OPINIóN
Lenguaje inclusivo y familia

Retórica y práctica

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Adán y Eva (Durero) 1507. | cedoc

Por definición, las familias son ámbitos de inclusión, espacios en los que los estereotipos pueden morir antes de desarrollarse. Un quiebre efectivo y duradero, definitivo, puede ser dado por padres y madres, abuelos y abuelas, tíos y tías, partícipes todos de la educación de niños y niñas. Porque son esos adultos referentes quienes, por medio de una praxis convivencial inclusiva, están contribuyendo a moldear positivamente las subjetividades infantiles. Su impronta es tan marcada porque amalgama tres factores poderosos: la cercanía afectiva, la permanencia temporal y la vivencia temprana. El ambiente refuerza así ciertas dinámicas que favorecen el desarrollo de competencias lingüísticas innatas y el primer año de vida es especialmente importante para sentar las bases de la lengua en sus distintas dimensiones: fonológica, prosódica, lexical y gramatical.

Más allá de lo interesante y atractiva de la famosa hipótesis de Sapir-Whorf (que señala que el lenguaje condiciona nuestro pensamiento), sabemos que la realidad no está configurada completamente por la lengua, pero sí que la necesitamos para poder interpelarla y comprenderla. El debate por el lenguaje inclusivo, generado en ciertos círculos doctos y vapuleado por funcionarios de turno, surgió como un fenómeno porteño que fue extendiéndose luego por algunos enclaves académicos. No negamos la discusión que surgió, probablemente, del llamado “lenguaje políticamente correcto” y de los años de estudio del sexismo en la lengua española, del que participamos. Sin embargo, nos preguntamos: ¿este lenguaje, en su situación actual y sin normas coherentes que lo regulen, tiene vocación de transformación o termina por permanecer en el plano de lo testimonial?; ¿llegará a penetrar en el cotidiano de la población argentina, de los habitantes del interior profundo, de los segmentos postergados y con menos oportunidades, o quedará –como tantas otras tendencias emergentes– como un fenómeno de elite?

Somos conscientes de que el masculino genérico ya no satisface, que la resistencia que provoca es cada vez más clara y que debemos buscar alternativas que incluyan a todas las personas, sin ningún sesgo clasificatorio. Ahora bien, en la incubación y conservación de las tradiciones culturales y en su transmisión de generación en generación, las familias tienen un rol protagónico. Porque abrazan todas y cada una de las vulnerabilidades humanas, todas esas manifestaciones que hoy por hoy padecen una condena de exclusión: la vejez, la discapacidad, la niñez, el origen étnico. También la diversidad sexual y genérica. Expresiones que merecerían idénticos pronunciamientos o intervenciones lingüísticas deliberadas, dirigidas a señalarlas y a visibilizarlas.

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Que la inclusión sea una realidad transita por muchas avenidas, y los cambios profundos demandan procesos arduos que apunten a lo esencial y no solo a lo accidental. La generación de consensos puede ser punta de lanza. Como ocurre en el inglés o el francés, donde hay muchas alternativas inclusivas ya naturalizadas, la lengua española encontrará también su estrategia lingüística o retórica para alcanzar la inclusión que deseamos.

Finalmente, coincidimos en la necesidad de resemantizar la inclusión para que no quede en mera retórica, para que no persiga un efecto –efímero, incompleto quizá–, sino que logre su objetivo de transformación de la realidad. Para que esto sea posible y no subsista como declamación o moda, el posicionamiento debe adquirir su verdadera dimensión, integrándose armónicamente en la trayectoria vital y consumándose desde ámbito más íntimo de pertenencia, la familia.

 

*Docentes e investigadoras, profesoras de la Facultad de Comunicación y del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.