martes 03 de agosto de 2021
OPINIóN Pandemia
06-07-2021 18:36

Un dolor sin analgesia

Nos hemos acostumbrado a vivir con los números dramáticos de pérdidas por coronavirus. Es momento de darle espacio al dolor.

06-07-2021 18:36

Nos acercamos a la marca de cien mil fallecidos por Covid-19 en nuestro país. Esta cifra, que nos hubiera asombrado hace apenas un año atrás, es asumida hoy con resignación y hasta con cierta apatía. La labor de los trabajadores de la salud, antes héroes en el imaginario colectivo, está siendo invisibilizada en medio de una normalización de la tensión a la que se ven sometidos día tras día. Nos hemos habituado a convivir con la calamidad, como si algún grado de pérdida o de renuncia fuera necesario para saciar la voracidad de un virus que no deja de mutar y amenazarnos.

En su reciente libro La sociedad paliativa, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han se refiere a la fobia al dolor como nota que define a las sociedades contemporáneas. Se trata de un miedo generalizado al sufrimiento que es inherente al paradigma vigente: el de la positividad. De una cultura de la complacencia, que alienta la búsqueda del bienestar y la felicidad a cualquier precio. Lo cierto es que nadie escapa del espanto que supone ser doliente para la racionalidad dominante. Las subjetividades actuales se debaten así entre el rendimiento y la autoexplotación, ocultando el propio padecimiento y volviéndose insensibles al de los otros. En este marco, el dolor es interpretado como síntoma de debilidad, como una realidad cuya expresión debe silenciarse, disimularse, minimizarse.

Nos hemos habituado a convivir con la calamidad

En el escenario local, la evitación del sufrimiento parece anclarnos en la primera de las fases descriptas por Elizabeth Kübler-Ross en su modelo de afrontamiento del duelo: la de negación. Pretendemos ignorar o desmentir lo que acontece o desconocer sus efectos sobre nosotros mismos y sobre los demás. Y así borrar el trauma, difuminando sus alcances. Las etapas venideras, según la autora, serían la ira, la negociación, la depresión y, finalmente, la aceptación.

Pero la clave estaría dada, no solo por transitar, sino por demorarnos en cada peldaño del duelo para poder trascenderlo. Sin embargo, contrariando esta evolución necesaria -cuyo estadio de salida depararía un nuevo punto de equilibrio y armonía integral-, nos empeñamos en trivializar el sufrimiento y en estigmatizar al sufriente. Es así como el dolor por las víctimas de la pandemia ha quedado encapsulado y ha sido desplazado de su debida centralidad. Porque, de acuerdo con la lógica instalada, es un disvalor que merece ser mitigado, edulcorado.

No olvidemos que el dolor purifica

 

Contra esta tendencia, vale remarcar nuestra condición de especie que padece, que sufre. Vale tomar contacto con el sufrimiento como potencial correlato de la acción humana. Porque hasta tanto no atinemos a abrir los brazos a la experiencia dolorosa, no conectaremos con nuestra especificidad. La conciencia de la propia finitud ya es motivo de aflicción y aunque nos situemos en un desapego permanente, en una analgesia provocada, la dimensión personal y social del dolor terminan patentizándose. Su vivencia adviene antes o después y se trasciende por la aceptación.

La pandemia vino a arrojarnos a un dolor sin analgesia, a un sufrimiento materializado en el informe diario de fallecidos, y encarnado en sus familias y sus comunidades. Por más que procuremos suavizarlo, ahí estará. Elaborarlo será un proceso que comportará tiempo y que solo se concretará por el sentido, por un para qué que precederá a una nueva configuración. No olvidemos que el dolor purifica. Y que es parte de nuestra vulnerabilidad sustancial, de lo más humano de nuestra existencia.

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