta el extremo de una queja o grito. Mientras que la negación, en esta arquitectura de confusiones, puede tener cierto efecto narcótico entre el distanciamiento y el egoísmo del último superviviente, casi invocación de la característica del héroe de una saga, una serie con el protagonista más importante, el sujeto como centro. Este individualismo, en una situación de crisis económica, pérdida de empleo e inflación, lleva a la despolitización de las personas, a la reclusión en el propio problema como único y más grave, donde el aislamiento genera la reafirmación de un yo devaluado, sin esperanzas, ni soluciones más que una breve e inconsistente ayuda económica. Así, tanto la anulación del testimonio como la negación, operan amortiguando cualquier respuesta colectiva. Como puede ser la organización de un pensamiento grupal que interrogue sobre quién se beneficia, y cómo, con estas políticas anti pandemia. Incluso, cuánto de todo lo articulado ofició más como promotor del contagio que de medida sanitaria. Y luego la sospecha, la desconfianza inevitable: ¿se habilitó con esto una limpieza étnica?

Para el lector aquí adviene la sentencia mortuoria: ya es tarde. Por tanto, interrogar a lo real también se convierte en un acto de suicidio colectivo o directa exclusión. ¿Es esto un estigma arraigado por la experiencia de terror, en sí traumática hasta la médula social, de una dictadura genocida? La negación de la negación, ése acto cómplice, asoma como lúgubre fantasma. Pero al drama se opone la festividad de la muerte y, tal vez invocando a El Bosco en su tríptico de pesadilla, la maquinaria del oprobio no reconoce linaje ni hidalguía. Por el contrario, llegado el Apocalipsis, que nos encuentre en pleno disfrute obra como imaginario bálsamo. Sin embargo, para Gastón Ribba, de quien citaré un texto más adelante, la iconografía pictórica de este momento responde más a la línea de Brueghel El Viejo, que hace del presente argentino una disputa entre la cuaresma y el carnaval, donde triunfa, a todas luces, este último. Manada, tribu o cardumen, lo humano muestra ése tono sacrificial que, en su caso, constituye la negación de la supervivencia. Tantas guerras y armas de destrucción masiva lo confirman de manera irrefutable.

Pero en esto, el paradigma de lo argentino es común a otras naciones: la liberalidad, la distensión, el goce juvenil, el descontrol post encierro, obró como un exceso para el rebrote del virus, tanto en Europa como en otros países. Y queda un resto, o la mayoría de tal resto, que es la población. En términos bélicos: la población civil, que bajo el lenguaje militar son tanto bajas aceptables como verdaderos objetivos de destrucción, rehenes de una infame carnicería, como ocurre en México. A principios del conflicto sanitario se elevaron voces oficiales en torno a una guerra contra el virus, con sus batallas y cuarteles, héroes y voces con autoridad. En sí, la confrontación no ocurrió, y el virus hizo lo suyo sin hacerse ver (su carácter microscópico es un hecho), por más despliegue de fuerzas armadas, controles, gestos marciales que trataron de contenerlo. El virus, entonces, mutó a fantasma malévolo, que obra por las conductas antisociales, por la desobediencia, como si la rebeldía misma fuera su encarnación destructiva. Casi confrontación entre civilización y barbarie (no sin aires sarmientinos), cuando la historia argentina ha demostrado que la civilización se constituyó por el ejercicio de una barbarie de brutalidad ejemplar, en general, invisible…

Aquí es atinente el regreso al tema del migrante. Un reciente informe sobre el tratamiento mediático en España del tema de la inmigración, elaborado por Red Acoge, examina “3.062 piezas periodísticas (desde febrero hasta octubre de 2020) y ofrece algunas conclusiones que no deberían pasar desapercibidas a ningún profesional que pretenda desempeñar su trabajo huyendo de la deshumanización de las personas migrantes. Más del 80% de las piezas evaluadas no dan voz a los protagonistas, un tercio de los titulares contiene tintes sensacionalistas o un lenguaje inadecuado y en más de la mitad de ellas no se utiliza la palabra persona.” El informe se difunde a través de la publicación que realizó La Marea, aquí los vínculos para acceder a la nota y PDF correspondiente:

https://www.lamarea.com/2020/12/31/los-medios-deshumanizan-a-las-personas-migrantes/

Bajo el título Inmigracionalismo 8, el análisis mediático llega a otras conclusiones no menos preocupantes: “Se han cuantificado 539 informaciones que utilizan un lenguaje metafórico/ alarmista / beligerante. En 175 de ellas, se utiliza la palabra ilegal para referirse a las personas migrantes o a las migraciones. En 1.573, se antepone la condición administrativa a la condición de personas, obviando u omitiendo esta palabra en la construcción de la información”. En la misma línea, La Marea concluye subrayando: “la deshumanización es el factor clave de los más de tres millares de informaciones evaluadas.” Deshumanizar al otro es la instancia originaria por la que la población civil pasa a ser objeto de los ataques bélicos, así como de la suspensión de su integridad para ser presa de persecución, tortura y exterminio. Sobran ejemplos, pero alcanza con citar el genocidio de Ruanda y Burundi.

En el apartado referido a la influencia de los medios de comunicación en la conformación de nociones dominantes, Inmigracionalismo 8 despeja toda duda respecto a la pertinencia en la cita de su análisis: “Resulta imprescindible destacar que este tratamiento mediático refleja las características de la sociedad que representa, una dinámica que también opera en sentido contrario, ya que los debates y discursos generados por los medios de comunicación son reproducidos a nivel social. Se trata de un fenómeno paradójico: aunque vivimos en sociedades abiertas con acceso a millones de informaciones, la oferta a la que acudimos como espectadores, lectores u oyentes está determinada por los propios medios. Son ellos quienes establecen la agenda temática, quienes definen de qué se va a hablar en la calle, hasta el punto de que buena parte de las opiniones que escucharemos se guiarán por las interpretaciones realizadas en los medios por los llamados líderes de opinión. En definitiva, los medios ejercen como transmisores de valores y socializadores de la audiencia.” Para anticipar cualquier intervención paranoica típica de las redes sociales vigentes, este informe recibió el apoyo financiero del Ministerio de Inclusión Social, Seguridad Social y Migraciones de España; también del Fondo de Asilo, Migración e Integración de la Unión Europea. Vale decir, no proviene de una alucinación ideológica o de intervención extraterrestre alguna.

Si la enfermedad contagiosa quedó en una nube incierta, esfumándose de la realidad de los individuos, buena parte de responsabilidad puede tenerla esa negación de los cuerpos, del testimonio, como si lo que ocurre tuviera un carácter lejano, frío, distante. No refiero a que una ola de terror pandémico debería ser norma para disminuir los contagios, sino que en el imaginario social se ha instalado, a cada paso, la certeza de que la enfermedad ya ocurrió, forma parte de un pasado al que se debe guardar en un arcón prohibido, inaccesible, el de la desmemoria.

En junio de 2020, el escenario post-pandemia plantó su semilla en un texto del escritor Gastón Ribba, publicado en la revista Ardea de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba: (https://ardea.unvm.edu.ar/ensayos/tu-cuerpo-no-es-tuyo/) “En 1982 un tal James Graham Ballard publicó el cuento La Unidad de Cuidados Intensivos en su libro Mitos de un futuro cercano. En esa narración la peste, el fin del mundo conocido, la raíz distópica no tiene mucho valor, pero sí algo que nos importará en breve ¿Cómo serán nuestros lazos después de esto? Ese mundo imaginado por Ballard está compuesto por personas que sólo podían comunicarse por televisión. Los menores de cuarenta pueden guglear el significado de “televisión”. El héroe ha sido separado de su esposa e hijos y su odisea consiste en tratar de verlos en persona. El desenlace es catastrófico. En palabras de Ballard ellos no pudieron soportar la sobrecarga emocional de “exponerse” a los otros.”

Así las cosas, la noción de población civil (terreno donde oficia la enfermedad viral) es ofrenda en suspenso, o suspendida de un delgado hilo que puede cortarse y convertirla en víctima, otra vez. Las preguntas que surgen, más allá de vacunación e inmunidad general por venir, son sobre las secuelas del Covid. ¿Estamos frente al advenimiento de una nueva masa de impedidos para el trabajo? ¿Serán objeto de discriminación y negación por significar la consecuencia indeseable de una enfermedad? ¿A los sobrevivientes los confinarán en reclusorios como ocurrió con los enfermos de peste bubónica? ¿Serán ignorados como los soldados argentinos al regreso de Malvinas? Pueden ustedes continuar con las preguntas, hagan el ejercicio, como un coro para enfrentar lo siniestro por venir…